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Hace unas semanas, algunos creían –y un servidor se incluye en este grupo– que Kanye West y su “Yeezus (Def Jam, 2013) habían revolucionado no sólo el mundo del hip-hop, sino el de la música en general. Sin embargo, han tenido que pasar únicamnete unas pocas semanas para toparnos con la dura realidad: Sí, Kanye ha parido un álbum magnífico en el que ha desnudado su alma, pero esta vez ha sido otro el que ha apretado las teclas correctas y ha dado con la fórmula mágica del éxito y, sobre todo, de la revolución musical. Videos cortos con conversaciones encriptadas indescifrables, ni un miserable single y un hermetismo que ríete tú del conceptismo del Siglo de Oro. El resultado es una subversión de las reglas del juego y el causante de todo esto no es otro que Jay-Z y su décimo-segundo álbum, “Magna Carta Holy Grail” .

Esta vez, Jigga decide dar un salto por encima del resto y jugar en otra liga. Aquí ya no estamos hablando de la clásica promoción del álbum (promociones hasta en la sopa, temas en la radio, televisión y cualquier otro medio de comunicación, entrevistas, etc.), como él mismo ha ido avisando a través de sus redes sociales con distintos hashtags las cosas han cambiado: #newrules. Ahora, en el mainstream impera una aire de do it yourself , de dejar de lado a la discográfica y crear nuevos trucos promocionales. Porque si por algo destaca “MCHG” (más allá de lo estrictamente musical) es por el hecho de que Jay-Z, gracias a un acuerdo multimilionario con Samsung, se haya convertido en la primera persona en vender un millón de copias del álbum sin tan siquiera haberse filtrado una de las canciones de este. Teniendo esto en cuenta, es inevitable que resuene en la cabeza de uno esa frase tan mítica  “I’m not a businessman . I’m a business, man!” con la que Jay-Z nos ilumina en uno de los temas de su gran amigo Kanye West.

En “MCHG“, Jay-Z se rodea de muchos amigos para crear un álbum rico en mezclas de sonido: hip hop puro y duro, sonidos de Game Boy y de sitetizadores caseros, R&B, beats enfermizos, dubstep y un largo etcétera. Los cómplices que están al mando de la producción de lo último de J-Hova son viejos conocidos y grandes del rap más mainstream, como el aquí omnipresente Timbaland, Pharrell, Make Dean o Boi 1-da, con invitados especiales como Frank Ocean en “Oceans” (donde Jay-Z critica con rimas refinadas y sutiles a los políticos estadounidenses y se desmarca del sistema), el gran Rick Ross en  “FuckWithMeYouKnowIGotIt” (tema con el que Jigga aprovecha para proclamase el padrino del hip-hop, el césar del rap: “Hov just landed in Rome, nigga / All hail, Caesar’s home, niggas“) e incluso su esposa Beyoncé, con quien se une en “Part II (On The Run)” para cantar sobre el amor que sienten el uno por el otro y sobre su relación, retomando la ya lejana “03 Bonnie & Clyde“, siempre sin caer en lo ridículo o lo exageradamente pasteloso.

El álbum se abre con una edulcorada “Holy Grail“, donde Jay-Z une fuerzas con un Justin Timberlake que, con su voz, consigue que hasta el clítoris no desarrollado de cualquier hombre chorree como una fuente cantando eso de “And baby, it’s amazing I’m in this maze with you / I just can’t crack your code / One day you screaming you love me loud / The next day you’re so cold“. Si “Yeezus” es la suma total de los sueños rotos y la revelación de los defectos e imperfecciones del alma de un pobre hombre perturbado por sus demonios interiores, “MCHG” es la encarnación de las mejores intenciones del ser humano: amor familiar, fe, seguridad en uno mismo, movilidad social, etc. Una amalgama de sensaciones y momentos que van desde la autorreivindicación en la brillante  “Picasso Baby” hasta el miedo por no saber como ser un buen padre en “Jay-Z Blue” (canción dedicada a su hija), pasando por la autocrítica en “Nickles and Dimes“, donde Jigga se cuestiona a sí mismo y a sus actos de supuesta solidaridad -“Sometimes I feel survivor’s guilt / I gave some money to this guy, he got high as hell / Now I’m part of the problem far as I could tell / Did I do it for him or do it for myself / Can’t lie to myself“- y fantástico broche de oro para uno de los que estará, sin duda alguna, en todas las listas de discos del año. Sin miedo a nada, Jay-Z tiene hasta tiempo para reírse de sus detractores que le acusas de Illuminati, además de  criticar y poner en cuestión cualquier tipo de pensamiento religioso en “Heaven“, probablemente la mejor pieza de todo “MCHG” con acusaciones tan punzantes como “Y’all religion creates division” o invitando a la gente a que sea capaz de formularse las preguntas correctas y que sepan alimentar su espíritu crítico: “Question religion, question it all / Question existence until them questions are solved”. Todo esto con momentazo homenaje a R.E.M y su “Loosing My Religion” incluído –de la misma manera que en “Holy Grail” también se hace referencia a Nirvana–.

Es innegable que nos encontramos ante uno de los mejores trabajos de Jay-Z, con unas rimas refinadas a la par que dolorosas. Eso sí, para bien o para mal, “MCHG” será recordado, por encima de todo, por su magistral clase de publicidad y marketing a la hora de crear verdadera expectativa para la publicación del álbum. Sólo por esto, “MCHG” pasará a la los anales del hip-hop con la merecidísima etiqueta de disco revolucionario y rompedor. Y es aquí donde entra en juego un factor realmente interesante: presenciar cómo los cambios drásticos esta vez no vienen de abajo, como siempre había sido, sino que son los de arriba, los reyes del juego, los que se han hartado de las reglas impuestas hasta ahora y se han desmarcado de todo y de todos para crear unas normas totalmente nuevas hechas a medidas que sin duda alguna han roto el panorama músical actual. En definitiva, “MCHG” es el ejemplo perfecto para recordar las sabias palabras del Dr. Emmett Brown: “Your future hasn’t been written yet. No one’s has. Your future is whatever you make it, so make it a good one, both of you“. Cambia ‘future’ por reglas y ahí lo tienes. La música está viva, no hay industria que valga y Jay-Z lo ha demostrado.

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