Al pobre de Nathan Williams, mente pensante y delirante del proyecto de las múltiples uves, Wavves, le sentó bien empezar a salir con Bethany Cosentino (Best Coast). No sabemos a ciencia cierta hasta qué punto a nivel personal, aunque tras las correrías de Williams con las drogas y el alcohol y aquella patética actuación en el Primavera Sound de 2009 (incluida una pelea a puñetazo limpio con su antiguo batería), la tarea debió de resultar ardua. Pero parece que para Bethany no fue ningún problema, ya que, nadando entre noticias del cotilleo indie, se supo que el propio Williams se convirtió en el encargado de cuidar a la ya mítica mascota de Bethany, el gato Snacks, cuando ella se va de gira con su grupo. Es más, el minino de marras, además de protagonizar la portada de “Crazy For You” (Mexican Summer / Nuevos Medios, 2010), también acapara la carátula de este “King Of The Beach” (Fat Possum / Nuevos Medios, 2010), tercer largo de Wavves. Ver para creer. Aunque en esta ocasión, Snacks aparece disfrazado como el rey gatuno del puestazo marijuano en un decorado ultra-psicodélico y colorista, muy alejado de su pose plácida y doméstica por la que es más conocido. ¿Cada ilustración es el reflejo de las personalidades de la pareja? Segurísimo, aunque me jugaría los cuartos a que la señorita Cosentino puso mucho de su parte para su creación.

Casualidad o no, es toda una señal que dos de los elegidos para recuperar el fulgor del surf-rock-garage-pop practicado de los 60 hasta los 90 acabasen unidos sentimental y artísticamente. A estas alturas ya está casi todo dicho del genial y revitalizante debut de Best Coast, con lo que ahora las miradas van dirigidas al nuevo trabajo de Williams, a priori toda una incógnita dada su trayectoria accidentada y errática. Su debut homónimo, “Wavves” (Woodsist, 2008), era una explosión ruidista de noise-punk que dejaba tras de sí un reguero sucísimo de mugre y grasa, con incursiones en el mundo privado de su autor, repleto de referencias a su juventud (fiestas de adolescentes en piscinas, skateboarding y arte de serie B) y a su obsesión por el lado oscuro de California, aquella que no aparece en las postales turísticas ni en los videoclips. Ese mejunje acabó por tener una presentación, cuando menos, caótica, acorde con los movimientos del propio Williams. Su siguiente álbum, “Wavvves” (Fat Possum, 2009), añadía como novedades una uve más en su título y una puerta levemente abierta para dejar entrar algunos rayos de luz (“Get In The Sun”). Sin embargo, sus argumentos principales seguían los derroteros ya conocidos y demasiado trillados: desorden, fiereza y salvajismo descontrolado, el mismo que demostraba en sus directos y que desembocó abruptamente en el suceso barcelonés y la posterior cancelación de su gira europea.

Tocar el fondo del pozo sirvió para que Williams se impulsase hacia la boca de salida. Su primera decisión acertada para lograrlo fue reclutar a finales de 2009 a dos miembros de la banda del malogrado Jay Reatard (espejo en el que Williams pudo haber visto su futuro más inmediato si continuaba por el mismo camino): Billy Hayes (batería) y Stephen Pope (bajista). Con ellos (y se supone que la compañía de Beth Cosentino) empezó a dar forma a “King Of The Beach”, distanciado unas cuantas millas de sus predecesores incluso desde su propia denominación. Un detalle menor pero a la vez muy revelador tratándose de Nathan Williams: si fuese el de antes, no cejaría demasiado en el empeño y simplemente añadiría otra uve a su nombre (“Wavvvves”). Pero no, el cambio de vida llevaba consigo un giro significativo en su manera de dirigir Wavves y en su estilo musical: adiós a la distorsión facilona y hola a una propuesta más domesticada y… ¿estudiada? Al menos sí consciente, pues se basa también en California y sus historias pero decididamente enfocadas hacia la arena, el mar y el calor. Lo que se advierte desde el primer minuto en el sonido del álbum, más nítido, con la voz en primer plano, los instrumentos discernibles y unos arreglos más variados y luminosos. Algo impensable en el otrora desastrado y perdido Nathan Williams, del cual conserva su tensión y fuzz guitarrero y al que le aplica una lírica bronceada por el sol playero (“King Of The Beach” y “Super Soaker”). También inaudito se muestra el volantazo hacia el pop practicado en sus nuevas composiciones, en parte fruto de su colaboración con el productor Dennis Herring (Modest Mouse, entre otros): en “Linus Spacehead” asoma tímidamente la cabeza, pero es en “When Will You Come” y “Baseball Cards” donde se expande en un refrescante encuentro entre Phil Spector y The Beach Boys rebosante de palmas y coros, y se estira hasta el infinito con “Micky Mouse” y “Convertable Balloon” en un sorprendente acercamiento a Animal Collective (increíble pero cierto). El acelerador se aprieta de nuevo en “Post Acid”, el diamante sin pulir de “King Of The Beach”, cuya letra bien podría valer para apostillar la euforia de su primo-hermano “Crazy For You”. Por cierto, se nota que Nathan Williams anda enamoriscado de su chica: él mismo confirma que también se le va el alma cuando ella no está a su lado en el sentido epílogo “Baby Say Goodbye”.

Según el horóscopo chino, 2010 es el año del tigre. No va muy desencaminado, porque tal como pinta el asunto, acabará siendo un año muy felino. Habrá que dar gracias a Snacks por sus efectos inspiradores, sobre su dueña y el novio de esta. Y aún falta que aparezca ante el mundo otro lindo gatito: uno astronauta, el que adorna el nuevo disco de Klaxons, y por el que Beth Cosentino ya admitió sentir una envidia sana. Dada su pasión por los mininos, no se le ocurrirá cambiarlo por Snacks… ¿Qué va a ser de Nathan Williams si no lo tiene como compañía cuando ella se ausente? Al menos que sea una gata, para que haga de Snacks un animal mejor. Sin él, ya nada sería lo mismo.

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