Pongámonos un pelín nostálgicos… ¡Ay! Dónde se quedó aquella palabra de cuatro letras que empezaba por a, acababa en erre y tenía una eme y una o en medio, y que relucía brillante en cada corte de “Album” (Moshi Moshi / Nuevos Medios, 2010), el estupendo debut de The Drums… No hace tanto de ello: transcurrieron poco más de doce meses. Pero se echa de menos volver a sentir ese golpeteo vivaz en el corazón (lo de mariposeo en el estómago es una gilipollez tremenda) cuando se está escuchando un disco que atrapa de principio a fin y que, dicho sea de paso, cumple con todas las expectativas generadas previamente. Esa relación perfecta con la ópera prima de los de Brooklyn duró lo que duró, ya pasó y, como los dulces e ideales romances de verano, no volverá (al contrario que los sucios e indeseables, que siguen tocando las pelotas el resto del año). Así funciona la cruda realidad, en la que enseguida uno se cae del guindo. Que conste que estos bocados de aflicción no son gratuitos: siempre hay una buena razón para meter los pies en el fango emocional y embadurnarse hasta el cogote. En el caso que nos ocupa, The Drums y su rubia cabeza visible, Jonathan Pierce, parecen que entraron de lleno en esa oscura y confusa fase entre nihilista y masoquista en el momento en que empezaron a diseñar las líneas maestras de su segundo trabajo, “Portamento” (Moshi Moshi / Music as Usual, 2011).

Un par de razones de peso explicarían ese descenso a su particular averno… Para empezar, el grupo tuvo que enfrentarse a la dura tarea de quitarse de encima los caprichos obsesivos de esa mosca cojonera cuya denominación empieza por hache, acaba en e y en medio tiene una i griega y una pe (hype, claro está), que los encumbró por ser los hipsters perfectos gracias a su manera de vestir y de sentir la filosofía urbana y no tanto por ser unos músicos competentes con un gran disco bajo el brazo. Y, posteriormente, la banda se vio obligada a capear las negativas consecuencias de esa misma fama veloz y efímera, que empujó a su guitarrista Adam Kessler a bajarse del barco por no haber aguantado la presión y el consecuente deterioro de su relación con el propio Pierce. Este último debió de reflexionar de lo lindo sobre el asunto, y es posible que, desde el primer segundo, ya vislumbrase con total seguridad que a él y a sus compañeros les iba a resultar imposible igualar la euforia que transmitía “Album”, del mismo modo que se es consciente de la pérdida de la magia cuando una relación sentimental va avanzando hacia no se sabe dónde…

El amor, el motor que todo lo mueve. Naturalmente, sigue siendo el eje central de “Portamento”, aunque el proceso de evolución argumental (de unos textos chispeantes y juveniles a unos prudentes y maduros) en el que se sumergieron The Drums permitió que Pierce encontrara un resquicio para introducir otro punto de su biografía de ingrato recuerdo para él: el dominio del cristianismo radical en su familia ultra-conservadora, lo que provocó que huyese y renegase de ella. ¿Les suena de algo la historia? Exacto, a la de Girls y Christopher Owens. Ya avisábamos cuando hablábamos de su nuevo disco, “Father, Son, Holy Ghost” (True Panther Sounds, 2011), que existían entre ellos y The Drums varios nexos de unión a lo largo de sus trayectorias, y el latente factor religioso puede que sea el más llamativo. Con respecto a “Portamento”, sólo hay que echar un ojo a su simbólica portada y un oído a la inicial “Book Of Revelation” (en la que Pierce divaga sobre la existencia del cielo y el infierno) y a “Searching For Heaven”. A la vez, estas dos piezas sirven para ilustrar, a nivel formal, el supuesto cambio en los planteamientos sonoros de los brooklynitas: la primera mantiene el nervioso pulso pop que caracteriza buena parte de sus composiciones, mientras que la segunda refleja que cuando amenazaban con inyectar líquido electrónico a su nuevo trabajo, iban en serio.

Sin embargo, esta advertencia, finalmente, no llegó a tanto, ya que el elemento digital se circunscribe a determinados arreglos y al más conocido uso de los teclados. Con lo cual, en “Portamento” acaba sucediendo lo mismo que en “Album”: las canciones se mueven veloces (con punteos de guitarra milimétricos y acelerados, bajos secos adecuadamente acompasados y golpes de batería espartanos pero efectivos) y crean cierta adicción, a pesar de que su discurso ya no es tan luminoso ni ingenuo. ¿Alguien se imaginaba a The Drums hace un año construyendo un estribillo tan brutal y gris como la vida misma? Pues en este LP hay uno que duele por su sencilla sinceridad, el de la ya machacada “Money”: “Te quiero comprar algo, pero no tengo suficiente dinero”. Más directo, imposible. Si se quiere estirar su significado, un signo de la época actual. Vale, recurramos al topicazo: el dinero no da la felicidad… pero ayuda bastante (no es lo mismo cenar románticamente a la luz de las velas por voluntad propia que por no haber podido pagar el recibo de la electricidad…) No, el amor no se maneja bien en los momentos complicados. Este sentimiento de resignación o derrotismo (si se prefiere) invade también “Hard To Love” o “I Don’t Know How To Love”, nuevos ejemplos de la desazón que irradia la voz de un Pierce que semeja haber perdido la inocencia y la despreocupación a la hora de marear la perdiz amorosa.

Un aspecto interesante de “Portamento” es que, aun adquiriendo mayor profundidad y calado expresivo que su antecesor, no se detiene en los tramos baladísticos de desarrollo aletargado y melancólico (como sucedía en “Down By The Water”) que tan bien mezclaban con los intervalos apresurados. Da la sensación de que sus autores pretenden ocultar la sobriedad de sus letras bajo una forzada felicidad artificial derivada del rápido latido de su tempo; lo malo es que esa fórmula se repite una y otra vez (“Days”, “What You Were” -la más smithsoniana del lote y que recurre a un sugerente uso del saxo- o “Please Don’t Leave” e “If He Likes It Let Him Do It” -obligatorios homenajes a The Cure y a todo el post-punk sombrío de los 80-), dotando al conjunto de una peligrosa monotonía. Sólo a medida que se acerca la conclusión asoman pequeños ánimos de alterar esa uniformidad (externa e interna) con “I Need A Doctor” e “In The Cold”. No obstante, ninguna de las dos evita que se recupere la cuestión central de todo este embrollo, el amor, al alcanzar la agridulce “How It Ended”, con la que se confirma que se acabaron la carreras nocturnas por la playa, los extraños bailes de alegría y las promesas a viva voz de que “lo nuestro va a ser para siempre”. O lo que es lo mismo: todo aquello que se desvanece cuando se terminan los dulces e ideales romances de verano… primavera, otoño e invierno. Qué duro es amar en tiempos de crisis.

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