Fuimos muchos los que no nos sorprendimos cuando, en diciembre de 2008, se dio a conocer el nombre del director que se encargaría de llevar a la gran pantalla las aventuras de Thor, el Dios del Trueno, uno de los superhéroes más complejos de la casa Marvel. Kenneth Branagh ya había demostrado con creces en la infravalorada versión del clásico de Mary Shelley, “Franskenstein“, una gran habilidad para el sentido del espectáculo que poco tenía que envidiar a la de cineastas más curtidos en este tipo de producciones. Echando un rápido vistazo a la filmografía de Branagh, es fácil intuir cuáles fueron las razones que le llevaron a aceptar un trabajo de encargo como este, aún a sabiendas de que su labor se vería totalmente condicionada y dominada bajo la atenta mirada de los todopoderosos estudios Marvel. La razón más obvia y evidente es que a este director ya hace demasiado tiempo que le urge una reconciliación inmediata tanto con la crítica como con el gran público: si bien es cierto que nunca ha sido un cineasta que se caracterice por congregar a grandes masas de espectadores, siempre ha contado con el beneplácito de la crítica y con un gran número de fieles seguidores que han ido menguando con cada uno de los trabajos posteriores a su excelente y megalómana versión del clásico de William Shakespeare, “Hamlet” (película que por cierto, le reportó un éxito considerable.)

La segunda razón por la cual Branagh se pudo decantar por este proyecto la encontramos en los orígenes de Thor, que cuenta con un pasado mucho más turbio, dramático y complejo que el resto de los superheroes ideados por Jack Kirby y Stan Lee para la factoria Marvel. Los orígenes del Dios del Trueno nos hablan de hijos desterrados, conspiraciones, traiciones familiares, parricidio, venganza y redención… Temas que, por varios motivos, siempre han estado presentes en la filmografía de Kenneth Branagh. La historia de “Thor” nos traslada al imaginario reino de Asgard justo en el momento en el que el rey Odin, interpretado por un impecable Anthony Hopkins, está apunto de coronar a su hijo, Thor (Chirs Hemsworth) para que este le suceda en el trono. La ceremonia se verá interrumpida por los hombres de hielo del reino de Jotunheim, eternos enemigos del pueblo de Asgard, que irrumpen en el palacio para robar el cofre de los siete inviernos, que antaño les pertenecía. Tal acto enfurece a Thor y, en un arrebato de arrogancia, traza un plan de venganza a espaldas de su padre para saldar cuentas con los hombres de Jotunheim. El rey Odin, al enterarse de la desobediencia de su hijo, le destierra del reino de Asgard al planeta Tierra, arrebatándole todos los poderes y relegándole a vivir como un vulgar ser humano para que así, este aprenda una lección de humildad.

Es fácil reconocer a lo largo de todo el film las partes con las que Kenneth Branagh se siente más a gusto rodando, como todo el inicio de la película en el que se nos presenta el reino de Asgard y se ponen sobre la mesa los conflictos personales de ecos shakesperianos entre Odin, Thor y el hermano de este, Loki (Tom Hiddleston). La cámara de Branagh explora todos los escenarios que recrean la majestuosa belleza barroca del palacio de Asgard, recreándose en cada uno de sus detalles, y componiendo imágenes de una gran fuerza visual. Es en todo este arranque del film donde Thor se diferencia del resto de producciones similares, ya que su director permite que el espectador conozca a los personajes y se familiarice con sus conflictos: para Branagh, no hay necesidad de urgencia en el prólogo de su película. Destaca en este tramo, además, cómo el director se toma la molestia de hacer travellings o de aguantar los primeros planos de los rostros de los protagonistas con tal de captar sus emociones y dejar que estas nos sean transmitidas (recursos que cada vez son mas difíciles de encontrar en este tipo de producciones). En todo el inicio de “Thor” encontramos un extraordinario dominio del tempo y un perfecto equilibrio entre las partes dramáticas y las más espectaculares, en las que hay que destacar la llegada de Thor a Jotunheim y su posterior batalla en el planeta helado, que recuerda vagamente a la entrada de la Comunidad del Anillo en el interior de las minas de Moria. Otra de las mayores virtudes de la película es, sin duda, la elección de su protagonista Chirs Hemsworth, que demuestra que, además de ser el tío bueno de la función, sabe actuar: su interpretación de Thor resulta creíble en todo momento y, a pesar de su socarronería y arrogancia constantes, termina cayendo en gracia (destaca el momento en el que el protagonista recibe la visita de su hermano en Nuevo México y cómo este acepta una dolorosa noticia acerca de su padre).

Aunque, desgraciadamente, no todo está al nivel del primer acto del film: con la llegada de Thor a la tierra, el guión deja de funcionar. No hay una progresión coherente en la historia que se nos está explicando, y los personajes con los que el protagonista establece contacto carecen del más mínimo interés. Muy a su pesar, los múltiples guionistas acreditados (nada menos que seis) fracasan estrepitosamente al intentar construir una relación de amor imposible entre el protagonista y Jane Foster (Natalie Portman). Entre ambos actores no se establece química alguna, viéndose forzados a recitar diálogos que harían sonrojar al fan más acérrimo de los Teletubbies. Tampoco ayuda la aportación de un Stellan Skarsgård con cara no saber dónde se ha metido, a la espera de cobrar un suculento cheque para salir corriendo del set de rodaje. Hay que mencionar aquí también la partitura compuesta por el gran Patrick Doyle, que ha colaborado con Branagh en cada una de sus películas y que en esta ocasión se aleja del sinfonismo habitual que le caracteriza para ofrecer un trabajo de sonoridades decididamente zimmerianas: este es uno de sus trabajos más funcionales que, sin resultar molesto, tampoco se hace destacar en ningún momento de la cinta.

Seguimos sumando: la película cuenta en su tercer acto con dos clímax finales incapaces de alcanzar la cota de emoción que Branagh transmite en el inicio del film, haciendo que estos resulten totalmente insuficientes para una producción de estas características. Todo esto y varias situaciones imposibles, como la escapada de Thor de una base militar mientras se le hace pasar por un supuesto científico o la ridícula reconciliación final entre el agente de la SHIELD y Jane Foster, nos hacen pensar que, más allá de todo lo planteado en el prólogo, a Branagh no le interesa para nada lo que nos está contando y termina ofreciendo una película correcta en su conjunto, pero sin riesgo alguno, en la que se puede apreciar con mayor fuerza la huella de un gran estudio que la del mismo director. En resumidas cuentas, “Thor“, a pesar de contar con un arrollador inicio, parece destinada a ser devorada, digerida y olvidada totalmente como si de un fast-food se tratara.

[Àlex Aviñó d’Acosta]

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