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El último disco de Micah P. Hinson le canta a la “nada”… Pero su concierto en la Sala Karma de Pontevedra estuvo repleto de emociones bonitas.

 

A medio camino entre un mochilero erasmus y un hipster de manual; peinado con raya lateral y engominado, con sus pequeños ojos entreabiertos perfilando una tímida mirada bajo grandes gafas de pasta, luciendo tatuajes mezclados con marcas de parches medicinales y ataviado con un collage de prendas que iban desde un chaleco repleto de patches de skater, una camiseta rayada y un pañuelo estampado de barras y estrellas colgado de su cinturón hasta unos pantalones doblados estudiadamente sobre un par de calcetines blancos. Así se presentó en la Sala Karma de Pontevedra Micah P. Hinson, en consonancia con su heterogénea música, una fórmula magistral formada por folk, góspel, bluegrass, rock, country y canción de autor.

Sin ser la primera vez que servidor asistía a uno de sus conciertos, sigue sorprendiendo el hecho de que una voz tan oscura, profunda y envejecida pueda albergarse en una naturaleza de aspecto tan jovial a la vez que frágil y quebradizo. Micah P. Hinson es, definitivamente, el padre de las contradicciones. Las cosas han cambiado mucho desde que pude verlo en directo hace ya siete años… Lejos quedan aquellos directos, llenos de cigarrillos y largos speeches, acompañado de una guitarra barata remendada con cinta adhesiva y una banda compuesta por amigos. La nueva actitud que transmitió en Pontevedra quizá estuviera en sintonía con su nueva vida, más estable, apaciguada y alejada de corazones rotos, drogas, monopatines, sanatorios mentales y ‘hoteles con rejas’. El enfant terrible del folk americano se nos ha hecho mayor.

Al de Memphis se le ha comparado en innumerables ocasiones con diversos gigantes del género como Johnny Cash, Leonard Cohen, Bob Dylan o Tom Waits. Si tuviera que decir a qué suena su nuevo disco, “Micah P. Hinson And The Nothing” (Houston Party / Talitres, 2014), diría que se aproxima más a Cash que a Cohen y Dylan con respecto a sus LPs anteriores; y que de Waits ya sólo queda cierto regusto en alguno de sus temas más íntimos y graves. Su traslación al directo fue una gran miscelánea donde predominaron los ejercicios de estilo llevados al country, aderezados con atmósferas de órgano y steel guitar… Americana, en resumidas cuentas, salpicada por fases en clave de rock contundente, bien ejemplificado en el tema que abrió a velada, “How Are You Just A Dream”. Aunque también hubo espacio para alguna pequeña maravilla, como la gospeliana “God Is Good”; o piezas más introspectivas, minimalistas y cercanas a los orígenes de Micah, como “Sons Of The USSR” o “I Ain’t Movin”.

 

 

Con el retraso horario habitual y el local a rebosar, Micah P. Hinson consiguió, desde la primera nota, generar el clima íntimo perfecto tanto para el público como para él mismo. A pesar de la gran expectación, al respetable no se le oía ni respirar. Parsimonioso y concentrado, unas veces sentado en su órgano y, otras, pertrechado con una guitarra que mata fascistas (guiño a Woody Guthrie), el norteamericano desmenuzó grano a grano su último álbum. No hubo nada más allá de “Micah P. Hinson And The Nothing”: no era noche para los nostálgicos. Para ello, contó con la ayuda de sus tres músicos de estudio, que funcionaron como un reloj a las órdenes del artista principal: estuvieron sublimes como banda de refuerzo, dotando de un carácter mayor y más ambicioso a su sonido, aunque pareciera que entre ellos y Hinson la única máxima fuera la de “yo toco, vosotros me seguís”.

Y es que Michael Paul fue, como diría Guardiola, “el puto amo” encima del escenario. Se tomaba su tiempo entre tema y tema y sacaba su cigarro electrónico dejando un aroma a vapor de marihuana en las narices de los que nos apostábamos en primera fila mientras comentaba cómo añoraba la época en que podía fumar (de verdad) sobre las tablas. The times they are a-changing… No dudó, durante su interpretación, en lanzar miradas de hielo a quien pillaba hablando ante él ni en hablar de esa ‘nada’ que da nombre a su nuevo disco -inspirada en “La Historia Interminable” de Michael Ende– o del accidente de furgoneta donde estuvo a punto de perder la movilidad de sus brazos. Entre pausa y pausa, el repertorio logró, finalmente, hipnotizar a la audiencia e introducirla en el torrente de emociones que siempre consigue transmitir, al igual que en formato álbum, en directo.

A pesar de no ser el hombre excesivamente buenrollero que albergaba en mi recuerdo, en ningún momento miró el reloj y el concierto se fue hasta cerca de las dos horas, duración ideal para que la conexión con el público no llegara a perderse. Como regalo en el desenlace de su show, nos premió con un pequeño bis de tres canciones donde, por fin, catamos al menos un tema de sus primeros discos, “Beneath The Rose”, en el que se quedó solo ante el peligro, con su guitarra y cerca de su mujer, en lo que fue una estampa más entrañable que artística. Así, en amor y compañía y aparentemente cansado, se despidió de nosotros. La verdad, no pudimos reprocharle nada, excepto que la propia ‘nada’, esa fuerza destructora de la que habla Ende en “La Historia Interminable”, se hubiera comido inevitablemente todo resquicio de antiguas canciones en su setlist.

[TEXTO Y FOTOS: David Ramírez]

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