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2011 fue el año en que el pop-rock guitarrero alternativo, interpretado bajo los paradigmas clásicos, recuperó buena parte del crédito perdido por la vigencia de diversas etiquetas estilísticas encabezadas por prefijos del tipo post-, neo- o glo- para crear neologismos que se enmarañaban entre sí en busca de la esencia de la modernidad musical. Ante la artificialidad de algunas de esas nuevas (pseudo)categorías, y gracias a jóvenes bandas como Yuck, Telekinesis! o Cloud Nothings, la seis cuerdas eléctricas rasgadas con sentido, sensibilidad y firmeza volvían a tener el esplendor que entre los 70 y los 90 habían adquirido al ser la base fundamental de géneros como el glam, el power-pop, el indie-pop ochentero, el noise, el shoegaze, el indie-rock noventero y el brit-pop. Introducidos en ese proceso de regeneración casi de tapadillo, Smith Westerns también aportaron su grano de arena a la causa. Aunque, a juzgar por su disco de debut, el homónimo Smith Westerns (Fat Possum, 2009), no parecía que el grupo compuesto por Cullen y Cameron Omori, Max Kakacek y Julien Ehrlich pudiese entrar en esa batalla: su modus operandi discurría según los pasos destartalados del lo-fi de sótano, ejecutado con alma amateur pero con el suficiente potencial (sobre todo melódico) para explotar a posteriori.

Eso justamente fue lo que sucedió en el mentado 2011, cuando el cuarteto de Chicago publicó su segundo álbum, Dye It Blonde (Fat Possum, 2011), confirmación absoluta de su talento tras dejar atrás la baja fidelidad recalcitrante, aclarar su paleta sonora hasta límites insospechados y abrir su campo de referencias hacia el pop sixties, el glam, el espíritu de The Smiths, la vitalista energía de Yo La Tengo y el brit-pop tanto de la vertiente típicamente inglesa (Oasis) como de la escocesa (Teenage Fanclub). Era, en resumidas cuentas, un LP excitante cuyo contenido  se aprovechaba y disfrutaba al completo.

Así que lo más sencillo para Smith Westerns hubiera sido repetir el planteamiento de “Dye It Blonde” al dedillo, continuar el camino allí donde terminaba la última de sus canciones y prolongar su exitosa fórmula. Los hermanos Omori y compañía, sin embargo, decidieron limar todavía más el envoltorio de su ya de por sí perfectamente acabado repertorio para dar forma a Soft Will (Mom + Pop, 2013), restándole unos gramos de electricidad, suavizándolo y haciendo paradas en estaciones antes desconocidas para el cuarteto: el soft rock que las radios FM norteamericanas difundían entre finales de los 70 y durante los 80 (como en su día hicieron Destroyer o Bon Iver) y el pop-rock perezoso -tomado el adjetivo en positivo-, transparente y cálido (como el que Kurt Vile ha desplegado en su reciente Wakin On A Pretty Daze -Matador, 2013-, aunque sin su refulgente virtuosismo).

La forma en la que Cullen Omori modula su voz, las sendas aterciopeladas que toman las guitarras, la nitidez de la batería, los coros y arreglos almibarados y las estructuras algodonadas de “3am Spiritual”, “Idol” y “Glossed” -sin perder en ningún momento la puntería en los estribillos- ofrecen una panorámica fiel de los aspectos definitorios de “Soft Will” y de los renovados Smith Westerns, los cuales, para rizar el rizo, incluso se atreven a intercalar un instrumental (“XXII”) que bien podrían haber firmado The Korgis o 10cc y que resuelven con gran eficacia. Por un lado, los de Chicago  rebajan el nervio y el brío (excepto en “Fool Proof” y en el infeccioso single “Varsity”) que antaño los caracterizaban; pero, por otro, muestran su enorme habilidad para facturar composiciones sugerentes, magnéticas y de efectos placenteros inmediatos. Ahí están para corroborarlo “White Oath” y sus melosos acordes -solo incluido- que se deshacen una vez llegan al oído; “Only Natural” –con Cullen casi imitando a James Mercer de The Shins– y “Best Friend” con su clasicismo atrapa-corazones; y “Cheer Up” y su tono baladístico a lo Everly Brothers o los últimos The Beach Boys.

Esta amalgama de tradicionales influencias pasadas por un tamiz contemporáneo hace que Smith Westerns se alejen de aquel grupo que insufló vitalidad al pop-rock de guitarras al virar unos cuantos grados el rumbo que habían empezado a marcar dos temporadas atrás, no sin cierta sorpresa. “Soft Will” es el reverso de la moneda que los de Chicago lanzaron al aire en su LP de estreno, pero su capacidad camaleónica para adaptarse a su revivalista sonido les ha permitido salvar el envite con muy buena nota y constatar, una vez más, que no hay nada mejor que desprenderse de los prejuicios (musicales) para seguir avanzando.

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