Se hace difícil entender el parentesco (literario) entre Tom Spanbauer y Chuck Palahniuk. Según lo que se ha vendido tradicionalmente, el primero fue maestro del segundo en su doctrina de la Escritura Peligrosa, en la que se predica la necesidad de la exposición emocional como base del relato. Por “exposición emocional” es inevitable entender “sinceridad absoluta”. Ahí es donde falla la relación entre Spanbauer y Palahniuk: mientras que las novelas del maestro predican con el ejemplo de la desnudez sentimental, el alumno da la impresión de que se encontró con un paquete bomba entre las manos y, desde entonces, lo único que ha hecho es perseguir minas antipersona para hacerlas explotar deliberadamente. Dicho de otra forma: ante el éxito de “El Club de la Lucha”, el autor decidió seguir viviendo de las rentas de lo provocador. Y es que, al fin y al cabo, la mencionada máxima de la Escritura Peligrosa consiste en dejar al descubierto aquellos rincones oscuros de la personalidad del autor de los que este se avergüenza… Y ya hemos llegado a un punto en el que es prácticamente imposible creer que en las novelas de Palahniuk exista ni un gramo de sinceridad. Son, simple y llanamente, ciencia ficción.

Es lo que pasa cuando buscas la truculencia por la truculencia. Y es lo que le pasa también a “Snuff” (publicado en nuestro país por Random House / Mondadori): lo que podría ser un retrato apasionante de los claroscuros del mundo del porno, con sus espráis auto-bronceadores y sus muñecos rotos, acaba siendo un festín de clichés que lo único que buscan es provocar al lector. Desde la misma estructura de la novela en forma de cuatro monólogos interiores (recurso que, a día de hoy, no debería sorprender a cualquiera que haya leído un mínimo de libros en su vida), se intuyo un arraigado ahinco por parte de Palahniuk de sorprender, aunque este afán acaba pasándole la peor de las facturas: sus personajes se revelan finalmente como construcciones vacías que sólo albergan tres o cuatro rasgos de personalidad (el gay puesto de Viagra, el hijo a la búsqueda de su padre, la vieja gloria del porno…). Algo así como el reverso grotesco y esperpéntico de los luminosos y arquetípicos (pero igualmente vácuos) personajes de Wes Anderson.

La trama de “Snuff”, por su parte, acaba cayendo igualmente en las trampas del exhibicionismo. Por mucho que podría haber sido un apasionante laberinto de relaciones familiaries y emocionales estructuradas en base a lo aleatorio de los grados de separación entre unos y otros, una especie de castillo de arena que pusiera al descubierto la correspondencia de base que existe entre el sexo y el gore, el argumento acaba resintiéndose del reiterado uso del twist. Cuando vas por el cuarto giro, siempre demasiado evidentes en su intención de dejarte totalmente patidifuso, es inevitable perder el interés en un guión que, además, se alarga innecesariamente como un chicle del que el autor se ha cansado y al que le da vueltas entre las manos, probando hasta dónde puede llegar. Y si Palahniuk se ha cansado del saber de ese chicle que lleva mascando desde “El Club de la Lucha”, lo mejor que podría hacer es recurrir a las enseñanzas raices de la Escritura Peligrosa: dejar de buscar la truculencia por la truculencia y optar por abrirse en canal a él mismo para chapotear en sus vergüenzas más sinceras. Sería un buen cambio.

[Raül De Tena]

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