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Tras “Juventud en Marcha“, el cineasta portugués Pedro Costa retoma la figura de Ventura, el protagonista en aquella obra quintaesencial, pero aquí el personaje adquiere una dimensión aún más profunda, más fantasmagórica y, sin embargo, más real. Ajado, tembloroso, casi mutilado emocionalmente por los recuerdos de la guerra, Ventura va a ponernos frente a la memoria arrinconada de un país. La cinta de Costa es un grito desesperado y poliédrico que reflexiona sobre las huellas del pasado marcadas a hierro candente en el presente. “Cavalo Dinheiro” parece colmar las ambiciones artísticas pero también políticas designadas en su planteamiento, en una especie de ajuste de cuentas personal, en el que la voz del propio Ventura sobre sus recuerdos de la Revolución de los Claveles son plasmados para percutir en una realidad actual llena de sombras y de espíritus. Según palabras de Pedro Costa, se trata de una cinta hecha “con los restos” desde el punto de vista de producción. Pero también reconocemos esa sensación en el remanente artístico, en el poso que nos deja su visionado, por cuanto su devastadora hermosura es aún más palpable desprovista de todo chasis inerte. Ello condiciona además que la obra sea un golpe incómodo y profundo al estado del bienestar moral: “Olvidarán nuestros rostros; ¡ya no cantarás jamás!“, le advierte una estatua humana a modo de soldado fantasmagórico a Ventura en una de las escenas más devastadoras de la cinta. Y es así: “Cavalo Dinheiro” alude directamente a la consciencia y a la entraña. Formalmente, eso sí, la obra se erige en un lienzo que deja sin habla, auténtica alquimia lírica del claroscuro, algo característico en la obra previa de Costa pero que aquí alcanza unas cotas de belleza poco advertidas anteriormente. Convengamos finalmente en que “Cavalo Dinheiro” rezuma tanta poesía, tanta brillantez formal y tanta intensidad sincera que sería injusto no considerarla una de las cintas más importantes del año.

Entroncada de alguna manera con la película de Pedro Costa, en su disección casi entomológica de la (¿ausencia de?) memoria global aplicada a la búsqueda de la identidad familiar y personal, encontramos “Cábala Caníbal“. Digámoslo de entrada para poner las cosas sobre la mesa: “Cábala Caníbal” es una catarata; y este soy yo intentando meterla entera en una cestita de mimbre. Fíjense, hay una extraña y maravillosa virtud en “Cábala Caníbal“, el cuarto largometraje de Daniel V. Villamediana. En realidad hay muchísimas, demasiadas virtudes en esta obra fascinante e inabarcable, pero la primera me parece un micro-argumento clave para enfrentarse a ella: en “Cábala Caníbal” no hay sinopsis, hay hipnosis. Daniel V. Villamediana propone una lección de historia sobre los judíos heterodoxos en la península desde los siglos XIII y XIV casi como excusa narrativa para profundizar en la investigación de su propia persona a través de una genealogía del yo tan arrebatadora como admirable. Formalmente narrada mediante el recurso de la pantalla partida, las imágenes se turnan o se solapan entre un hemisferio y el otro, conversando entre ellas y a su vez entre el espectador y el creador de la obra. Se crea así un diálogo multidisciplinar apasionante, con un acúmulo tal de cine en su acepción más pura y mágica, que resulta sobrecogedor. El verdadero terror llega ahora: me temo que “Cábala Caníbal” puede ser una experiencia frustrante, por cuanto probablemente se necesitaría verla n+1 veces, donde n tiende a infinito, para intentar ser capaz de aprehenderla entera; en esencia, se antoja una entelequia domesticarla intelectualmente. La obra de Villamediana vuela tanto más alto que casi todo lo que he visto en el campo de lo audiovisual que no puedo sino rendirme y dejarme apabullar. “Cábala Caníbal“, lo dije, es una catarata; y este soy yo intentando meterla entera en una cestita de mimbre.

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Con respecto a “Las Altas Presiones“, de Ángel Santos, podríamos establecer un juego de palabras y relacionarla por contraposición a “las bajas pretensiones”. Y es que esto es tan tramposo por mi parte como cierto. Personalmente, podría entroncar “Las Altas Presiones” con “Loreak“, otra enorme cinta mínima, cine de miradas, de silencios, de gestos. Y, gustándome mucho como me gusta la cinta de José Mari Goenaga y Jon Garaño, “Las Altas Presiones” la siento más cercana, demasiado cercana de hecho como para poder enfrentarme a ella desde una casi siempre preferible posición de asepsia. “Las altas presiones” podría resumirse como un coming-of-(second)-age en el que Miguel (Andrés Gertrúdix) ha perdido la juventud por y para siempre y él parece ser el último en darse cuenta (algo tan habitual como dramático). Establecerse vitalmente en ese punto en el que las fiestas se convierten en cualquier fiesta, donde el tiempo se pierde sin que nadie lo gaste; ese punto en el que lo más fácil del mundo es creer enamorarse de chicas demasiado jóvenes (en su DNI o en su mirada); ese punto donde no salen las palabras y cuando salen son algo mejor que ridículas y algo peor que acertadas… Quedarse en ese punto, en fin, es imposible en tanto que intrínsecamente inestable. De ahí que el protagonista lo resuelva mediante una especie de huida hacia delante desde el punto de vista sentimental, intentando encontrar su propio equilibro. Un brillante uso de la elipsis que de alguna forma nos posiciona cercanos a su desubicado protagonista, junto con estimables guiños a una cinematografía clásica (ese plano final tan eficaz) constituyen algunos de los elementos narrativos que Santos utiliza para acercarnos la trama argumental a la piel. Pero quizás ninguno de ellos afecte de forma tan masiva al devenir de la película como la presencia de Itsaso Arana, una aparición mágica en la cinta, una epifanía tan intensa como arrebatadora, de la que echamos en falta un mayor acercamiento a su personaje, un inciso más íntimo en su mirada y en su experiencia subjetiva. En definitiva, estamos ante una cinta que ajusta de forma meridianamente precisa su tono (pequeño, desnudo, sincero) a la acción narrada. Quizás pueda pecar de ser tan específica en el retrato generacional planteado que la audiencia alejada epidemiológicamente de ese supuesto target potencial, por así decirlo, pueda recibirla con frialdad. Sin embargo, en caso de lograr conectar con ella, depara un gozo emocional tan inesperado como arrebatador. Y como de la piel para dentro mando yo, sólo puedo recomendarla con una sonrisa melancólica dibujada en la cara y con el corazón roto en varios pedazos.

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