Es inevitable empezar cualquier reseña de “La Ruta Joyce” (Astiberri) por lo obvio: no es necesario ser fan de James Joyce para disfrutar de la novela gráfica de Alfonso Zapico. Es probable que el punto de partida de este cómic asuste a todos aquellos que todavía vean al autor de “Ulises” como una escarpadísima montaña que no merece la pena escalar (ya sea por el cansancio o porque el paisaje no resulta a gusto de todos los paladares): Zapico recoge en estas páginas sus viajes por cuatro ciudades (Dublín, Zurich, Triete y París) que fueron de vital importancia en la vida literaria y personal de James Joyce. De hecho, amparándose igualmente en esa duplicidad de lo literario y lo personal, el autor de “La Ruta Joyce” decide alejarse de lo teórico y pedagógico por la vía de lo cotidiano: en estas páginas se encontrarán docenas de detalles de la biografía y la bibliografía de Joyce y de cómo ambas se entrelazan, pero Zapico muestra una pericia superlativa a la hora de hacer la teoría accesible poniéndola a la altura de sus propios ojos (los ojos de un viajero que va buscando el rastro de su autor favorito a través de los indicios dejados por él en la fauna de diversas junglas urbanas) y, por lo tanto, de los ojos del lector.

De esta forma, queda claro que los referentes de Zapico a la hora de estructurar “La Ruta Joyce” son, básicamente, dos. El primero y más evidente es el referente autobiográfico, esa cantera en la que los nuevos valores de la escena comiquera parecen no hartarse de picar piedra. Pero si la confesión desnuda es algo que últimamente se ha ganado a pulso que se le mire con suspicacia (hay por ahí demasiados autores recién llegados intentando epatar a través de ejercicios de exhibicionismo que no se alejan demasiado del amarillismo televisivo), el autor consigue elevarse varios palmos por encima de esa sospecha recurriendo a una de las variantes de este género: el diario de viaje. De hecho, Zapico parece empeñado en fulminar por completo cualquier atisbo de exhibicionismo al hacer que lo importante de “La Ruta Joyce” no sea sólo su visión de los lugares que visita, sino más bien la búsqueda de la impronta de otra persona en esos lugares. Una visión que acaba abriéndose como un abanico de tres piezas claras y delimitadas: las ciudades de Joyce por un lado, lo que Zapico espera encontrar en ellas y lo que finalmente encuentra (arrojando así una devastadora visión de esta nueva Europa en la que el turismo ha pasado por encima de la cultura como una apisonadora indiscriminada). Por el camino, la búsqueda, la decepción y, sobre todo, el humor con el que el autor aborda la tarea de investigación / diversión convierten a esta novela gráfica en una rara avis en el panorama comiquero y, sobre todo, en una lectura mucho más que amena que hará reflexionar al lector no sólo sobre el acto literario y cómo este depende en gran medida del escenario en el que surge, sino que también consigue que el lector se replantee seriamente ciertas carreteras secundarias posibles en la idea habitual de turismo.

El segundo referente irrefutable en “La Ruta Joyce” son, sin duda, las aventuras didácticas de Scott McCloud, en las qeu aquel autor sentaba las bases para un posible cómic enciclopédico que utilizara las viñetas como vehículo para la trasnmisión de ciertos conocimientos. En “Entender el Cómic” y “Hacer Cómics“, McCloud hablaba del cómic utilizando las herramientas propias del cómic; mientras que en “La Ruta Joyce“, Zapico utiliza herramientas similares para hacer algo que sólo puede hacerse a través de un medio como la novela gráfica: alejarse del documental audiovisual (en el que las imágenes son reales e irrefutables) y del diario de viaje novelado (donde, por muy superdotado que sea el escritor, siempre acabará pesando aquello de que “más vale una imagen que mil palabras”) para proporcionar una visión personalísima de las ciudades en las que el autor busca a Joyce. De nuevo, lo que percibimos lo percibimos a través de los ojos de Zapico: no vemos las ciudades, sino su visión de ellas. Y, lo que es más importante: esa visión no es egocéntrica, sino un acto de amor y búsqueda en tercera persona. Una tercera persona tan escurridiza como la de James Joyce.

[Raül De Tena]

 

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