En 1978, Brian Eno se sacó de la manga “Ambient 1: Music for Airports” (EG, 1978) y dejó el mundo de la música tocado de por vida. Había nacido el ambient y, lo que es más interesante, había nacido definido por Eno, directamente, como “música para aeropuertos“. Ahora, más de tres décadas después, Loney Dear (que parece que ha perdido finalmente la coma entre el adjetivo solitario y su nombre), pone sobre la mesa un disco, “Hall Music” (Polyvynil, 2011), que no alardea de las mismas pretensiones que el de Brian Eno, pero que sí viene marcado a fuego por las particularidades de la relación entre música y espacio del título. De hecho, es vital advertir que la palabra “hall” corona este álbum teniendo en cuenta que, pese al éxito crítico de su anterior “Dear John” (Polyvynil, 2008), Emil Svanängen anunció su intención de que su carrera como Loney Dear se finiquitara allá… Algo que se vio incapaz de cumplir cuando, para presentar aquellas canciones en su Suecia natal, se hizo acompañar de una orquesta de cámara junto a la que reinterpretó su material previo y, sobre todo, junto a la que hayó las herramientas para explorar las entrañas de una bestezuela que ya había asomado la cabeza en “Dear John“: el contraste existente en la relación entre música clásica y música pop.

Ahí queda la génesis de “Hall Music“, un disco mucho más difuso en sus aciertos que su precedente “Dear John” pero con una capacidad innata para instalarse en la cabeza de quien escucha de una forma similar a la de aquel que, sentado en la sala de espera de un  hotel, acaba tarareando durante días alguna melodía que se filtró a través de sus oídos surgida de un endiablado y acertadísimo hilo musical. Al fin y al cabo, puede que Svanängen haya dado un volantazo y cambiado tanto su rumbo como su estrategia: abandonando el golpe directo hacia el estómago que había practicado hasta ahora con temas concertos como pedradas lapidarias, en “Hall Music” la estrategia es precisamente la del hilo musical, la de una sucesión de cortes complementarios y homogéneos que no destacan unos contra otros, sino unos junto a los otros. Curiosamente, y teniendo en cuenta la tendencia hacia los arreglos ampulosos de Svanängen, sorprende escuchar cómo la adición de una orquesta de cámara no significa un añadido de megalomanía, sino todo lo contrario: una depuración sonora con la que el sonido de Loney Dear se depura y se desnuda quedándose a veces en su mínima expresión. Ya se sabe: menos es más… y cuando no hay tanto “ruido”, los fogonazos de luz brillan con mayor intensidad en la oscuridad.

Es imposible no caer rendido ante la guitarra española que resuena en el eco del vacío de la desarmante “D Major” o de estremecerse ante la fanfarria de vientos finales en la emocionante “Durmoll“. No entra en mi cabeza que exista alguien que pueda quedarse tranquilo después de escuchar el entrecortado ritmo de “Largo“, con ese órgano de iglesia y esa percusión marcial y esquelética punteando un ambiente tensado por una cuerda casi mágica. Inevitable que tu corazón sobrevuele por encima de tu cabeza en varios centenares de metros cuando las campanas de la embriagadora “My Heart” lo liberan de sus ataduras terrenales. Y, sobre todo, imprescindible que tu mirada busque en el horizonte señales de humo del futuro Loney Dear (que esperemos que exista) después de escuchar el cierre de pop de cámara pluscuamperfecto con “What Have I Become?“, en la que Svanängen consigue trenzar las constantes vitales de su antiguo sonido con la del nuevo en un sistema nervioso vibrante. Si “Dear John” sonaba a cumbre a la hora de sublimar un sonido, el del antiguo Loney Dear, ahora “Hall Music” parece habitar precisamente eso, un hall en el que las ideas flotan ingrávidas en el aire a la espera de ser atrapadas y concretadas. Un limbo en el que los sonidos corretean de forma fluída y casi acuática, chapoteando aquí y allá con una solidez líquida capaz de salpicar a quien escucha. Una sala de espera en la que el nuevo Emil Svanängen descansa antes de coger el ascensor hacia quién sabe donde…  “Hall Music“, al fin y al cabo, es la antesala al futuro de Loney Dear. Sea el que sea… Aunque no queda espacio para la duda: abandonará este espacio y empezará a escalar otra montaña todavía sin chincheta en su mapa de topografía sonora.

Loney Dear – My Heart from AdF / Newfoundland Tack on Vimeo.

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