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Todo el mundo repitió hasta la saciedad la palabra “adorable” cuando, en el año 2011, la pareja formada por Patrick Riley y Alaina Moore decidieron lanzar su primer álbum, “Cape Dory” (Fat Possum, 2011). Su debut contaba con las canciones que los dos habían compuesto a bordo de un velero durante un viaje que, durante meses, les llevó a recorrer gran parte de la costa estadounidense. Una historia que provocaba que a todos nos salieran corazones en los ojos cual emoticono y nos subiera el azúcar hasta acabar diabéticos perdidos. Aquellas canciones estaban llenas de dulzura y amor, de inocencia y de verano.

Luego llegaron el álbum “Young and Old” (Fat Possum, 2012) y el EP “Small Sound” (Communion Records, 2103), con los que siguieron adentrándose en ese sonido tan sixties de la pareja de Denver, aunque añadiéndoles algo de rock’n’roll. Ahora llega su tercer largo, “Ritual in Repeat” (Communion Records, 2014), en el que asoman canciones con ecos de los 80 y de la música disco, pero en el que también hay cabida para canciones con aires de los 50 o 60, para no dejar de lado sus raíces. Este último LP ha contado con la producción de Patrick Carney de The Black Keys (quién ya colaboró con ellos en “Young and Old“), Jim Eno de Spoon y Richard Swift de The Shins, con lo cuál el eclecticismo está asegurado.

Never Work For Free“, que ha sido el primer single de adelanto del álbum, es un tema pegadizo, que a mí personalmente me recuerda un poco a Madonna en sus mejores tiempos. “I’m Callin‘” es otro corte del disco que recuerda a los 80, y en esta ocasión a mí me recuerda a Michael Jackson. Puede que la que escribe tenga el oído atrofiado porque no he escuchado ni visto semejantes comparaciones en otro sitio, pero juzgad por vosotros mismos y luego me contáis. En definitiva, Tennis han decidido hacer un guiño a la época más hortera hasta la fecha, acercándose al ritmo de los hits de la etapa en la que las hombreras reinaban en todas las chaquetas.

Sin embargo, en “Bad Girls” vuelven al candor de los viejos días, recuperando el sonido vintage que tan encantadores les han hecho. Al igual que pasa con “Timothy“, una canción sobre desamor en la que Alaina pide que le digan algo dulce; o con “This Isn’t My Song“, una balada en la que reclama la atención de su amado. Un disco en el que la voz de Alaina brilla como viene siendo habitual y en el que no existen los complejos a la hora de mezclar canciones de distintos estilos. Y, sí, siguen siendo adorables… Aunque ya no nos salgan tantos corazones de los ojos.

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