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Hace ya un lustro que, al frente de Best Coast y gracias a su flamante largo de debut, Crazy For You (Mexican Summer, 2010), Bethany Cosentino nos conquistó a base de pop lo-fi, azúcar sesentero, tonadas irresistibles y letras amorosas tan sencillas como cándidas que atravesaban el corazón al instante. En estos años transcurridos desde entonces no ha decaído nuestro enamoriscamiento por la californiana y sus gemas sonoras, pero está claro que las sensaciones transmitidas por cada uno de sus posteriores trabajos fueron distintas; y el paso del tiempo ha influido en la forma en que se ha ido absorbiendo las deleitosas vibraciones de su canciones, primero con inocencia y naturalidad, después con mayor ponderación, aunque seguro que muchos de sus seguidores han continuado recurriendo a ellas para sobrellevar cuitas emocionales y hacer realidad sueños románticos en apariencia imposibles.

La propia Betts ha declarado que, a día de hoy, a sus 28 años no ha dejado de ser una chica tan rara y confundida como cuando empezó su carrera musical, pero observa algunos aspectos de su vida con claridad. ¿Significa esto que nuestra californiana favorita ha entrado de lleno en la edad adulta con todo su crudo realismo? Lógicamente, como adelantó su segundo disco, The Only Place (Mexican Summer, 2012), y confirmó su última referencia hasta la fecha, el EP Fade Away (Jewel City, 2013). En esa transición hacia la temida fase de madurez, Bethany no se olvidaba de tratar las cosas del querer desde su deliciosa perspectiva, aunque igualmente incluía temas más peliagudos como el éxito, las responsabilidades y la existencia misma. Y cuando alguien recarga de tal modo su discurso y salta a esos charcos cuasi filosóficos, es difícil que salga de ellos.

De ahí que su tercer álbum, California Nights (Harvest Records, 2015), no escape del influjo de ese tono agridulce que envolvió su época inmediatamente anterior y que se extiende sobre unos textos otra vez nada rebuscados y muy transparentes: da la sensación de que, a medida que Cosentino ha ido evolucionando (a todos los niveles), ha aumentado la honestidad de unos versos que desprenden cada vez un mayor aroma a diario privado escrito en la intimidad del dormitorio y no tanto a confesión expresada sobre la playa con los ojos dirigidos hacia el mar. En este sentido, este LP está salpicado de frases que muestran a una Betts entre reflexiva y apesadumbrada, entre sensata y resignada: “What is life, what is love? What’s the meaning of it all?” (“So Unaware”); “The weight of the world crushes down on my shoulders, I’m a big girl now” (“When Will I Change”); “I blame it on the world cause it can be so cruel” (“Sleep Won’t Ever Come”). Inevitablemente, esta clase de sentencias acaban afectando al modo en que aborda el amor, su eterno alimento, que pasa a ser un bocado ingrato y, por momentos, desagradable.

Pero, a pesar de que la lírica posee un peso específico en el nuevo repertorio de Best Coast, no hay que olvidar su envoltorio, característica definitoria y fundamental de los californianos y que aquí se conserva intacta a través de su acostumbrada fórmula: pop-rock luminoso bombeado por energía surfera (“Fine Without You”, “In My Eyes”), tempos baladísticos evocadores (la titular “California Nights” -que aproxima a Best Coast a un subgénero para ellos inédito como el shoegaze-, la final “Wasted Time” -que retoma el espíritu sixties almibarado de la banda-), estribillos resplandecientes e infecciosos (“Fading Fast”, “Run Through My Head”) y la rozagante voz de Betts manejando con encanto un conjunto que ha eliminado definitivamente la pátina lo-fi para resaltar su alta (altísima) fidelidad mediante el aumento de la gradación eléctrica.

Teniendo en cuenta su punto de partida, en el que Bethany Cosentino se inspiró en la contradictoria magia de la noche californiana que le permite introducirse en un mundo diferente en cuanto el día se desvanece, “California Nights” es posiblemente el trabajo más granulado de Best Coast. El sol propio de su tierra de origen no irradia con tanta intensidad como antes, pero no deja de alumbrar una propuesta (ahí están “Feeling Ok” y “Heaven Sent” para ratificarlo) que quizá haya sufrido cierto desgaste dentro de su infalibilidad para lograr que el alma se agite y conmueva pese a los implacables y dolorosos latigazos de la realidad.

 

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