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Charlotte (Scarlett Johansson), mostrando toda su resplandeciente y pálida belleza, se mira en el espejo mientras se pinta los labios y se atusa el pelo. Pero, en apariencia, lo hace sin un motivo concreto, porque enseguida se tumba en la cama al no tener nada mejor que hacer. Su único entretenimiento consiste en decorar la habitación del hotel en el que se aloja, una especie de burbuja formada por cuatro paredes y varios muebles asépticos que multiplica el aislamiento que le provoca su (obligada) estancia en Tokyo, una ciudad bulliciosa por fuera pero solitaria por dentro. De fondo suena con extrema calma y sutileza “Fantino”, pieza de Sébastien Tellier. Así discurre una de las secuencias más sencillas de “Lost In Translation” (2003), aunque tan melancólica como el ambiente que embarga de principio a fin el film de Sofia Coppola, cuya banda sonora permitió que el nombre del multi-instrumentista francés se conociese fuera de las fronteras de su país natal. Algo que sucedió dos años después de que el citado tema apareciese incluido en su álbum de debut, L’incroyable Vérité (Record Makers, 2001), y meses antes de que otra de las canciones fundamentales del parisino, “La Ritournelle” -años más tarde sampleada por The Weeknd-, lo pusiese en el mapa de la música europea y global con su segundo LP, Politics (Record Makers, 2004).

En ese momento, Tellier lucía un aura de autor de hechuras (neo)clásicas que se movía con comodidad tanto en las trincheras de lo underground experimentando con la electrónica como en los ambientes más selectos que lo aproximaban a la nouvelle chanson más personal y arriesgada, sin olvidar el pop ambiental y cinematográfico derivado de sus amigos y referentes Air, a la sazón dueños de la discográfica que lo cobijaba (y aún cobija), Record Makers. El sonoro apellido del músico galo era sinónimo de delicadeza compositiva, libertad creativa, habilidad interpretativa y riqueza de planteamientos, tal como reflejaba la conceptualidad -la familia por un lado y la política por otro- de sus dos primeros discos. Claro que tanta seriedad temática y tanto clasicismo hicieron que, durante otro año clave en su carrera, el 2008, Sébastien Tellier diese un giro de 180 grados a su imagen de una doble manera muy consciente: primero publicando el electropopero LP Sexuality (Record Makers, 2008) y, después, participando en el casposo Festival de Eurovisión -en la edición de la explosión del Chikilicuatre– con “Divine”, corte extraído de dicho trabajo que le sirvió para entrar en miles de hogares europeos y añadir a su desaliñado, barbudo y melenudo aspecto una excentricidad que lo acompañaría allá donde fuese.

El personaje de Tellier, sin necesidad de ningún alter ego, ya estaba creado. De ahí a que se auto-encumbrase a fuerza de idas de olla, bromas y meadas fuera de tiesto sólo quedaban varios pasos, los que dio para llegar al ególatra y megalómano My God Is Blue (Record Makers, 2012), cuyo argumento giraba en torno al advenimiento de un dios -él mismo- encargado de difundir el mensaje de la denominada Alliance Bleue, una comunidad utópica. Dadas su pelambrera y frondosa barba, hasta el más incrédulo podía pensar que el pop-rock mesiánico había vuelto. Pero la gracia había llegado demasiado lejos, teniendo en cuenta, además, que el nivel de calidad de su propuesta musical había descendido.

Exprimida tal boutade, el señor Tellier debía reconducir sus aspiraciones artísticas; no para equipararse a dandies compatriotas como Dominique A, Benjamin Biolay o Yann Tiersen, sino simplemente para retornar a sus orígenes -a la época en que era capaz de facturar piezas como “Fantino”– y ganarse de nuevo ciertos crédito y respeto. Sería una decisión quizá conservadora e incluso aburrida -sobre todo para los seguidores de la parte más desatada y libertina de su figura- pero lógica y comprensible. Sin saber a ciencia cierta si se le pasó por la cabeza algún razonamiento similar, el autor francés -actualmente un sosias de un joven Demis Roussos– cumplió con esa reconversión de esquemas casi a rajatabla, sin esperar a que el tiempo se le fuera de las manos para ejecutarla en su quinto disco, Confection (Record Makers, 2013). De nuevo con la ayuda en la producción de Philippe Zdar (Cassius) y la colaboración de lujo del maestro baterista Tony Allen, Tellier logró reconciliarse, afortunadamente, con sus raíces tradicionales, repitiendo el proceso que había seguido para alumbrar “Politics”.

De hecho, en parte de su repertorio se respira el espíritu de la emblemática “La Ritournelle”, un faro muy adecuado con el que guiarse a través de este álbum. “L’amour Naissant” rehace su nostálgica partitura apoyada otra vez en piano, algodonada batería y satinada orquestación y reforzada por el componente vocal para reproducirse en una segunda (más minimalista) y una tercera parte (con pespuntes sintéticos) que atraviesan “Confection” cuales hilos dorados que engarzan el repertorio. Así, Tellier corrobora la recuperación del tono romántico de sus inicios -y que tan bien lucía en sus composiciones-, con el que reviste de languidez y taciturnidad su visión del amor, personificada en Coco (“Coco” y “Coco Et Le Labyrinthe”), plagada de pesares y despedidas (“Adieu” -una mezcla de prog-rock pausado con ópera- abre el LP y se bifurca en la sentidas “Adieu Mes Mours” y “Adieu Comme Un Jeu”) y que alcanza su cénit melodramático-melancólico en los dos cortes más independientes del lote: una gaseosa y cósmica “Hypnose”, perfecta para derramar alguna lágrima viendo los planetas girar; y “Waltz”, cuyos ritmo de vals -lógicamente- y envoltura circense añaden una desconcertante nota colorista a la historia instrumental que aquí se sugiere.

“Confection” se acerca, por la estructura de su relato y la brevedad y disposición de sus fragmentos, a los scores fílmicos, género que Sébastien Tellier cultivó para el largometraje francés “Narco” (Tristan Aurouet y Gilles Lellouche, 2004). Pero, ¿cuál y cómo sería la película imaginaria que musicaría? Sin ir más lejos, una que se llamase precisamente “L’amour Naissant” (“El Amor Naciente”, que, de hecho, podría funcionar como título alternativo de este disco). O, rizando el rizo coppoliano, una que comenzase justo tras el momento en que Charlotte y Bob (Bill Murray) cierran “Lost In Translation” despidiéndose en medio del ajetreo de Tokyo abrazados entre palabras susurradas al oído.

 

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