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Stephen Malkmus es aquel que cantaba en “Range Life” eso de que no entendía a los Smashing Pumpkins y que, claramente, no podía “give a fuck”. Era 1994 y Billy Corgan, El Ego, se encontraba en la cresta de la ola y no se tomó ese verso demasiado bien, iniciando una disputa personal con el autor de este que se extiende hasta nuestros días. Quizá lo que a Corgan le molestara era su incapacidad para escribir canciones con letras de esa finura poética y excentricidad erudita que sacaba como churros el líder de Pavement, el cual sigue probablemente descojonándose en el sofá de su casa mientras el calvo de Chicago tuitea su odio contra él. Y si es difícil imaginarse dos personalidades más dispares en el mundo del rock, sus respectivas bandas son también agua y aceite. Más allá de diferencias estilísticas, en los noventeros años pre-“OK Computer” (Capitol, 1997), Pavement ejercían de contrapunto a esos grupos norteamericanos de grunge, alt-rock y nu-metal por un solo y definitorio motto vital: la imposibilidad de tomarse en serio a sí mismos.

Aunque al batería de la nueva formación de Malkmus no le interesa más hacer el pino en el escenario y tirar comida al público que mantener el ritmo y compás (Gary Young fue expulsado de Pavement porque, incluso para ellos, sus locuras llegaban demasiado lejos), The Jicks conservan ese espíritu desenfadado. La reseña de un reciente concierto en Londres describía cómo Malkmus se olvidaba de las letras y mantenía simpáticos diálogos con los asistentes. Es ese mismo espíritu que enmascara la gran bondad de ambas bandas: un virtuosismo musical y unas composiciones exquisitas de aparente pero engañosa sencillez. Aventurarse en cada canción del californiano, sea con Pavement o al frente de los Jicks, es como desplegar una pieza de origami, descubriendo secretos entre sus dobleces, encontrando pequeños tesoros bajo los bordes. ¿Qué ha cambiado? Pues que Malkmus, hace veinte años el personaje más indie del planeta, ahora es un señor de mediana edad, entrañable como el padre que lleva a su hija adolescente a un concierto de Katy Perry y acaba bailando más que ella, pero no precisamente epítome de lo cool, y cuya música no interesaría a casi nadie hoy día si no se tratara de quién es y, en especial, porque ninguno de sus trabajos logra bajar del notable. Wig Out At Jagbags (Matador, 2014) no es una excepción.

A Stephen Malkmus le importa un pepino que tachen su música de “Dad-Rock” o que sus conciertos no sean avasallados por hordas de hipsters comparando outfits. Su música a veces coquetea peligrosamente con el rock progresivo, el soft jazz y el country para adultos. Así es difícil ganarse nuevos fans. Pero es refrescante porque hacen lo que les da la gana, lo hacen muy bien y técnicamente son brillantes. Las melodías son, como siempre, deliciosos laberintos por los que perderse sin miedo a quedarse atrapados en ellos ni encontrar peligrosos minotauros. La experiencia es afable y, en cierta medida, inocua. Stephen Malkmus & The Jicks no te van a cambiar la vida, no te van a hacer llorar ni gritar de éxtasis. No te van a dejar con el culo torcido mediante modernos trucos de post-producción. No son originales. La nostalgia impregna cada nota. En su primer single, “Lariat”, el estribillo habla de los 80 y dice “We grew up listening to the music from the best decade ever”, un guiño al pasado que se mantiene durante todo el álbum. Lejos de grandes pretensiones innovadoras, Malkmus y su banda no esconden su intención de hacer rock clásico de toda la vida. Porque es lo que les gusta, y punto.

En comparación con su último trabajo, Minor Traffic (Matador, 2011), producido por Beck y que contenía alguna sorpresa como coros de iglesia y coletazos (casi) punk, “Wing Out At Jagbags” es algo más plano y light, sobre todo en cuanto a sonido, que no tanto en la inventiva de las composiciones, siempre imaginativas y de una precisión y lucidez radiantes. Se salen del tiesto el punzante “Shibboleth”, el tema que llevan intentando producir sin éxito los Pixies desde su retorno, y los dos cortes más largos: “J Smoov” es una preciosa balada cuyos últimos dos minutos forman el clímax central del disco, y más tarde “Surreal Teenagers” lo cierra con pura psicodelia setentera. Llega el final y tu vida sigue igual. Los coches siguen su curso por la carretera. El sol se pone y la luna sale. Nada especial. Pero acabas de escuchar un buen disco de rock. A Stephen Malkimus & the Jicks les gustaría que disfrutaras de su escucha tanto como ellos disfrutaron haciéndolo. No piden mucho más. Si les das una oportunidad, es probable que lo hagas, el talento está ahí, inagotable tras tantos años, y Malkmus demuestra seguir siendo un tierno personaje que cae bien a todo el mundo… Menos a Billy Corgan, claro. A Billy le cae fatal.

 

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