the-notwist

Es probable que no exista un grupo con una trayectoria tan peculiar como la de The Notwist, no sólo por su longevidad, sino también por sus constantes mutaciones. Especialmente en su primera mitad, durante los 90, época en la que resultaba imposible clasificar al combo alemán por sus saltos estilísticos: del metal al post-rock, pasando por el indie-rock, el noise o el ambient, unos cambios tan radicales que no se podía asegurar si se realizaban a sabiendas o eran más bien las diferentes fases de un proceso de ensayo-error en el que The Notwist pretendían hallar su cara definitiva y definitoria. Hasta que en 2002 dieron con su propia piedra filosofal en forma de álbum: Neon Golden (Domino, 2002), un clásico no instantáneo; es decir, que no necesitó penetrar a toda velocidad la piel de sus oyentes para erigirse en un trabajo indispensable y atemporal, sino que lo logró con una parsimonia tan sencilla como embriagadora.

Aquel álbum se ha incluido desde entonces con asiduidad en las muestras históricas de aquel subgénero que caracterizó parte del comienzo musical del siglo XXI: la indietrónica. Pero “Neon Golden” acabó trascendiendo esa etiqueta para convertirse en una guía vanguardista que avanzaría cómo se desarrollarían en el futuro (ya hoy) conceptos tan etéreos como irrenunciables relacionados con la belleza (inasible), la delicadeza (extrema), las emociones (deterioradas), la derrota (esperanzadora) y la tristeza (consecuente). Todo ello se resumía en LA CANCIÓN: “Pick Up The Phone”, triunfal por sus subyugadoras simplicidad y sensación de pérdida absoluta.

Y, de repente, The Notwist se perdió en el silencio, mientras sus componentes (los hermanos Markus y Michael Acher, Andi Haberl y Martin Gretschmann) se entretenían en proyectos paralelos, colaboraciones y bandas sonoras para películas. Tendrían que transcurrir seis años para que el cuarteto germano diese señales de vida otra vez unido en un The Devil, You + Me (Big Store / City Slang, 2008) que no alcanzaba las cotas gloriosas de su predecesor, pero que enseñaba el afán de sus autores de, en vez de regresar a las radicales metamorfosis del pasado, continuar por la nueva y brillante senda encontrada tiempo atrás a través de la concreción pop -con las melodías igual de dulces y lozanas y estructuras rítmicas y compositivas resplandecientes-, cálidas texturas sintéticas, pespuntes de electrónica sensible y calmante, pasajes de bucolismo acústico y arrebatos de electricidad contenida.

Un esquema que, después de otros seis años -de estas esperas prolongadas se deriva el aura cuasi mí(s)tica que envuelve a The Notwist-, se reproduce (pero no se repite) en Close To The Glass (City Slang, 2014). Un LP que presenta leves bifurcaciones estilísticas en el discurso sonoro de los alemanes, aunque estos asciendan en su árbol genealógico y toquen con los dedos la copa donde se encuentran sus compatriotas Kraftwerk para revestir de minimalismo robótico-analógico la introductoria “Signals” o una “Lineri” que, en sus casi nueve minutos de duración, también atraviesa las brumas sedosas donde conviven, semiocultos, tótems del ambientalismo atmosférico como Brian Eno o Boards Of Canada. La sensación de recogimiento que este largo pero reconfortante tema transmite (recurramos al tópico, muy válido para este caso: ideal para musicar estados de duermevela mecidos por finas gotas de lluvia que golpean el cristal de la ventana) se conecta con la electrónica puntillista de “Run Run Run” y la fragilidad de “Steppin’ In” y “Casino” -más abierta y luminosa que la anterior-, estos dos últimos cortes pasajes acústicos que refrendan la habilidad de The Notwist para servir el (folk)pop de acordes transparentes en píldoras de efectos balsámicos.

Aunque la parte más interesante de “Close To The Glass” coincide con los momentos en que The Notwist rompen los esquemas sintéticos y quebradizos descritos un poco más arriba para salirse por la tangente y explicar en qué consiste el indie-pop con mayúsculas en “Kong” -versión germánica del “Let’s Go Surfing” de The Drums, aunque en vez de disfrutarla corriendo por una playa se haría en las calles de Munich durante un día de inundaciones-, el shoegaze mybloodyvalentiniano en “7-Hour-Drive” -preñada de feliz melancolía que obliga a mirar hacia el cielo azul y despejado con una lágrima humedeciendo la mejilla- y el motorik engalanado de clasicismo digital en “Into Another Tune”.

Después de veinticinco años de carrera (sí, veinticinco), The Notwist han logrado actualizar adecuadamente su propio libro (más bien, enciclopedia) de estilo, pese a que pudiera parecer imposible a estas alturas, sin recurrir a digresiones rupturistas -como las que practicaban hace dos décadas- ni a calcos miméticos inspirados en su alabado “Neon Golden”. Si hubiera que definir de algún modo este proceso, lo llamaríamos ‘continuista según la perspectiva Notwist’. Todo un logro marca de la casa alemana.

 

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