Por fin, después de una larga y tediosa espera, ha llegado el día. Han tenido que pasar dos años para que el bueno de Charles Burns nos deleite con la segunda parte -de lo que será una trilogía- de su última incursión en el cómic. Después de “X’ed Out” nos llega “The Hive“, digna continuación de su predecesora. Pero atento, no creas que se va a desenredar la historia o a resolver alguna incógnita… Los tiros no van por ahí. No te hagas ilusiones. Burns es un genio del género, sabe jugar con nosotros y se divierte con ello. Una vez aclarado esto, vamos allá.

Charles retoma la historia donde la dejó en el tomo anterior. Por una parte tenemos a Doug o, por lo menos, algún recuerdo fragmentado de lo que fue su adolescencia; y por la otra seguimos en ese extraño mundo gobernado por bichos verdes de un solo ojo que se limitan a transportar de un sitio a otro unos huevos gigantescos muy extraños. En lo que presuponemos que es el mundo real, Doug le cuenta a una rubia desconocida viejas anécdotas de él y su novia Sarah a la vez que se lamenta por la ausencia de esta. En el mundo extraño, Nitnit -nombre por el que se le conoce a Doug– es un simple empleado encargado de distribuir por toda la colmena (donde viven los bichejos verdes) libros, revistas y cómics a unas chicas denominadas breeders, mujeres que viven en una cama con un extraño bulto debajo de las sábanas. Vamos, que seguimos en la misma línea del autor. Todo es, cuanto menos, inquietante. Pero un inquietante que te engancha y te atrapa hasta el final.

Al igual que “X’ed Out“, lo nuevo de Burns bebe del grandísimo Hergé. Son tantos los detalles que es difícil hacer referencia solo a unos pocos. Obviando el parecido físico, el detalle más obvio es el nombre de Doug en ese mundo extraño en el que se encuentra: Nitnit. Aquí no estamos delante de una mera cuestión de reversión del nombre: Tintin y Nitnit son dos caras de la misma moneda. Por un lado, tenemos al famosísimo reportero belga, un aventurero de aúpa que no le tiene miedo a nada. Por el otro tenemos a nuestro protagonista, un dócil e introvertido joven con un oscuro secreto (o eso parece). Esta dicotomía entre la obra de Hergé y la de Burns es una de las cosas que hacen tan maravillosa a esta obra. Cuando tienes “The Hive” en las manos, a primera vista, te parece estar hojeando una de las obras de Hergé, pero luego tu cerebro empieza a procesar toda la información -mejor dicho: la no-información- que recibe viñeta tras viñeta y se da cuenta que las cosas no cuadran. Demasiados seres horripilantes y recuerdos escabrosos.

El dibujo, como viene siendo habitual en este autor, es soberbio. A pesar de que Burns no utiliza su característico blanco y negro, que confiere una contundencia particular a las ilustraciones, el color le sienta la mar de bien a la historia y es una gozada ver cómo se adapta a su estilo de dibujo. Sobre este tema, creo que no necesito explayarme porque a) el arte del norteamericano es más que conocido y nadie puede discutir lo maravilloso que es, y b) en este caso, mi vocabulario se queda corto para pasar a escrito todo lo que me produce el estilo del autor.

Está claro que “The Hive” es tan críptica como la primera entrega de la saga o incluso más, si acabe. Aún así, el universo bizarro y extraño creado por Charles Burns te deja con ganas de más. La verdad es que sigo sin entender muy bien por donde va a ir la historia, aunque en mi cabeza empieza a hacer cábalas. Para un servidor, este genio se ha ganado todo el beneficio de la duda: que haga conmigo lo que quiera. Carta blanca. Desgraciadamente, la única información que tenemos de la tercera y última parte de la historia es el título: “Sugar Skull“. ¿Qué nos tendrá preparado Burns para el cierre de la trilogía? ¿Será capaz de atar todos los cabos sueltos? ¿Qué es real y qué no? ¿Entenderemos algo al fin? Consejo al canto: prestad mucha atención a los detalles y a la relación entre los dos mundos, porque se empieza a vislumbrar alguna cosita… y ya no digo más.

¡Criogenizadme a lo Walt Disney los años que haga falta hasta que salga, por favor! ¡La espera ya me está matando!

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