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Hace cuatro años las californianas Warpaint llegaban a nuestras vidas como una tormenta de arena negra, cegando nuestros ojos, nublando nuestros sentidos y dejándonos las orejas bastante flipadas. Con “The Fool” (Rough Trade, 2010), presentaron un proyecto que sonaba al descaro que solo te da el ser joven y que estilísticamente le cogía muy bien el pulso a la cosa aquella del ambiente de crisis y decadencia que empezábamos a respirar todos. A través de un diálogo de guitarras oscuras, paisajismo lóbrego y tendencia al shoegaze en versión darks, las chicas de Emily Kokal se marcaron un disco de debut difícilmente superable. Se ganaron a los críticos (a la gente tardaron un poco más), giraron muchísimo (también por España) y le sacaron buen lustre a sus primeras canciones. Y luego, ¿qué? Luego, la nada. Casi un lustro han tardado en volver a echarse a las dunas musicales y entregar una continuación a su flamante primer trabajo.

Es una historia que hemos escuchado ad infinitum: la banda o artista tocada por la mano del genio que deslumbra y enamora con un primer disco y que deja que pase demasiado tiempo entre un trabajo y otro dando a la gente lo peor que se le puede dar: tiempo para que estruje lo existente y fantasee sobre cómo será lo siguiente (si es que lo hubiera o hubiese). Y, al final, las expectativas que están en la cabeza del público y de los fans no suelen coincidir con lo que los artistas quieren o entregan. Especialmente cuando han pasado cuatro años y, además de como personas, a los grupos les ha dado tiempo de crecer, madurar y cambiar como músicos. Y, no por más habitual, esta historia tiene menos sentido…

Warpaint han vuelto con un álbum homónimo cuyas canciones podrían ser las caras B perfectas de su primer disco. Si en “The Fool” había inmediatez, grunge en ciernes, rock áspero y teenage angst por un tubo, en “Warpaint” (Rough Trade, 2014) predomina un estado de catalepsia que ni siquiera esa abertura a modo de jam en directo que su “Intro” puede esconder. Quien busque en este disco aquelarres adolescentes, que se vaya a ver la nueva “Carrie“, porque en “Warpaint” el único momento susceptible de bailarse alrededor de una hoguera en la playa es la hipnótica y estridente “Disco/Very“: en general, el tempo de este disco baja unas cuantas revoluciones al respecto de su predecesor. Siguen habiendo guitarras y atmósferas (por un tubo, además) pero, en esta ocasión, el paisajismo y la voluntad de provocar un estado de fuga mental predominan por encima del rock enigmático.

Han pasado cuatro años, la adolescencia quedó atrás y Warpaint han tenido tiempo de sobra de meditar hacia dónde querían orientar su sonido. La vía escogida ha sido una más experimental y reposada. Hay quien ha dicho que sus nuevas canciones suenan más a Massive Attack que a Siouxsie & the Banshees (por el indudable protagonismo que han adquirido los sintes con respecto a “The Fool“), pero a mi este u-turn me parece mucho más similar al que hicieron en su día Blonde Redhead con “23” (4AD, 2007): del rock denso a la electrónica evocativa repostando siempre que haya sido necesario para darle una forma lo más consistente posible. “Hi” y “Go In” suenan a parada y fonda en un largo camino de concreción y de búsqueda del equilibrio perfecto entre el rock y algo más narcótico. Antes hemos pasado por “Keep it Healthy” y “Love is to Die“, donde las chicas dejan claro que sus habilidades para moldear melodías envolventes y sonidos más rudos aún siguen intactas, pero que en lugar de temer a la oscuridad que viene detrás, prefieren centrarse en iluminar el camino que tienen delante. Si el gótico era el leit motiv de su primer disco, en esta ocasión la luz que brilla al final del camino es la psicodelia. Y con esa luz es con la que juegan en “Biggy“, “Teese” y más adelante en “Drive“, dando lugar a tres temas que en el cancionero previo del grupo  podrían parecer raros -esos sintes, esos pianos y esos imponentes espacios en blanco entre guitarras- pero que, de alguna manera, encajan a la perfección en este nuevo trayecto y lo enriquecen como sólo puede hacer una buena banda sonora a un periplo por carretera que se antoja demasiado largo.

Los que echen de menos a las “antiguas Warpaint“, se aferrarán a “Feeling Allright” y “CC” como Kate Winslet al trozo de madera en “Titanic“: vuelve la oscuridad, vuelven las pesadillas. Avon y las brujas llaman a tu puerta. Por suerte, antes de que la noche avance más de la cuenta, el oyente encuentra esa “Drive” que comentaba más arriba que se recibe como abrir una ventana en una habitación con el ambiente enrarecido. La última parada es “Son“, una impepinable  balada en la que el pasado y el presente de esta banda se fusiona con tanta facilidad como el hidrógeno con el oxígeno. Llegados a este punto (el final del camino) habrá quien eche de menos la fiereza de las primeras Warpaint, pero el oyente más inteligente entenderá que el segundo disco de las chicas es una bitácora irresistible y de lo más coherente de lo que han supuesto los últimos cuatro años para ellas. Pocas veces tenemos la suerte de escuchar cómo un artista ha crecido todo compactado en doce canciones. Sí, las Warpaint ya no arañan ni te arrancan pelos para clavárselos a un muñeco, ahora te hechizan simplemente susurrándote al oído. A mi, personalmente, estas me gustan más.

 

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