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Ni el frío azotando toda la península era excusa suficiente para perderse la actuación de A Veces Ciclón y Apenino en Vigo… Aquí queda nuestra crónica.

 

Si se hubiese atendido al parte meteorológico de la noche del 30 de enero en la zona de Vigo, lo más probable habría sido que el cerebro aconsejara, con una ciclogénesis explosiva amenazando la costa gallega, ponerse a resguardo y disfrutar del calor de hogar. El corazón, en cambio, dictaba que había que salir de la madriguera por un gran motivo: ver y escuchar en directo a A Veces Ciclón (su denominación iba como anillo al dedo a la climatología reinante en la ciudad olívica) y Apenino, dos propuestas que, a veces, no son tan fáciles de observar sobre un escenario, ya sea por razones de logística o debido a la configuración de esa impuesta agenda musical que incluye los mismos nombres una y otra vez. Aunque tampoco había que obviar su condición de referencias que ayudan a acotar las amplias coordenadas estilísticas entre las que se mueven los sonidos alternativos gallegos desde hace varios años. Así, situados en un interesante cruce de caminos en el que los primeros vislumbran el futuro con nuevo álbum en su fase final de construcción y el segundo fundamenta su presente en su notable última obra, Viravolta (Elefant, 2014), su intervención en la sala Playmovil se convertía en una cita obligatoria tanto para fieles seguidores como para curiosos ocasionales.

En un ambiente íntimo de alta temperatura emocional que contrastaba con las bajas presiones del exterior, las texturas eléctricas, parsimoniosas y cristalinas creadas por A Veces Ciclón sumían a la audiencia en una agradable espiral hipnótica que se inscribía en el post-rock y el slowcore sensitivos y con aproximaciones más o menos acentuadas al pop de su homónimo disco de debut, “A Veces Ciclón” (Acuarela, 2013). Pero, realmente, se hacía innecesario definir con exactitud sus vías de expresión cuando Óscar Vilariño punteaba con extrema pulcritud las cuerdas de su guitarra: el cuerpo pedía perderse en sus poco previsibles desarrollos y su contenido tono melancólico para hallar una oportuna calidez que se transformaba en fuego cuando Xavier Muñoz daba profundidad a determinados pasajes con el teclado y Macos Junquera vigorizaba con su batería los tramos más sobrios y firmes. En medio de este vaivén de energía reciclada en delicadeza, la banda galaico-valenciana dejó caer un avance de su próximo trabajo, más meditado y elaborado que el anterior y que supondrá un paso adelante en su trayectoria al incluir ciertos elementos que enriquecerán su sonido característico.

Una situación similar se produjo con respecto al resultado final de “Viravolta”, mini-álbum con el que Marco A. Maril amplió los límites del pop sintético de su alias Apenino aunque sin perder las señas de identidad que lo distinguen desde hace más de una década. Hecho que se trasladó a las tablas después de un arranque atmosférico y ensoñador, ideal para que el respetable se predispusiera a dejarse abrazar por sus algodonadas piezas y para extender una alfombra roja sobre la que Eva al teclado y los coros e Iván a la percusión -ambos miembros de Linda Guilala– ayudaran a impulsar hacia las estrellas (y más acá) el repertorio. Este, basado naturalmente en “Viravolta”, reflejó las diversas caras del actual Apenino: luminosa y briosa en “Mirada Atlántica” (dedicada a Xulia Alonso -escritora que inspiró su composición- y con mensaje combativo contra el desgobierno actual en su introducción), cósmica en “Todo Aquilo”, fiel a la tradición synth-new wave ochentera en “Conversa Ultramarina” y frágil en “Esforzo Infinito”.

El set avanzaba con sinuosidad en función de los adecuados vocales aportados por Eva y, en ciertos momentos, sorprendía cuando el trío se desviaba hacia sonidos propios de latitudes cálidas y lejanas (“Toca el Pito”). Pero, aun teniendo en cuenta su versatilidad en vivo, Apenino puso el broche a su concierto apelando a una materia que conoce y maneja a la perfección: la sensibilidad a flor de piel, que adquirió forma de canción gracias a “Mapa” y, ya en el mini-bis, “El Deseo Tuerce la Flecha” (rescatadas del LP “Bumerán Bumerán” -Jabalina, 2004-), dos magníficos ejemplos del fino y vaporoso pop de Apenino cuyas notas finales se perdieron como lágrimas en la lluvia… [FOTOS: Iria Muíños]

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