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Mira, que no. Que hasta aquí, que ya está bien. Que a otro perro con ese hueso. Y es que habrá que ir respondiendo a esto: ¿hay cabida en la escena para toda esta recuperación de cierta inspiración mainstream tardo-ochentera y no saturarla? Que no, que hasta aquí. Y cuán irónico resulta que precisamente sea yo, el más férreo defensor de esa corriente en esta redacción, el que vaya a cargarse el disco de su adorada Sky Ferreira.

Bueno, cargarse, cargarse… Digamos que en “Night Time, My Time” (Capitol, 2013) no quedan apenas siquiera trazas de aquel apreciable “Ghost EP” (Capitol, 2012). Ni el lirismo country insospechado de “Sad Dream” ni la genialidad adictiva y silky de “Everything Is Embarrasing”. Claro, ni Cass McCombs, ni Jon Brion ni el übermensch Devonté Hynes hacen acto de presencia en el debut largo de Sky Ferreira. Aquí todo queda en manos de Justin Raisen (Charli XCX, Little Boots: imaginen) y el por otra parte casi siempre destacadísimo Ariel Rechtshaid, pero donde en otras ocasiones el productor angelino ha logrado erigir un arquitectura sonora tan seductora como llena de matices, aquí la cosa suena a boutade y a empacho maximalista.

Vale que la apertura con “Boys” gana con las escuchas y puede acabar funcionando gracias al olfato melódico del que hace gala su autora; Transvision Vamp para la peña nos parece fetén. Y vale también que ese avance con “You’re Not The One” de entrada sonó muy de rechupete, bien de caramelo pop, bien de gozo hedonista desacomplejado. Unas escuchas más allá quizás la ubica como el mejor segundo single posible de un álbum como “Prism” (Capitol, 2013). No se lleven a engaño: por mucho que aparentemente las aspiraciones de Ferreira y una Katy Perry cualquiera no tengan nada que ver, en el resultado final no están tan lejos una de otra. De hecho, voy más allá: da la impresión que “Night Time, My Time” suena como tendría que haber sonado “Prism”, que por su parte suena como no debería sonar nada (salvo ese “Roar” que nos gusta a todos y ese “Dark Horse” que sólo me gusta a mi). En todo caso, convendrán conmigo que eso no es lo que esperábamos de nuestra rubia platino favorita.

Por ejemplo, “Nobody Asked Me (If I Was OK)” es una nadería que hiede de lejos al Butch Vig más tuercebotas, casi como unos Garbage que hubieran pensado que sería gracioso volver para dar el coñazo un poco más. Su estribillo, de una profundidad insolente y magnética (“nobody asked me If I was OK / No, no, no, no, no, no no!”) parece establecer un diálogo entre la cantante y su productor o, incluso más allá, ponerse en la piel del oyente y avanzarse a sus sensaciones con esa clarividente línea. Peor se pone la cosa incluso cuando Ferreira cae en tics roquerazos, como en el acelerado electro-rock cacharrero de “Ain’t Your Right” o en la algo más apreciable “I Will”, con su guitarreo comercialoide a lo Foo Fighters.

Aplausos y lágrimas, eso sí, para la brillante “24 hours”. Una revisión más o menos actualizada de lo que podría ser la banda sonora para un baile de última escena entre Molly Ringwald y Anthony Michael Hall (o Mark-Paul Gosselar y Tiffani Amber Thiessen… ¡si es que hasta empieza con el sonido de un despertador o timbre de escuela, como la sintonía de “Saved By The Bell!). Apreciamos igualmente “I Blame Myself” y “Heavy Metal Heart”, esta con bien de murazo de sonido a costa de un Rechtshaid, digamos, poco sutil, que apuesta por recursos a lo Sleigh Bells. Las tres anomalías en el álbum son dos de cal y una de arena. Bien por un lado la industriosa y atmosférica “Night Time, My Time” y esa “Kristine” juguetona con su crescendo y su artificio; por el otro, la plúmbea “Omanko” (gestada, según declaraciones de su propia autora, a partir de una conversación con Raisen en la que sugirieron “hey, hagamos algo tipo Suicide para divertirnos”) se pone farruca con una suerte de kraut-pop bastante indigesto.

Si esto realmente es lo que la divina Sky Ferreira quería entregar para dar continuación a su “Ghost EP”, pues ole su coño toledano. Quizás la muchacha andaba persiguiendo, en un retruécano hipster total, firmar la obra definitiva que homenajea el poso de las cubetas de discos de oferta en grandes almacenes. Visto así, pues vale. Eso sí: irónico, tal vez; icónico, para nada. Quien esto firma señaló en su día, y aún hoy volvería a hacerlo, a “Everything Is Embarrasing” como la mejor canción del año pasado. Estoy libre de toda sospecha hater con respecto a Sky, pero a mi este “Night Time, My Time” en general me deja frío, me aburre, a ratos hasta me avergüenza, y cuatro temas destacables no pueden, de ninguna manera, justify my love.

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