¿Qué hacer cuando la persona con la que compartes tu vida no es lo que parece? ¿Qué pensar cuando el pequeño mundo que construiste con ella se desmorona a tu alrededor? ¿Cómo reaccionar cuando se llega a la más absoluta de las soledades? ¿Cómo comportarse cuando el pasado (sentimental) vuelve en forma de mensajes subrepticios o apariciones fugaces? Las posibles contestaciones a cada una de esas preguntas que, a veces, trascienden lo metafísico y filosófico, se resumen en una: recurriendo a la ironía (directa, descarnada, graciosa, apesadumbrada…) para evitar que la búsqueda de respuestas se convierta en una procesión guiada por el santo del auto-masoquismo emocional. De esto saben, y mucho, Manos de Topo, quienes demostraron desde sus comienzos que son unos auténticos ases en esto de recurrir al análisis del patetismo personal para reforzarse moralmente y resurgir de las cenizas.

Su discurso siempre resultó claro y diáfano por su costumbrismo y cotidianeidad hiperrealistas, aunque la forma en que lo trasladaron a la audiencia llenó por completo a unos y puso de los nervios a otros. La causa de esta división de opiniones no radicaba en el mensaje y el planteamiento formal de sus dos primeros trabajos, “Ortopedias Bonitas” (Sones, 2007) y “El Primero Era Mejor” (Sones, 2009), observados como refinadas y convincentes parodias de la canción melódica y romántica patria, sino más bien en la manera en que su ilustre cantante, Miguel Ángel Blanca, transmitía con su peculiar voz y entonación sus profundas palabras. Una tontería supina cuando los elementos diferenciadores del actual trío (completado por Alejandro Marzoa y Rafa de los Arcos) resultan ser, precisamente, las inflexiones vocales entre agudas y desafinadas de Blanca, que reflejan, a modo de llanto incontenible, la gran tragicomedia que todo homo sapiens masculino protagoniza cuando su némesis femenina le da puerta o lo maneja como un títere.

Su tercera obra, “Escapar con el Anticiclón” (Sones, 2011), redunda en esa temática valiéndose de nuevo de poliédricas disertaciones convertidas en versos acerca del amor, el desengaño, su desarrollo y sus nefastas secuelas. Pero, al mismo tiempo, es un disco que ayuda a que la particular historia del conjunto afincado en Barcelona crezca y se consolide al dar una vuelta de tuerca a su característico sonido: pasa de aquel que construía fondos teatrales a base de xilófonos casi infantiles y casios de juguete a uno más resistente que se apoya en más xilófonos (ahora adultos), guitarras eléctricas, teclados siniestros si la ocasión lo requiere, cuerdas más envolventes (cortesía de Sara Fontán y su violín) y una percusión firme. Gran parte de culpa de esa transformación debería recaer en Ramón Rodríguez (The New Raemon), primera persona que pudo romper el cascarón de Manos de Topo para actuar como productor: su mano se nota en la pátina solemne que recubre buena parte del repertorio y que consigue elevar su nivel al de una epopeya desempeñada por héroes (que salen derrotados, no victoriosos). No obstante, las señas de identidad de Blanca y compañía se mantienen intactas, mérito que habría que atribuir igualmente a la labor de Rodríguez en las tareas de estudio.

Así pues, en “Escapar con el Anticiclón” se vuelve a tener la impresión, como en los anteriores álbumes de Manos de Topo, de que su identidad es intransferible, hecho que se materializa en unos textos que, si fuesen interpretados por otro cantante (por poner algunos ejemplos estrafalarios: Bertín Osborne, Francisco o Sergio Dalma), provocarían vergüenza ajena; pero, en sus manos, se muestran brillantes y fidelísimos a las realidades sensibles de cada oyente. Ahí reside el mayor acierto de sus composiciones: partir de los pensamientos propios de los miembros de la formación, de sus vivencias como colectivo, para luego encajar como un guante en los del resto de la humanidad. Aunque en este LP dejan un poco de lado los pasajes melodramáticos deformados por el esperpento de Valle-Inclán (imborrables las clásicas “Es Feo” y “No Doy la Talla”) y se centran en capturar instantes también nefastos pero plasmados con una expresión más contenida y, por momentos, sombría: se intuye desde el inicio con el trío compuesto por “Mentirosa” (su letra, a pesar de que parece sacada de uno de esos SMS que se escriben en estado ebrio y se envían a determinada persona sin pensar en las consecuencias, se muestra totalmente lúcida y punzante), “Animal de Compañía” (los lamentos exagerados de Blanca reciben el contrapunto del adecuado coro femenino) y la magnética “Tus Siete Diferencias” (oda a la auto-flagelación amorosa de melodía oscura y arreglos fantasmagóricos cuya fuerza de atracción se acentúa con el estupendo videoclip dirigido por Kike Maíllo).

Aquí, al igual que en el resto de la discografía de Manos de Topo, no hay espacio para la grandilocuencia; es mucho más eficaz y productivo el manejo de metáforas de toda clase guardadas en miniaturas envueltas en papel de celofán negro: navideñas en “Tragedia en el Servicio de Señoras”, nucleares en “Pinzas en los Ojos” o surrealistas en “Maquillarse un Antifaz”, el tema de donde sale el nombre completo de este disco: “escapar con el anticiclón y volver con la boca roja”. Esta frase recuerda la habilidad que Miguel Ángel Blanca posee para crear enunciados memorables, como los que pueblan “Mejor sin Pijama”, culminados por el descacharrante “bailaste la Lambada y te quedaste embarazada”. Porque, no hay que olvidarlo: el abatimiento se amortigua con buen sentido del humor y, lógicamente, optimismo. De ahí que el corte final de “Escapar con el Anticiclón”, “En Sintonía”, rompa con la tónica general pesimista del álbum al ofrecer una conclusión positiva y levemente luminosa (en fondo y forma), con un cierre coral que invita a pensar que cualquier problema del corazón tiene solución. En este sentido, Rafa de los Arcos dice en una reciente entrevista concedida a Rockdelux que “si tienes 23 años y te deja tu novia, no es lo mismo que si tienes 30; ves otro abismo, es diferente”. Efectivamente, en el segundo caso el curso de los acontecimientos se vuelve más cruel… Pero mientras uno tenga a mano el muñeco vudú mordaz y sarcástico que proporcionan Manos de Topo, la cura será más llevadera.