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Cuando se habla de Okkervil River, resulta demasiado tentador dejarse llevar por la metonimia y confundir la parte con el todo… Por partes: nadie niega que Will Sheff sea uno de los escritores de letras más literariamente sublimes de las últimas generaciones de música yanki, digno sucesor de grandes como Bill Callahan, Jeff Tweedy (Wilco) o Colin Meloy (The Decemberists). A todos les une una capacidad innata para llevar el imaginario rockero y de raíces estadounidenses al terreno de la literatura clásica: algunos toman el espíritu violento de Faulkner, otros la vitalidad de Melville y algunos la poética ajada de Hemingway. Y todos, absolutamente todos, tienen o deberían tener claro que una buena letra puede ser buena por sí misma, pero es mucho mejor todavía si se le acompaña de un buen envoltorio melódico. La música, al fin y al cabo, es la otra parte necesaria además de la letra para que exista una (buena) canción. Así que, a la hora de abordar el nuevo trabajo de Okkervil River, “The Silver Gymnasium” (Spunk, 2013), habrá que intentar evitar la metonimia a toda costa: Sheff no es Okkervil River y una buena letra no es una buena canción.

Digo esto porque la experiencia narrativa de “The Silver Gymnasium” no podría ser más apasionante. La edición física del nuevo disco de Okkervil River viene acompañada por un mapa de gran tamaño realizado por el artista William Schaff (autor, por otra parte, de gran parte de las portadas de la banda) en la que queda representado el pueblo de la infancia de Sheff, Meriden (New Hampshire), a la manera de un mapa del tesoro infantil. Sobre la superficie quedan marcados los lugares en los que transcurren todas y cada una de las canciones de “The Silver Gymnasium“: un recorrido que ayuda a que la pegada emocional de todo lo que narra el frontman de Okkervil River tenga más calado todavía. Y es que este es el disco en el que más se expone (y se exhibe) Will Sheff: si hasta ahora se había dedicado a poner bajo el foco de su pluma la mitología habitual de toda vida consagrada al rock’n’roll, en esta ocasión la fuente de inspiración de “The Silver Gymnasium” es su propia infancia. El cambio de estrategia narrativa es sorprendente: si hasta este momento había practicado la ficción para encapsular los mitos todavía vigentes de la escena musical, ahora recurre a la auto-biografía como herramienta con la que radiografiar su infancia en los 80. Y, por extrapolación, la infancia de muchos de nosotros en los 80. Imposible no sentirse identificado y entrar en el juego en tres, dos, uno.

Pero, como decía al principio, una canción no es sólo una letra que te enganche y te sirva de anzuelo, que te coja de las agallas y te arrastre hacia la superficie. Una canción son melodías, instrumentaciones, estructuras… Y aquí, tristemente, “The Silver Gymnasium” fracasa. No es un fracaso estrepitoso, sino el simple y habitual fracaso de la mediocridad. Es este, probablemente, el disco con menos mordiente de todos los de Okkervil River: si hasta ahora nos habían acostumbrado a una experiencia donde el histerismo vocal de Sheff se veía encorsetado por la desesperada camisa de fuerza de la música, en esta ocasión las canciones viajan muy por detrás de la verborrea del cantante y, a la vez, ese mismo cantante parece haberse decidido a refrenar sus propios instintos histéricos y esforzarse en mezclarse entre la masa y pasar desapercibido. El formalismo de las canciones de “The Silver Gymnasium” es, evidentemente, impecable: el rock de raíces que siempre han practicado Okkervil River aparece aquí en su faceta más maximalista (en lo que respecta a voluntad de atrapar a cuanto más público mejor) y minimalista (en riesgo formal) a la vez. Y aunque hay momentos de brillantez sonora (el crescendo perfecto de “Lido Pier Suicide Car“; el sudor rockabilly de “Walking Without Frankie“; los dulces sintes de “Where The Spirit Left Us“, sin duda el tema más emocional y emocionante del lote), hay que reconocer que la mayor parte de temas pasan desapercibidos a este respecto.

Craso e imperdonable error de Sheff: como escritor, sabes que tan importante es construir personajes impactantes como entornos coherentes y seductores. Lo coherente en este caso, a lo mejor, hubiera sido que el auto-homenaje a la infancia del cantante hubiera sido acompañado por un juego meta-lingüístico con la música de la década de los 80. Pero, por el contrario, las canciones de “The Silver Gymnasium” suenan a un limbo atemporal y sin gancho. Como mero colchón sobre el que ha de yacer el ego de una estrella consagrada a la escritura pura y dura. Es una pena que, en esta ocasión, Will Sheff haya olvidado que puede ser un “writer” excepcional… Pero para firmar canciones memorables hace falta que vuelva a darle lustre a su faceta de “songwriter”.

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