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Travis se han ganado a pulso tener un espacio reservado en el corazón de todos los aficionados al pop sensible, emotivo y melancólico. Olvidado su arrebato brit-popero con su debut, Good Feeling (Epic / Independiente, 1997), su segundo trabajo, The Man Who (Epic / Independiente, 1999), los situó como referentes de miles de almas que necesitaban un faro que las iluminara, una cornisa a la que asirse con fuerza para mitigar los zarandeos provocados por el amor pasado, roto y abandonado, el presente a punto de resquebrajarse y el futuro que jamás se materializa o tarda demasiado en hacerlo. En aquella época, las mentes frías y calculadoras sólo se referían a los escoceses como los miembros de un incipiente pero nutrido grupo de nuevos valores que apelaban al lado meloso del pop bajo la etiqueta new acoustic movement. Las personalidades más tiernas, en cambio, los colocaban en el centro de sus vidas como indiscutibles autores de bandas sonoras de pensamientos perennes y momentos fugaces.

A partir de ahí, los inseparables -aunque con sus lógicas disensiones, propiciadas por el paso del tiempo y otros avatares vitales- Fran Healy, Dougie Payne, Andy Dunlop y Neil Primrose aumentaron su leyenda de amansa-espíritus infalibles a medida que fueron entregando sus sucesivos discos, a pesar de que no lograban superar y ni siquiera igualar el aura mítica de “The Man Who”. Pero poco importó que The Invisible Band (Sony Music, 2001) acabase siendo una copia inferior de su antecesor; que “12 Memories” (Epic, 2003) se considerase su peor trabajo dentro de su amplia discografía; que el dignísimo The Boy With No Name (Sony Music, 2007) se quedase a medio camino en la recuperación definitiva de los escoceses; o que Ode To J. Smith (Red Telephone Box / Universal, 2008) confirmase sus idas y venidas creativas. Siempre había una canción que podía abrir el cielo más encapotado, encender el sol más apagado, alumbrar la noche más oscura o cambiar la vida por un día.

Así, conocer la noticia de la salida de cada álbum de Travis suponía alegrar el gesto, ya que presagiaba que todo aquel apesadumbrado que lo precisara encontraría en ellos una respuesta positiva a sus lamentos, independientemente del paréntesis temporal transcurrido. En este sentido, el séptimo LP de Healy y familia, Where You Stand (Red Telephone Box, 2013), ha llegado precedido de cinco años de silencio -relativo, porque el mismo Healy editó su ópera prima en solitario (Wreckorder -Rykodisc, 2010-) y se unió a su compañero Dunlop en un disco en directo-, el más largo de su dilatada carrera. Una circunstancia que, más que preguntarse por el retorno del cuarteto, conducía a repasar su obra completa por obligación emocional o simple apetencia musical. Si, en este momento, Travis hubiesen decidido no componer nuevo material o, sencillamente, posponer su difusión, no habría pasado nada: poseen un corpus discográfico tan rico que es fácil volver a él una y otra vez sin desgastarlo.

Entonces, ¿era necesario que Travis regresasen con “Where You Stand”? Por supuesto. Aunque no lo parezca -sobre todo tal y como discurre nuestra actualidad-, un hecho como su vuelta ayuda a ver la realidad desde una óptica más optimista. Esta siempre ha sido una de las grandes bazas de los escoceses, pese al tono nostálgico de sus piezas más reconocidas; aunque desde “The Boy With No Name” ese cariz se multiplicó haciendo que su sonido apareciese más eléctrico y compacto pero con un núcleo melódico y lírico blando y dulce. De ahí que los adelantos de este álbum, “Where You Stand” y “Moving”, se recibiesen con tanto agrado al conservar frescas esas hechuras a través de la honesta voz de Healy, las suaves guitarras, los melifluos pianos y unos versos sencillos y empáticos. Idéntico esquema siguen “Warning Sign” y “Reminder” -cuyos efusivos coros e introducción, respectivamente, pueden recordar a ciertas canciones de moda escuchadas hoy y hace unas temporadas…-, “A Different Room” -de poso melodramático más acentuado- y “On My Wall” -un cruce destilado entre sus compatriotas Teenage Fanclub y The Byrds-.

La gran cuestión en torno al repertorio de “Where You Stand” -y, por ende, de los recientes LPs de Travis-, se centra en la posible reiteración de su clásica y tradicional fórmula pop: no resulta nada original pero, en este caso, continúa funcionando a las mil maravillas, ya sea bajando la mirada para sumergirse en pasajes baladísticos de estribillo pegadizo (“Boxes”) o subiendo el tempo más de lo acostumbrado (“Mother”) para centrifugar la aflicción de sus letras. Esta manera de aplicar con tesón y habilidad un arte bien aprendido y asimilado demuestra que, ni con este álbum ni con los siguientes -si los hubiera-, los escoceses pretenden revolucionar las estructuras del pop ni remodelar su propio modus operandi. Algo que sus fieles seguidores tampoco desean: basta con que no se salgan de su habitual camino para permanecer en ese espacio reservado en el corazón de todos los aficionados al pop sensible, emotivo y melancólico. En su interior, varias de las piezas que integran “Where You Stand” ya han empezado a construir un pedazo de historia de vida para sus oyentes del mismo modo que lo han hecho muchas de sus predecesoras a lo largo de los últimos tres lustros.

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