¿Por qué “Notario (Encadenado)” de Chico y Chica fascina aunque no sea un concierto (ni nada de eso)?

Puede que el “Notario (Encadenado)” de Chico y Chica no sea un concierto… Pero es algo que tienes que vivir, porque te va a dejar muerto.

 

Algo maltrecho, con ligeras manchas en las esquinas -puede que ceniza, puede que cualquier otra cosa: unas manos grasientas, por ejemplo-, yace olvidado en una esquina si no olvidada de Dios, al menos de todos los allí presentes. Ajeno al vaivén de camareros e inmóvil pese al característico frenesí que se apodera de una cocina comercial aún abierta de madrugada, es como el último bastión del silencio. De un bolso colgado en la parte trasera de una silla de madera, escogida hace sabe cuánto por alguien con un gusto ciertamente discutible, asoma una esquina: blancuzca y mullidita, puede leerse en ella una “V” a rotulador negro. O puede que sea un “1”. Hay quien los usa de respaldo, quien se abrazan a ellos a falta de algo mejor. Algunos van apoyando a ratos en ellos las cabezas, otros los han perdido de vista hace demasiado como para recordar cuándo. 4, 7, 2, 3, 9: todos llevan inscrito un número en la esquina superior derecha, posición cara al mar.

Cojines. Debían de ser las doce o una de la madrugada de un sábado. Había un bareto de Madrid plagado de cojines. Tantas almohadas que, puestas todas en fila, igual hubieras podido llegar hasta el chino de la calle de enfrente sin nunca pisar el suelo.  Y los responsables de esta insólita y absurda escena -vivida en el momento sin especial reparo, con la misma naturalidad con la que te levantas por la mañana y te sirves un café- no podían ser otros que Chico y Chica.

Las premisas eran las siguientes: tras la primera fecha en su Bilbao natal, el dúo compuesto por Alicia San Juan y José Luis Rebollo venían a Madrid a presentar su último trabajo, “Notario“: un audiolibro, un libro-disco, “un compendio de relatos de ciencia-ficción acunados bajo el título “Raquel, la sensación de Calisto” a los que han intercalado versiones nuevas de algunas de antiguas canciones” o “una absoluta genialidad”, llamadlo y describidlo como plazcáis. “¿Pero van a tocar otras canciones también?” “¿Y cómo crees que nos pondrán? En Bilbao montaron un escenario dentro de un escenario…” “¿Pero no corre el riesgo de ser un poco coñazo? A mi esta noche me apetece bailar, igual debería ir a Ciclos Iturgaiz…” Este último pensamiento es mio. Lo pensé y no lo dije ni lo hice por miedo a llevarme un puñal en forma de mirada por parte de mis acompañantes. No me gusta el teatro, así que la idea de un recital… Pues, bueno, más de lo mismo. Además, la única vez que escuché “Notario” me medio dormí. Muy plácidamente, por eso. Sea como sea, siempre me quejo de que me aburro. Y será porque cambian los nombres y las salas, pero las dinámicas de un concierto siempre son las mismas… Hasta que vienen Chico y Chica y te dan con “Notario” en la cara.

No voy a extenderme demasiado en relatar la actuación de los bilbaínos, ya que el recital en sí no difiere en gran cosa del disco físico. Si la memoria no me falla, la cronología relato-canción-relato-canción-etc… es exactamente la misma, y no tengo el libro para cotejar dónde se posicionan los interludios hablados de José Luís, encargado de dar pie a la abrumadora voz de Alicia tras un “Corpus número número que sea” y alguna que otra frase más que tampoco recuerdo. Canciones como “Findelmundo” o “Tú Lo Que Tienes Que Hacer” suenan desnudas de todo lo que no sean arreglos orquestales, y pese a que el impulso de cantar sea grande, es tan hipnótico que solamente puedes permanecer callado y encandilado.

Pero sí que me gustaría hacer hincapié en qué es lo que hace de “Notario (Encadenado)” una experiencia que, seguidor o no de Chico y Chica, vale la pena vivir. Y digo “vivir” no porque me haya puesto excesivamente intensa, sino porque realmente es algo que se experimenta como un a parte: durante la hora y pico que dura el recital, la precisa voz de Alicia y las melodías que crea Luís con su emplazamiento de cacharros y pantallas son capaces de crear un universo propio y a la vez común y único a todos los allí presentes.

Totalmente absorto, de repente te das cuenta de que acabas de soltar una carcajada que esperas que no haya sido demasiado fuerte como para retumbar por toda la sala, pero que seguramente lo haya sido. “Se quitó el emperador. No valía para nada. ¿Una persona que mandara en todo? ¿Dónde se ha visto? Nada. Fuera. ¿Y cómo lo hicimos? Pues explicándoselo a él muy despacito, haciéndoselo ver, haciéndoselo comprender…”, dice Alicia siguiendo el capítulo “Pontormo, un satélite tibio” entre carcajadas del público. Y no es el qué -sin querer quitarle mérito a ese talento por mezclar lo absurdo con el costumbrismo que tienen desde siempre Chico y Chica, jugando con el lenguaje como les plazca-, sino el cómo: es esa relación absurda que establecen entre voz y lenguaje, entre tono y palabra, la que retuerce las expectativas y, por consecuencia, provoca la risa como verbalización de la sorpresa.

La vida en una biblioteca orbital es ideal para los huesos: la falta de gravedad alivia las molestias y te mejora el carácter. Pero son instalaciones con poco presupuesto, nido de gente desmotivada que acaban convirtiéndose en cofres sin alma y almacenes malolientes. Por eso me largué“… Tal y como ha empezado, el recital termina. Se encienden las luces entre aplausos, la ilusión se rompe, el tiempo ha pasado volando y desearías que volviese a empezar.

Esta noche Chico y Chica estarán en la Sala Apolo de Barcelona, pero no os hagáis expectativas. Ni con los cojines. Ni con nada. [Más información en el Facebook de Chico y Chica]

 

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