No soy una persona muy dada a la nostalgia musical. Pero he de reconocer que alguna vez he echado mucho de menos a Sleater-Kinney. Aquella fuerza, aquel desparpajo, aquella estridencia tan femenina y aquel poder para epatar a base de guitarrazos no lo he vuelto a encontrar en ninguna banda. Ni de chicas, ni de chicos, ni de chicas con chicos. De todos esos grupos que claman a los cuatro vientos que las tienen como número en sus referencias (Vivian Girls, Dum Dum Girls et al), ninguno ha conseguido, sin embargo, capturar una parte de toda aquella energía. Y sin ser yo muy fan del rock plomizo de los 90 ni nada de eso. Pero Sleater-Kinney podían llegar a ser la PJ Harvey de “Rid of Me” (Island, 1993) multiplicado por cuatro, en dolby sorround. Y molaba. Joder, si molaba.

Wild Flag se nos ha vendido como el súper grupo de chicas con la herencia más candente de Sleater-Kinney, en la forma de Carrie Brownstein -ex guitarra- y de Janet Weiss -ex batería- , Mary Timony -parte del linaje de Helium y otras que también conseguían cortarte la regla si llegaban a proponérselo- y Rebecca Cole -teclista de The Minders-. Desde la separación de las primeras (en 2006) y los mejores momentos de las segundas (finales de los 90), sin embargo, mucho ha llovido. Ellas se han hecho mayores, nosotros nos hemos hecho mayores y la escena ha cambiado. Wild Flag conserva parte del espíritu riot grrrrl, que básicamente fluye en sus genes, pero no es una reivindicación trasnochada como se podía llegar a esperar. Es otra cosa. Más contenida, más tranquila… Diferente. Y aunque no hay en él tanta energía a chorrazo como en lustros anteriores, las que tuvieron retienen, y en “Wild Flag” (Merge, 2011) hay muy buenas canciones y mejores maneras. Y lo que es mejor: una salida por la tangente muy astuta. Las chicas han crecido y sus habilidades con ellas, y han vuelto poniendo to su coño sobre la mesa para demostrar quién parte el bacalao aquí. Hooray.

Quizá si todo el disco fuera como “Romance“, primera canción y primer single, estaríamos hablando de un comeback por todo lo alto, con toda esa energía bien asumida y canalizada. ¿Exagero si digo que es una canción de pop-rock perfecta? No creo. Son cuatro minutos medidos con regla, milímetro a milímetro, en el que no sobra un riff ni falta un coro. Capitaneada por Brownstein, que juega con su voz y su guitarra para hacerlas sonar ahora bitchy ahora naïf, cabalgando al compás de los otros instrumentos hasta convertirla en una oda a la juventud insultante, perdida en el sentido corporal pero inmaculada en la esencia de las cuatro componentes. No es un vagón de carga a mil por hora, como eran las canciones de Sleater-Kinney, pero tampoco le hace falta, porque consigue su identidad sencillamente a través de su estructura clásica. Hay más momentos a la altura, calambrazos que consiguen poner el vello de punta y que claman al cielo con un rock desenfadado, libre y sin ataduras. Como en “Boom“, juguetona y sexy, en la que se permiten coquetear con las melodías de los girl groups sesenteros, tan de moda en sus imitadoras. La temática es simple y directa… Mucho más profunda en el contenido y concisa en la forma es “Future Crimes“, estructurada sobre un riff que va creciendo progresivamente a medida que avanza la letra y que se deja adornar coquetamente por teclados -muy presentes en todo el disco y que le dan una chisposa identidad retro- y una batería tímida y presumida hasta estallar en un clímax final que te deja con la boca abierta. Similar impresión causa “Racehorse“, de lejos la mejor canción del álbum pese a su escasez de pretensiones en lo lírico (“Well I’m a racehorse / yeah I’m a racehorse / you put your money on me”… Osea, olé), que no en lo musical, y que dicen por ahí que te deja tieso en directo. Ya a modo de puntilla, el tema que cierra el disco, “Black Tiles“, es una auténtica explosión progresiva de rock en estado puro en la que se respira ese virtuosismo con el que sus cuatro componentes sorprendieran en el pasado.

Y es que lo que sorprende tan gratamente de este nuevo proyecto es lo muy bien que suman sus partes. Teniendo en cuenta que lo conforman cuatro trenes de alta velocidad, cada cual con su ritmo, cada cual con su equipaje, consiguen avanzar al mismo tiempo de forma pasmosa. Se aprecia técnica y se siente su corazón palpitante. Un regreso por todo lo alto que quizá no quite el mono de Sleater-Kinney, pero que sí que sirve por lo menos para sobrellevar su ausencia más llevaderamente.

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