¿Una crónica que se alegra de no haber visto a Björk mucho antes? ¿Por qué? ¿Será que la islandesa está en uno de los mejores momentos de su carrera?

 

Tengo 35 años y he de reconocer lo siguiente: todavía no había visto a Björk en directo. En los días anteriores a su último concierto en Barcelona, que tuvo lugar el pasado viernes 24 de julio en el Poble Espanyol, me di cuenta de que la islandesa era, más que probablemente, mi última frontera musical, mi ballena blanca particular: a lo largo de los años, he conseguido disfrutar (o no) en directo a todos mis grandes ídolos y, los que quedan (David Bowie, Fleetwood Mac…), están lejos de cualquier tipo de posibilidad real.

Aun así, un miedo profundo y vago me envolvía como una bruma indefinible: hace unos meses, veía en directo por vez primera a Morrissey (en su actuación en el Sant Jordi Club) y acababa con el mito y las ilusiones por el suelo, despedazado en mil pedazos. Yo sabía que no venía con el mejor disco bajo el brazo y que su mítica actitud de diva podía convertir su actuación en un infierno. Y aunque esta afirmación no es aplicable a Björk (ya que, para empezar, venía a presentar su mejor disco en mucho tiempo y, aunque cierta actitud de diva hay en su comportamiento, siempre es más justificado y menos caprichoso que el de Mozz), el miedo estaba ahí. Con su runrún incesante. Con su “te aprieto pero no te ahogo”.

O, por lo menos, estaba ahí hasta que Björk salió al escenario con una especie de kimono en dos tonos de azul y con la parte de la cintura entrelazada en una maraña de nudos a conjunto con la máscara de su cara, similar al trenzado de pelo de la portada de “Médulla” (Elektra, 2004) pero en una versión que ocultaba todavía más su rostro. Primer pensamiento: ¿se ha embarcado Björk en una de esas aventuras postmodernas de aniquilación del rostro como forma de borrar los límites estancos del “yo” percibido por los demás? ¿Es una forma de dejar tras la máscara a la diva y poner en primer plano lo que allá importaba, que era la música?

“Vulnicura” es un disco nacido del dolor (ya sabes: del dolor de la ruptura de Björk con Matthew Barney) y, por lo tanto, ese dolor tenía que somatizarse de alguna forma.

Detrás de la artista, el escenario estaba ocupado por una sección de cuerda sobre la que flotaba una batería y el “cuartel general” de Arca lanzando ristras de locura sintética, y eso debería ser suficiente indicativo de que la música sería la gran protagonista de la noche. Ni los visuales (impecables, hipnóticos, repletos de bichos e insectos perturbadores y patrones abstractos) fueron capaces de robarle protagonismo a un setlist que se inauguraba con “Stonemilker“, estableciendo los cimientos sobre los que se erigiría el resto de la actuación: Björk había venido a presentar “Vulnicura” (One Little Indian, 2015), y presentación del “Vulnicura” tendríamos.

Puede que esa sea la principal crítica que podréis leer en boca de otros de la actuación de Björk: que se centró de forma obscena en su último disco, sin dar tregua a los fans. Tras “Stonemilker“, seguirían sonando canciones de “Vulnicura“… El tercer tema fue “Black Lake” y, por mucho que alguien pudiera pensar que la islandesa estaba poniendo toda la carne en el asador cuando las ascuas todavía no estaban funcionando a plena potencia, hay que tener en cuenta que esta aparición prematura tenía una finalidad más que elocuente: presentar al “otro” protagonista de la noche, ese Arca que durante todo el concierto consiguió, en compañía de Björk, ordenar el caos entrópico (aunque igualmente dulce) de su debut en largo, el magnético “Xen” (Mute, 2014). Todo puesto al servicio de las reconocibles coordenadas del universo Björk.

Hasta la séptima canción, la artista no se permitiría salir de “Vulnicura“… Y, de hecho, se salió del disco para seguir dentro de él, ya que las canciones antiguas que caerían a partir de “Close to Me” parecían elegidas con una delicadeza extrema para circunscribirse a la pantonera emocional y a la sonoridad imperante durante toda la velada, marcada a fuego por las constantes vitales de su último trabajo. El único “hit” propiamente dicho sería “Wanderlust” (de “Volta” -Atlantic, 2007-), al que Arca aplicó un subyugante pero sutil maquillaje plenamente fiel a la naturaleza del tema. Ese fue el nivel de un concierto a cuya selección de canciones puede acusársele de no hacer concesiones a los fans, pero ante el que hay que convenir que consiguió transmitir el sufrimiento que habitan las paredes del último trabajo de la islandesa. Hasta un nivel claustrofóbico.

bjork

Antes de eso, en “Not Get” llegaría la primera sorpresa de la noche: mientras las desafiantes ráfagas de ruido digital se punteaban con las cuerdas orientales y con los violines en una tensión (psicológica) muy perturbadora, el petido de fuegos artificiales hacía que a muchos se nos pusiera la piel de gallina al convertir todo el espectáculo en el excorcismo catárquico que sabíamos que iba a ser. “Vulnicura” es un disco nacido del dolor (ya sabes: del dolor de la ruptura de Björk con Matthew Barney) y, por lo tanto, ese dolor tenía que somatizarse de alguna forma. Los fuegos artificiales, que coronaron el escenario en “Not Get” pero que al final del concierto también ocuparon el interior del mismo y que incluso se vieron acompañados con ráfagas de fuego, hacían pensar que la pirotecnia no tiene por qué ser como la de Eurovision. También puede ser classy. También puede ser metáfora del quiebro que ha partido por la mitad a la artista.

Otro elemento que muchos considerarían hortera es el uso del hang como uno de los instrumentos principales del concierto (al que, de hecho, se le dedicarían dos canciones en exclusiva). Aquí cada uno tendrá su opinión, pero como hater habitual de este eterno compañero de los piesnegros más crustis, he de admitir que a mi me convenció. Incluso me sedujo. Sería que ya tenía la piel vuelta del revés y que, a esas alturas, me hubiera empapado de cualquier propuesta de Björk. Sería que, al fin y al cabo, la islandesa había conseguido estrujarle el cuello a mi insidioso miedo, consiguiendo que me alegrara por el hecho de no haberla visto antes en mis 35 años de vida: es probable que Björk no haya estado tan en forma desde los tiempos del “Vespertine” (One Little Indian, 2004), que es cuando se me escapó a mí. Así que, en vez de haber zozobrado en sus propuestas intermedias, me alegra haber esperado hasta “Vulnicura“… Aunque esa espera haya implicado que acabara el concierto con los ojos empapados en lágrimas, con un nudo en la garganta y con un vacío en el pecho de los que no sentía desde cuando me partieron por vez primera el corazón. [FOTOS: Francesc Fàbregas (cortesía de Live Nation)]

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