Hace siete años, se celebró en Santiago de Compostela la edición indoor del efímero festival Santirock, que sirvió, durante dos días, para aliviar los pesares de un otoño gallego que estaba transcurriendo deprimente, gélido e insoportablemente lluvioso. En aquella época aún no se había puesto de moda contratar djs de transición entre grupo y grupo, y sólo ponían a funcionar sus platos en la clausura de cada jornada. La banda sonora de esos tiempos de espera consistía en un tracklist que se desplegaba sin ton ni son, repetidamente, como si el que apretaba el botón de play fuese consciente de que, durante esos minutos de la basura, el público no estaba por la labor de prestar atención a lo que sonaba. A consecuencia de machacar las mismas canciones una y otra vez, empezaba a brotar cierto odio hacia casi todas ellas, a excepción de unas cuantas que llamaban la atención, primero por su parsimonia tan inadecuada para ambientar la cita musical y segundo porque, sorprendentemente, resultaban sugerentes y se desconocía su autoría. El misterio estaba servido y, a falta de las actuales herramientas virtuales para indagar en él y darle solución al instante, el boca a boca comenzó a expandirse con el objetivo de hallar el nombre del grupo culpable de aquellos sonidos. Al final del segundo día se descubrió: el grupo se llamaba Nadadora, y se había convertido, involuntariamente, en uno de los protagonistas del Santirock sin ni siquiera haber actuado en él. Tirando un poco más del hilo, se supo que aquellas composiciones etéreas y atmosféricas pertenecían a su maqueta “El Cielo De Antenas” (2003), a la que siguieron meses después otro conjunto de demos (“Octubre”, 2004) y su primer EP bajo el paraguas de Jabalina, “Aventuras Dentro De Cajas” (Jabalina, 2004). A partir de ese momento surgieron opiniones contrastadas, sobre todo dentro del circuito alternativo galaico (la banda es originaria de O Grove, en Pontevedra): a unos les encantaban sus melodías celestiales, a otros les aburrían sobremanera; de un lado destacaban su apego a Mazzy Star, a los Slowdive más reposados o a Mojave 3, del otro los acusaban de imitadores y afirmaban que Sara Atán, voz principal, desafinaba y no daba empaque a sus temas.

La salida de su primer álbum, “Todo El Frío Del Mundo” (Jabalina, 2005), añadió más motivos de discusión: Nadadora pasaban a ser unos jóvenes La Buena Vida (con las virtudes y defectos que conllevaba la comparación) por el simple hecho de que compartían actitud y jugaban con las voces femenina y masculina (en este caso, de Gonzalo, también guitarra), pero salidos de algún lugar recóndito de los glaciares árticos (su propio estudio se llama, precisamente, Círculo Polar). Por una vez que no se necesitaba ir allende el Padornelo para encontrar un grupo de esas características, el martillo crítico local se cebaba con los grovenses… Tuvo que ser su segunda referencia en formato largo, “Hablaremos Del Miedo” (Jabalina, 2007), la que pusiera las cosas en su sitio. La grabación final del disco se había realizado en Nueva York, con la intervención de Alan Douches (Sufjan Stevens, Galaxie 500 o Radio 4), lo que permitió al grupo tomar mayores riesgos en la producción, como la inclusión de arreglos de cuerda y otros elementos que sacaban sus canciones de la melancolía con la que habían convivido desde sus comienzos. De ese modo, las asociaciones estilísticas de Nadadora se ampliaban a The Field Mice o The Smiths, cartas demasiadas veces mostradas pero siempre ganadoras. El acabado impecable del citado trabajo presentaba a una banda más sólida y segura, con una lírica más directa y la voz de Sara mejor enfocada: lo que reflejaba su título, el miedo, ya no iba con ellos.

Y después de un lapso de tres años, la oscuridad, tampoco. “Luz, Oscuridad, Luz” (Ernie Producciones, 2010) los saca de las penumbras en las que se movían sigilosamente y los ilumina de lleno en un campo cada vez más fértil y más abierto, aunque el parto del LP estuvo marcado por el abandono de uno de los padres (Iñaki Bea, guitarra, lo que hizo que Nadadora se quedase en quinteto), la sustitución de los padrinos (Jabalina por Ernie) y la colaboración de una nueva matrona (nada de acudir a manos extranjeras en los controles: esta vez se ocupó de ellos el ‘enemigo’ Fino Oyonarte). Quizá la superación de esos obstáculos y la introducción de esos cambios propiciaron el impulso que precisaba el grupo: las guitarras veloces y ágiles de “1987”, con Sara tomando las riendas en primerísimo plano, eran impensables en los anteriores Nadadora. Algo similar sucede con la smithsoniana “El Sueño Ardiendo” (adornada con las cenefas de “This Charming Man” e interpretada por un Gonzalo poseído por el espíritu del propio Morrissey) y “Sara Dice” (ella misma parece dejar atrás su gesto taciturno para dirigir su mirada directamente a las estrellas), que completan el primer trío fulgurante de “Luz, Oscuridad, Luz”. Junto a ellas, la sobria, críptica y a la vez nostálgica “Me Llamaréis Asesino” aporta los tonos grises del álbum; y la obligatoria dosis de melancolía la inyectan “Sólo Sombra” y la monumental “Siempre”, joya nu-gaze dirigida por una Sara esplendorosa (transmutada en un ángel mitad Bilinda Butcher, mitad Elizabeth Fraser) y secundada por unos arpegios envolventes e hipnagógicos ideales para presenciar cómo se nubla el horizonte y caen las hojas de los árboles en el paso al invierno. Posteriormente, “Cerca” cierra el círculo oscuro y abre una pequeña rendija para observar de nuevo la luz. Esa tercera fase la inicia “Una Nueva Vida” (declaración de amor en forma y fondo muy planetera), y continúa con “Deshazte De Mí” (descendiente directa de Fernando Alfaro) y “Julie Christie”, que retoma las convenciones smithsonianas para hablar de los avatares de una relación amorosa homenajeando a la icónica actriz británica.

Así se desarrollan las tres etapas de “Luz, Oscuridad, Luz”, que se cierra con el apropiado epílogo “Coge Mi Mano, Este Es El Camino”. Su letra no engaña: “vámonos directos hacia el sol”. Ese es el lugar al que llegaron Nadadora y en el que se encuentran instalados ahora mismo, gracias a un disco redondo, intenso, policromático y pulido con mimo. Sencillamente, su mejor trabajo hasta la fecha, que refleja el ascenso y la consolidación de su trayectoria. Nadie lo hubiera imaginado hace siete años, mientras sonaban enlatadas sus primeras canciones en aquel pabellón santiagués… Pero es el momento de gritar alto y claro que, por fin, llegó su hora de mostrarse al universo.

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