“Personal Shopper” mola lo más grande porque básicamente va de cada vez que te montas paranoias en Internet

Lo sentimos, pero no: “Personal Shopper” no es una peli de fantasmas… Es una peli sobre cómo te obsesionas con tus paranoias en Internet.

 

Lo que voy a decir es jodido, pero es que es así: hablar de, comentar, reseñar “Personal Shopper” sin incurrir en el spoiler flagrante es simple y llanamente imposible. Lo siento, pero es que no puede ser. Al fin y al cabo, esta película de Olivier Assayas que funciona a tantos niveles como respuesta a su anterior “Sils Maria” solo puede y debe ser entendida en base no a su última escena, sino incluso en base a los últimos segundos en los que Maureen, el personaje conveniente y brillantemente interpretado por Kristen Stewart, lanza al aire una pregunta cuya respuesta trastoca por completo todo lo que hemos visto hasta ese momento.

Pero vamos por partes y, sobre todo, permitid que matice dos de las cosas que ya he soltado en el primer párrafo… Para empezar, ahí está la intra-relación de “Personal Shopper” con “Sils Maria” en diferentes capas de sentido. Esta película puede entenderse como una especie de respuesta a los ruegos de todos aquellos que queríamos más Kristen Stewart después de su “desaparición” hacia el final de la cinta anterior de Assayas: la actriz reaparece aquí interpretando a una Maureen que abre una paleta anímica similar a la de su anterior Valentine y que, sobre todo, hereda el complejo entramado mental de la prota de “Sils Maria“, aquella Maria Enders interpretada por Juliette Binoche.

Ahí está el segundo matiz necesario a algo dicho en el primer párrafo: Maurren está “conveniente y brillantemente” interpretada por Kristen Stewart, ya que es un personaje que actúa como cumbre absoluta a todos esos otros personajes que la actriz ha interpretado en clave de bajuna existencia, de ataraxia vital, de “haber si me muero“. Muchos pensamos en un principio que Stewart era la heredera directa de la nula expresión facial de Keanu Reeves, pero ni mucho menos: la tipa sabía lo que hacía, y lo que hacía era precisamente poner un espejo delante de esa generación millenial (con sus periferias pre y post) incapaz de conectar con el mundo real.

Personal Shopper

No es de extrañar, entonces, que Olivier Assayas haya sido lo suficientemente perro viejo como para dedicarle a Kristen Stewart un film en el que la nueva era de la uber-comunicación a todas horas y en cualquier momento se viva como un paralelismo absoluto del mejor cine de fantasmas. La metáfora es tan sencilla que, lo siento, no se aplica: hablar de “Personal Shopper” como una película que nos retrata a todos como unos capullos que vivimos pendientes de que un “fantasma” inexistente hable con nosotros a través de Whatsapp desde el más allá es demasiado reduccionista si tenemos en cuenta las verdaderas hechuras de la película de Assayas.

Y aquí es donde empezamos a habitar el terreno del spoiler. Para empezar, con el propio argumento: por si no lo sabes, “Personal Shopper” está protagonizada por Maureen, la personal shopper de una insoportable starlette a la que tiene que hacer todo tipo de recados de mierda, desde ir a Cartier a recoger unas joyas hasta instalar el nuevo sistema operativo en su portátil. Lo interesante es que Maureen se ha dejado atrapar por este trabajo que detesta básicamente porque le permite mantenerse económicamente en París, que es la ciudad en la que murió su hermano gemelo. Aquí la cosa se complica: el hermano gemelo, que era espiritista, sufría una dolencia del corazón que Maureen comparte y, precisamente por eso, ambos se prometieron que, si uno fallecía, le enviaría una señal al otro desde el más allá para probarle precisamente que existe un más allá, una vida después de la muerte.

Vuelven las metáforas. Maureen está “atrapada” de muy diferentes formas: en un trabajo horrible, en la pantalla de su omnipresente móvil, en un “juego” con un hermano al que afirma haber seguido siempre a pies juntillas (si él era espiritista, pues ella también) y, sobre todo, en dos tramas con las que Assayas sabe tender lazos hacia otros géneros que enriquecen la propia película. En “Personal Shopper” conviven el cuento gótico (soberbiamente rodado con una frontalidad que nunca elude a los propios fantasmas) y el thriller de suspense (con una trama en torno a un asesinato y una más que probable falsa culpable). Pero lo interesante es que, al final, o mejor dicho, precisamente debido al final, “Personal Shopper” es mucho más que esta mezcla de géneros.

Y es que “Personal Shopper“, como ya apuntaba más arriba, es más bien un relato pluscuamperfecto de la mente humana desfigurada por la acción / erosión del siglo 21. Solo Assayas, siempre atento a las psiques más laberínticas (“Sils Maria“) y a la tecnología como demiurgo de la psique humana (“Demonlover“), podía firmar la película definitiva a este respecto y plantar en su epicentro a la actriz ideal que sirva de espejo para toda una generación. Una película, como esta, que hable de cómo el móvil nos arroja a una alienación galopante (ya sea esperando el mensaje de tu hermano muerto o esperando que esa tía que te gusta haga swipe right en Tinder) y, sobre todo, que lo haga con el lenguaje nativo del móvil. ¿Alguna vez en tu vida pensaste que el intercambio de mensajes de una conversación en la pantalla de un móvil pudiera llevarte a un nivel de tensión totalmente explosivo (¿o más bien implosivo?)? Pues eso es precisamente lo que ocurre en cierta concatenación de escenas de “Personal Shopper” que, por derecho propio, debería ser estudiada en las universidades como historia viva del cine.

Personal Shopper

Y así llegamos al spoiler final. Lo siento. Ahí va. En la última escena, Maureen se comunica con su hermano muerto usando esa técnica rudimentaria en la que pides que los espectros contesten “con un golpe para decir no y con dos golpes para decir sí”. Dos preguntas… ¿Eres mi hermano? No. ¿Soy yo? Sí.

Y ya tenemos el Belén montado.

¿O no nos está diciendo Assayas entonces que toda la película, básicamente, ha ocurrido en la cabeza de Maureen? Tiene sentido: el director es extremadamente fiel al punto de vista de su protagonista y nunca, absolutamente nunca, se despega de sus ojos y su nuca para observar la trama. Si hay fantasmas en “Personal Shopper“, es porque Maureen los ve. Claro que los ve. Pero es que Maureen vive precisamente en esta maravillosa era de la confusión entre el espacio real y el virtual, que vendría a ser una confusión demasiado parecida a la que hemos vivido toda la vida entre el espacio real y el de los espíritus. Igual que Juliette Binoche vivía dentro de su cabeza en “Sils Maria” hasta obligarnos a reflexionar sobre la posibilidad de que el personaje allá interpretado por Kristen Stewart fuera precisamente eso, un espectro, una creación fabulosa de la protagonista.

¿Soy yo? Sí. Eres tú cada vez que malinterpretas un mensaje de alguien en concreto y te llenas la cabeza de fantasmas que aúllan sobre tu relación con esa persona. Eres tú chequeando cada dos minutos a determinada persona en el Whatsapp para ver la última vez que se conectó. Eres tú cuando analizas pormenorizadamente el Facebook de alguien para ver si le da más likes a esa lagarta que a ti. Eres tú cuando te sobreviene la paranoia al ver que esa persona que te gusta interactúa súbitamente con un recién llegado a Twitter. Eres tú. Siempre eres tú el que creas y te crees esos fantasmas igual que Maureen crea y se cree lo suyos. ¿Quién dijo que Internet no podía ser un nido maravilloso para los espectros? [Más información en la web de “Personal Shopper”]

 

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