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Acababa de entrar un amigo a mi casa cuando yo estaba escuchando “Call Me”, uno de los nuevos temas de Metronomy, intentando descifrar su razón de existencia, su propósito en este mundo. Él, que sólo había venido a buscar un taladro, pobre inconsciente, desconocedor de toda actualidad musical, se paró en seco y me miró atónito: “¿Pero qué demonios estás escuchando?”. Mi primera respuesta fue el silencio. Intenté excusarme y explicarle que lo escuchaba más por obligación que por placer. Echarnos a reír fue la única manera de correr un tupido velo.

Es difícil comenzar la reseña de un disco que parece haber sido grabado dentro del retrete de un triste apartamento en un triste suburbio de una triste ciudad cualquiera, que huele a mediocridad y aburrimiento, un lugar olvidable al que uno no querría volver nunca. El disco de una banda anteriormente conocida por ser siempre capaz de introducir un rayo de sol en nuestros días más mohínos; que suena hoy tan pobre, tan a medio gas, tan incómoda dentro de su (¿premeditado?) absurdo, que bien podría ser una broma, o la declaración irónica de un artista en lo más alto de sus facultades. Una ironía que no debo de haber captado, porque Love Letters (Elektra / New Elektra, 2014) me suena fatal, y punto.

Y lo cierto es que se encuentran buenas melodías aquí y allá, pero eso es algo que se presupone cuando hablamos de Joseph Mount, cabeza visible de Metronomy y, a efectos prácticos, Metronomy. Eso no es suficiente. Su último trabajo, The English Riviera” (Because, 2011), no sólo fue una colección de canciones adorables y más refrescantes que una fría horchata en verano, sino que también fue el disco que les llevó a colgar el cartel de “no hay billetes” en el Royal Albert Hall, la mejor evolución posible que podía emprender su pop electrónico desenfadado hacia una versión más refinada y, a la vez, más compacta, más sólida. “The English Riviera”, dentro de su bisoñez, hace gala de una contundencia, una robustez que ya quisieran para sí muchas bandas de ese mismo pop candoroso. Temas como “The Look”, “She Wants”, “The Bay”… tienen funk, tienen groove, tienen fuerza. Conceptos desaparecidos en combate durante casi todo el trabajo que hoy nos ocupa.

Hay gente que habla de “experimentación” para excusar este truñaco insalvable. En mi opinión, no hay nada nuevo ni innovador en “Love Letters”, ni siquiera nada que no hayan hecho antes Metronomy. Quizá Joseph Mount pensaba que, grabando en Toe Rag Studios, lograría dar con ese toque analógico rompedor en 2014. Pero eso se consigue cuando no suenas más desganado que en una cena con la suegra. El “experimento” comienza con “The Upsetter”, una demo con algunas ideas interesantes… sólo que no es una demo. No soy muy amigo de la sobreproducción, de hecho tiendo a preferir la sencillez y concisión en la música, el sonido tirando a lo-fi antes que las virguerías de estudio. Pero lo de engendros como “The Upsetter” o “Monstrous” ya es de escándalo. Comienza lo nuevo de Metronomy y suena a sátira de Metronomy, a intento de “meta-burla”. Pero este es un trabajo serio, en principio. Entonces… ¿Seremos nosotros los destinatarios de tal burla? ¿Nos la está intentando meter doblada el amigo Joseph? Estas son preguntas que, desconcertado, no puedo evitar hacerme. Llevo toda la semana escuchándolo, buscando sin éxito la gracia al chiste, esperando ese momento en que la cosa hace click, y todo adquiere sentido, pero no hay manera.

Se salva el tema que da título al álbum, donde no suenan excesivamente inspirados, pero al menos parece una sombra de la banda que construía hitazos en el pasado con cuatro cosas y poco más. Sin duda mi corte favorito es “Reservoir”, porque es de todo el disco lo más parecido a una canción de alguien que está disfrutando con su música. “Month of Sundays” tiene una bonita melodía sesentera y un estribillo repetitivo pero que, al contrario que el del primer single “I’m Aquarius”, no nos deja al borde del ictus. El hecho de que el cuarteto inglés decidiera salir con este machacón e insufrible adelanto para presentar el “Love Letters” me sigue dejando boquiabierto. Como boquiabierto me quedo al haber sido capaz de escribir cinco párrafos sobre todo esto. Es triste terminar hablando como Carlos Boyero, pero aún más triste es ver cómo gente que nos hacía vibrar, que nos alegraba la existencia, ahora nos sumerge en el más aletargado y anodino tedio. Metronomy: ¡resuciten!

 

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