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A Mark Z. Danielewski le ha bastado un único libro (por lo menos en España) para convertirnos en obedientes perros de Pavlov : después de la experiencia más grande que le vida de “La Casa de Hojas“, resulta inevitable que cualquiera que sostenga entre sus manos por vez primera esta edición de “La Espada de los Cincuenta Años” publicada por Alpha Decay y Pálido Fuego sienta una inmediata descarga eléctrica en el cerebro y se estremezca ante esa portada en la que aparecen en relieve múltiples puntos, como una especie de Braille anárquico y desordenado. A estas alturas, todos conocemos la importancia del Braille en “La Casa de Hojas“, así que es categóricamente imposible que la atención no se focalice en el tacto a la búsqueda de patrones ocultos y de algún tipo de explicación narrativa para este misterio. Pero, ¿estamos ante un misterio? ¿Ya desde la misma portada?

Abrimos el libro: una de las primeras páginas muestra una especie de espada bordada en hilos de colores oscuros sobre un fondo negro, mientras que su anverso (la página par que le sigue) presenta un bloque de texto estructurado para obtener la misma forma de la espada. Dentro de esta espada textual, Danielewski (o el narrador o quien sea) explica que la historia narrada a continuación es el resultado de cinco entrevistas a cinco personajes diferentes, de tal forma que la voz narrativa final es un “tejido” (ojo con las referencias costureras) en el que se cosen retazos de las diferentes conversaciones: la forma de identificar a quién pertenece cada parlamento es a través de unas comillas de colores (con un total de cinco colores). En la primera página ya se intuye que Danielewski vuelve a jugar con nosotros: los “pedazos” (¿retales?) de cada parlamento son demasiado dependientes del resto para formar un sentido como para que consideremos que este es el verdadero juego que nos propone el autor. Pero, entonces, ¿cuál es el juego?

Más todavía y a modo de mapa mental desordenado: el texto de “La Espada de Los Cincuenta Años” aparece de forma exclusiva en las páginas pares, quedando la mayor parte de las impares totalmente vírgenes, en blanco u ocupadas por dibujos. Los dibujos. Ahí quedan los dibujos, que no son dibujos sino verdaderas obras de arte realizadas a partir de hilos de colores (que han de acreditarse, por otra parte, a Atelier Z). Y cerramos el círculo de los hilos y los colores: la protagonista de esta historia de fantasmas es precisamente una costurera, Chintana, que ha sido recientemente abandonada por su marido. Chintana se encuentra en una fiesta en la que a medianoche se festejará el cincuenta aniversario de Belinda Kite, que es precisamente la mujer que rompió su matrimonio.

Pero, si esta es una historia de fantasmas (tal y como el narrador afirma desde un buen principio cuando afirma que “la crónica de cualquier relato de fantasmas es en sí otro relato de fantasmas, es decir, un relato completamente distinto“), ¿dónde está el espectro protagonista? No tarda en aparecer: por la fiesta corretean cinco huérfanos (como las cinco voces que narran el relato) para los que se ha contratado la presencia de un cuentacuentos que resulta venir cargado de oscuridad y misterio: “Soy un hombre malvado con un corazón muy negro. Y fueron solamente esa maldad y esa negrura las que me llevaron a buscar esto que llevo transportando muchos años y que os he traído esta noche. Como sois jóvenes, os diré que fui en busca de un arma. Pero también porque sois jóvenes, no os diré por qué fui en busca de ese arma, a pesar de que en realidad, aunque podría especular, ni yo mismo me acuerdo ya de los detalles. Cuando seáis mayores, podréis imaginaros qué fue lo que me llevó a aquella misión. Y entonces sabréis más que yo“.

Un narrador (Danielewski) cosiendo los parlamentos de cinco personajes (las cinco comillas) que hablan de la historia de una mujer que está en una fiesta en la que un cuentacuentos explica una historia. El mise en abyme es más que evidente: el autor vuelve a practicar la literatura como laberinto de espejos hacia la profundidad de la noche, un laberinto en el que los reflejos se sobreponen y despistan hasta que resulta imposible saber qué es cierto y qué es una deformación esperpéntica de la realidad. O, en todo caso, si la realidad existe y es posible: ¿por qué esa necesidad de crear ilusión de realidad cuando la literatura es en sí un artificio? ¿Por qué no abrazar el artificio para amplificar la dimensión mítica del relato? Ese parece ser siempre el punto de partida en Danielewski.

Pese a ello, y el igual que en “La Casa de Hojas“, “La Espada de los Cincuenta Años” consigue que lo laberíntico de la forma no impida que el fondo sea percibido en todo su esplendor: la historia aquí narrada (la de Chintana y ese cuentacuentos que transporta una espada en una caja con cinco cierres; la de los cinco niños que escuchan y se estremecen; la de esa Belinda Kite que blande un arma imaginaria ignorando que es una espada cuyo nombre incluye las cinco décadas que está a punto de cumplir) es tan poderosa, tiene una carga icónica tan grande que, al final, lo narrado queda en la cabeza del lector como un cuento de narración tan poderosa como los que se practicaban hace décadas, como aquellos que se transmitían de forma oral. No en vano, la oralidad es la espina dorsal de esta “La Espada de los Cincuenta Años” narrada a cinco voces que remiten a muchas otras voces, pero también fue la forma original del argumento, pensado para ser representado en forma de teatro de sombras (algo que el mismo autor ha hecho en contadas veces).

Es el principal logro de la literatura de Danielewski: que lo experimental y juguetón de la forma nunca engulle una historia con poderosa vocación de mito de la era moderna. Pero lo cortés no quita lo valiente, y a un perro de Pavlov no puedes desadiestrarlo: siempre que escuche un pitido, salivará quiera o no. Y en “La Espada de los Cincuenta Años” hay demasiados pitidos como para que los lectores de “La Casa de Hojas” los ignoremos. ¿Tú también estás salivando?

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