El terreno sobre el que se asienta la música electrónica que pretende motivar por igual extremidades y cerebro es sinuoso, resbaladizo y muy amplio. En él, resulta fácil enredarse en siglas cuyo significado le aporta a dicho escenario una pátina intelectualoide: IDM (Intelligent Dance Music) o EBM (Electronic Body Music) son dos de los ejemplos más laxos y recurrentes. Miike Snow parecen huir de esas etiquetas esquemáticas para acotar su radio de acción sonoro, que vendría a ser aquel en que la música sintética vale para quemar las suelas de las zapatillas en pistas de baile de diverso pelaje, para excitar las neuronas a base de mensajes más o menos directos pero siempre de fácil memorización y, como tercera virtud añadida, también para acariciar corazones quejicosos necesitados de beats suavizados y dotados de mucha alma. Su debut, “Miike Snow” (Downtown, 2009), seguía a rajatabla esas tres premisas según las reglas del electro-pop melódico, el pop (a secas) refrescante y el dance-pop más europeo. Un planteamiento que facilitó, a su vez, que su repertorio acabara por presentarse como un compendio de piezas con efectos psíquico-físicos integrales en el que el neoyorquino Andrew Wyatt daba el contrapunto sensible a las estructuras rítmicas inmediatas elaboradas por los suecos Chris Karlsson y Pontus Winnberg, la pareja que se esconde tras Bloodshy & Avant, tándem que se involucró en la producción de álbumes de Madonna (como “Confessions On A Dance Floor”; Warner, 2005), Britney Spears o Kylie Minogue.

Con estas credenciales, llamaba relativamente la atención que los componentes de Miike Snow consiguieran tejer una tela de pop electrónico sugerente sin que los elementos que la formaban se les fueran de las manos. Daba la sensación, en cierto modo, de que Wyatt había absorbido el lado apaciguado y delicado del espíritu nórdico de sus compañeros para compensar sus posibles desmanes discotequeros. En “Happy To You” (Columbia, 2012), la continuación del ya lejano “Miike Snow”, se multiplica esa impresión… Al menos, inicialmente, ya que resulta que, al fin y al cabo, Karlsson y Winnberg no sólo tienen entre ceja y ceja encontrar el hit (sucio, sudoroso, revienta-braguetas o como lo quieran llamar) perfecto para las ciber-divas del siglo XXI, sino también sacar a la superficie lo más sabroso del pop artificial entre amable y excitante.

A primera vista, este segundo álbum no persigue la urgencia sónica de pepinazos como los ‘clásicos’ “Animal” y “Black & Blue” (que conjugaban las habilidades varias de Miike Snow), pero en él vuelve a sobresalir el apego del trío por el juego con la percusión, la melodía y los arreglos sorprendentes, que en este caso se incrementan: “Devil’s Work” planea sobre un piano audaz que se refuerza con un teclado ardiente y se eleva con una fanfarria de metales impactante; “Paddling Out” reproduce el mismo diseño cambiando el golpe de los vientos por el de las inflexiones vocales de Wyatt y un coro en el estribillo al más puro estilo Calvin Harris; y “The Wave” y “Bavarian #1 (Say You Will)” se despliegan a través de redobles de batería marciales, silbidos y, de nuevo, pianos (omnipresentes en el repertorio de Miike Snow) para trasladar ciertas dosis de épica a los oídos más inquietos.

Otro de los pequeños aciertos de “Happy To You” radica en la manera en que se mezclan los diversos estilos a los que recurren sus autores: si, en un momento dado, se empeñan en acercarse a los 90, insertan en la cósmica “Enter The Joker’s Lair” samples vocales propios de aquella época; si, por otro lado, deciden reducir la influencia expresiva de las máquinas, se valen otra vez de Wyatt y sus armonías vocales para impulsar “Vase” y edulcorar “God Help This Divorce”, porque Miike Snow también tienen su corazoncito… Aunque, si de lo que se trata es de emocionar seriamente, qué mejor que llamar a la figura femenina venida del frío septentrional que consigue desarmar almas con un leve roce de dedos: Lykke Li, que se cuela en “Black Tin Box” para evitar que no decaiga su desarrollo aparentemente plano. A partir de aquí, el resto del minutaje de “Happy To You” (ampliado en su versión en vinilo) redunda en la fórmula de la repetición percusiva y en la progresión espacial (contenida) aderezada con mínimos elementos tropicalistas, tan de moda últimamente en el panorama musical alternativo de Suecia y alrededores.

Esta parte es la que provoca que el segundo largo de Miike Snow no explote como debiera, tal y como le llegó a ocurrir a su antecesor, en el que los electro-trallazos contrastaban demasiado con sus fases más reposadas e intimistas. De ahí que, al hablar de esta clase de bandas, se piense con frecuencia que su objetivo debería centrarse en vigorizar el pop a base de bombo y platillo bien encauzado y adornado y con una lírica que evite las rimas simplonas. Por lo tanto, se recomienda quedarse con la cara más boyante de “Happy To You”, ideal para iluminar las horas más oscuras y anodinas de un día (y una noche) cualquiera.

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