naica-saturnalia

En un caso como en el que nos ocupa, resulta imposible no dejarse caer por completo sobre los brazos de un título como “Saturnalia” (Psilocybina, 2014)… y todo lo que trae detrás. Que es mucho. Y que es muy intenso. Es inevitable que, incluso antes de escuchar el segundo álbum de Naica, todo aquel que lea el título se haga una idea de lo que va a encontrar dentro, porque eso de “Saturnalia” apunta hacia múltiples direcciones, todas en coordenadas cercanas. Es de suponer que la referencia básica aquí, la sinapsis que hará todo el mundo en la parte más superficial de su córtex cerebral, es precisamente la de Saturno, el sexto planeta de nuestro sistema solar que ostenta un icónico aro alrededor de su superficie. Pero nunca hay que quedarse en la superficie, siempre hay que ir más allá y, si Saturno es un planeta, resulta que también fue uno de los dioses greco-romanos primigenios: fue el Dios de la agricultura (y, por lo tanto, de uno de los bienes más preciados de la humanidad ancestral), pero también fue el Dios caníbal que devoraba a sus propios hijos para que estos no le usurparan el trono. Vida y muerte, dulzura (con la humanidad) y crueldad (con los hijos) se sumaban todo en uno.

Aun así, toca ir más profundo todavía: el planeta lo conoce todo el mundo, el Dios unos cuantos menos, pero lo que aquí nos interesa no es Saturno, sino las Saturnalias. Que no es lo mismo. Las Saturnalias eran unas fiestas paganas que el Cristianismo se esforzó con ahínco en borrar del mapa: eran siete días del mes de diciembre (del 17 al 23) en los que se rendía tributo a Saturno en algo así como una mezcla del carnaval y la Navidad. Pero, por encima de todo, lo importante de las Saturnalias es que los esclavos recibían favores especiales y, al fin y al cabo, se desdibujaban las fronteras entre estratos sociales en pos de un objetivo final único: la fiesta. Así que, definitivamente, no hay que obviar el hecho de que Naica hayan titulado su nuevo trabajo como “Saturnalia“… Lo que hay que hacer, más bien, es aventurarse a desentrañar las múltiples formas en las que ese título se espeja sobre todas y cada una de las nueve canciones que lo conforman.

Es necesario empezar por lo básico: aunque la referencia a Saturno (el planeta) sea muy evidente, no es nada gratuita cuando se piensa que la música que practican Naica en “Saturnalia” tiene mucho de masa que flota en soledad en un espacio preñado de estrellas, sí, pero de estrellas que quedan a años luz. No voy a descubrir el mundo al afirmar que las canciones de esta banda están todas marcadas a fuego por el ardor de una emoción común: la melancolía. Y la melancolía, al fin y al cabo, tiene mucho de astronauta flotando a la deriva en la infinitud del cosmos, observando el planeta Tierra en la lejanía, sabiendo que allá abajo la vida transcurre con normalidad, sin nosotros, sin echarnos de menos. Tampoco habrá que pasar por alto que uno de los temas de “Saturnalia” incluso se titula “Deriva“… Pero tampoco vamos a forzar aquí las intenciones de Naica. ¿Qué se yo?

Una vez superado lo básico, toca ir a lo más profundo: al fin y al cabo, las Saturnalias eran fiestas paganas donde lo que primaba era el mestizaje. Y ahí está la verdadera fuerza de esta “Saturnalia“: en encontrar una vía única en la música española al permitir que dos géneros alejados retocen alegremente. Por un lado, tenemos unos juegos de voces chico / chica (que ya no son feudo exclusivo de Carlos Noain y Naia Mandaluniz, sino que ahora David Martínez, Mikel Azkona y Santiago Noain también meten cuchara al respecto) que recuerdan poderosamente al donosti pop de los 90, con Le Mans y La Buena Vida como referentes de cabecera. Y si esta es una referencia etérea y vaporosa, lo sorprendente está en cómo Naica consiguen entrelazarla con ese post-rock al que el pop le ha limado las aristas y que en los últimos años han practicado bandas como Blacanova o The Baltic Sea. Si estos dos cuerpos entrelazados son un planeta, también hay que completar la imagen y describir cómo a su alrededor se formaría un aro como el de Saturno, pero esta vez formado por detritus de shoegaze y por la electrónica vaporosa de bandas como Stereolab. Repito: la base de las Saturnalias era el mestizaje, y en este álbum este mestizaje se traduce en un continuo juego de contrarios que no sólo se rescinde a las mencionadas referencias musicales, sino también a un amplio abanico emocional que bascula continuamente entre la dulzura y la violencia, la melancolía y el optimismo, la calma y la tormenta, las caricias y los zarpazos, los besos y los mordiscos.

La duplicidad musical y emocional, el juego de máscaras teatrales (ya sabes: la triste y la alegre), sin embargo, no se traduce en esquizofrenia: en “Saturnalia“, Naica suenan más rotundos y coherentes que nunca, con una visión de conjunto preclara que, además, sirve de hilo de plata a la hora de unir las canciones como perlas en un mismo collar. Puede que el hecho de que hayan abandonado el euskera y el inglés y hayan apostado completamente por el castellano tenga algo que ver… Pero, de nuevo, no seamos simplistas: si Naica han conseguido sonar más pulidos, más profesionales, más cohesionados, es precisamente porque han descubierto la fórmula definitiva para crear canciones redondas como planetas. Y, a continuación, han aceptado que lo que hace más bellos a esos planetas no es su redondez, sino la posibilidad de engalanarlos con un anillo que les rodee: las voces, la guitarra y la batería son el agua, la tierra y el aire de todas estas canciones-planetas, pero hay que reconocer que algunas brillan a especial altura cuando se les rodean con otros elementos como el xilófono (“Deriva“) o los teclados (“Aullidos“). Planetas perfectos, dioses caníbales, fiestas paganas devotas del mestizaje… Lo sentimos por todos ellos, pero a partir de ahora los únicos dueños de la “Saturnalia” van a ser Naica. Se lo han ganado a pulso.

 

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