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El último trabajo de King Krule hasta la fecha, el EP homónimo “King Krule” (True Panther Sounds, 2011), resultó ser un ejercicio fascinante de work on progress: una ecuación matemática de depuración numérica que acababa arrojando un resultado sorprendente. En tan sólo cinco canciones y sin superar la barrera de los trece minutos, Archy Marshall jugaba a plantear las cuatro primeras canciones como una experimentación digresiva, un caldo donde las ideas flotaban libres y algo deslavazadas, para acabar juntándolas en el quinto corte: “The Noose of Jah City“, más que probablemente su canción más redonda hasta la fecha. Pero han pasado dos años desde aquel EP… Si por entonces nos sorprendía que Marshall tuviera 17 años y, sobre todo, que llevara ya algunas temporadas dando que hablar primero bajo el nombre de Zoo Kid y después ya como King Krule, ahora ya sorprende tanto que esté a punto de cumplir los 20. ¿Cuántos músicos ilustres han entregado obras memorables con esa edad? Muchos. La verdad. Eran músicos, sin embargo, que no ronearon en la fase de la experimentación y, sobre todo, que no la expusieron a la vista del público: exhibieron los resultados directamente en forma de canciones pluscuamperfectas. Y eso, canciones pluscuamperfectas, parece ser lo que busca Marshall en su nuevo álbum, “6 Feet Beneath The Moon” (True Panther Sounds, 2013).

Por lo menos, de entrada puede afirmarse que King Krule ha encapsulado su torrente de ideas en catorce canciones… Y eso ya es mucho. Son canciones propiamente dichas, con una estructura que a veces escapa -dulcemente- de lo tradicional pero que no por eso dejan de tener una coherencia interna aprehensible. Se nota, por un lado, que Marshall ha dejado de producir en su habitación, con un ordenador ruinoso, y se ha dejado aconsejar por la mano de un productor como Rodaidh McDonald: la música de King Krule sigue siendo etérea, oscura, espaciosa, misteriosa y tiernamente apesadumbrada, la voz de Marshall sigue impresionando por su calado de viejo borracho pendenciero, pero una producción limpia y ordenada consigue que sus canciones suenen más que nunca a una película de cine noir protagonizado por un tipo orgulloso de ser escoria británica de la periferia, algo así como un Pete Doherty libre de su obsesión por ser una estrella, por ser continuamente el centro de atención. Más analogías: “6 Feet Beneath The Moon” suena a la posibilidad de que “This is London” estuviera protagonizada por un único niño solitario que se niega a salir de su habitación y que se dedica a escribir despojados musicales de extrarradio londinense. Más analogías todavía: si el primer Daughn Gibson, tan obsesionado con la estética lynchiana de bar de carretera para camioneros, tuviera quince años menos y una voz mucho más espectral, sonaría como este King Krule.

Las atmósferas, las emociones, las fabulaciones imaginarias. Ahí están los aciertos de “6 Feet Beneath The Moon“. El principal problema, sin embargo, es que el álbum no alcanza el nivel de una canción tan perfecta como “The Noose of Jah City“. No estoy hablando de que la canción sea mejor o peor: es que, simple y llanamente, es más efectiva. Aquí hay muchas emociones, pero no todas son particularmente emocionantes. Es este un disco repleto de ideas, eso nadie lo va a negar: la guitarra crispada de “Easy Easy“, como si Ian Curtis hubiera nacido en un arrabal de Londres; el stop motion aplicado sobre el legado rocker adicto al steel guitar de Richard Hawley, desnudo hasta la médula, en “Baby Blue“; la suspensión en el vacío infernal de “Has This Hit?” mientras la instrumentación sufre diversas mutaciones; la deconstrucción del trip hop en “Will I Come” para incluirla en el terreno de la pesadilla gracias a su colección de samples; la recreación en las constantes del noir musical en “A Lizard State“… Precisamente esta última es una de las canciones que Marshall recupera de su corpus pasado para “6 Feet Beneath The Moon” (pertenece a su etapa como Zoo Kid), junto a otros temas como “Out Getting Ribs” u “Ocean Bed“. Sea como sea, por mucho que el rey Krule aumente el monto de canciones hasta catorce y la duración total hasta casi 53 minutos, es necesario repetirlo: aquí no hay una “The Noose of Jah City“. Ninguna tan redonda, deslumbrante. Es un disco que se escucha de forma agradable, que tiene destellos brillantes y que llama a la re-escucha. Pero… ¿valen catorce canciones buenas el peso de una excelente? Que cada uno decida por sí mismo.

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