El principio denominado ‘Navaja de Ockham’ dice que, cuando dos teorías en igualdad de condiciones tienen las mismas consecuencias, la más simple tiene más probabilidades de ser apropiada que la compleja. Si trasladamos esta afirmación al proyecto musical que nos atañe, DIIV (antes conocido como DIVE: la coincidencia con el nombre de una banda belga obligó a sus miembros a rebautizarlo), la conclusión es clara: teniendo en cuenta que está dirigido por Zachary Cole Smith, guitarrista de los neoyorquinos Beach Fossils (flanqueado por Andrew Bailey -segunda guitarra-, Devin Ruben Perez -bajo- y Colby Hewitt -batería-), su sonido será muy próximo al de su grupo principal, por no asegurar que será idéntico. Correcto. Y sabiendo que su primer LP bajo esa marca, Oshin(Captured Tracks, 2012), ha sido editado por su hogar discográfico habitual, Captured Tracks, su esencia estilística se mantendrá anclada en los postulados del indie-pop ochentero con ánimo twee, punteos jangle, atmósfera ensoñadora, costuras after-punk y una fina capa exterior lo-fi. También correcto.

El algodón de DIIV, por tanto, no engaña. Algo que puede provocar que, dadas las evidentes similitudes comentadas, parte de la audiencia más ducha en la materia (aunque no devota del roster y el espíritu del sello de Brooklyn) se acerque a este álbum con reticencias o, directamente, prefiera esperar a que se publique el nuevo trabajo de Beach Fossils (o de Wild Nothing, sus otros ilustres compañeros de piso) a lo largo de lo que queda de año. Pero bajo la chapa de DIIV hay mucho y bueno que rascar, que lo aleja de ser considerado un mero divertimento facsímil de Cole Smith al margen de los fósiles playeros. En los últimos meses, el cuarteto fue ofreciendo pistas sobre el contenido de “Oshin” y las múltiples y óptimas direcciones que tomaría su cuerpo pop sumergido en un cubo de reverb: “Human” reflejaba su cariz evocador adornada por cenefas de electricidad de porcelana; “How Long Have You Known?”, uno de los hightlights del lote, ofrecía en bandeja de plata giros melódicos arrebatadores; “Sometime” se cubría con una translúcida gasa de color ocre; y “Doused” mostraba una cara más siniestra, conectada con los sonidos más apesadumbrados del post-punk primigenio.

Estos cuatro cortes sirven, a la vez, para acotar el contrastado estado de ánimo que transmite el álbum. En principio, Cole Smith no huye de esa extraña felicidad veraniega que combina sentimientos optimistas y melancólicos por igual y que tan bien transmite su banda madre. Así, abre “Oshin” mediante “(Druun)”, un corte instrumental (que vale también como guía para establecer el papel secundario que se le otorgan a las partes vocales durante el minutaje) que se prolonga con el interludio “(Druun Pt.II)” y cuyo acentuado ritmo y arpegios de cristal invitan a imaginarse escuchándolo en plena conducción con las ventanillas bajadas mientras la brisa costera acaricia el cabello. Esa misma sensación de frescura y soleada alegría se conserva en las ágiles “Past Lives”, “Wait” y “Follow”, que, junto a las más reposadas y amables “Air Conditioning” y “Earthboy”, conforman una pequeña banda sonora ideal para musicar el recorrido hacia el punto desde el cual se verá un rojizo atardecer a la orilla del mar.

Sin embargo, como dando a entender que esos momentos de placer y bienestar bajo el cielo despejado se deshacen como arena que se desliza entre los dedos de las manos, DIIV demuestran que se aprendieron al dedillo la lección sobre el significado de la verdadera nostalgia (estudian en la mejor escuela y tienen unos avezados colegas de clase) al encarar el tramo final del álbum incrustando “Oshin (Subsume)”, la mencionada “Doused” y “Home” en medio de las sombras de un mal sueño tras el cual, al abrir los ojos, se da por hecho que todo lo vivido anteriormente pertenece al recuerdo de un romance estival que podría haber sido pero que nunca será. De este modo, “Oshin” no aporta ningún elemento novedoso al género del pop alternativo ochentoso, mullido y sensiblero germinado en la Gran Manzana a comienzos de la presente década, aunque su gran virtud reside en que funciona como un ejemplar remedio para paliar los negativos efectos del lado oscuro (e injusto) del verano.

 

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