grushenka

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Siempre se ha dicho que el segundo disco de todo grupo o artista es (o debería ser) el de su confirmación. Pero, visto el desarrollo de algunas de las bandas más valoradas y seguidas dentro de la escena alternativa patria, habría que cambiar esa sentencia casi convertida en tópico para afirmar que esa segunda obra habría que interpretarla como referencia de la evolución y, en última instancia, formación de su identidad. Ahí están para certificarlo los recientes ejemplos de Tremenda Trementina, Alborotador Gomasio o Murciano Total, cuyos respectivos últimos álbumes (que los anglosajones denominarían sophomores) han servido para refrendar con poderosas razones sus expectativas presentes y futuras y, de paso, sugerir que resulta más provechoso tomarse el negocio musical con tranquilidad para tener margen y avanzar adecuadamente aunque los tiempos actuales dicten lo contrario. En dicha situación, justamente, se encuentran ahora mismo Grushenka.

Cuando el quinteto barcelonés publicó su primer álbum, Técnicas Subversivas (El Genio Equivocado, 2012), su nombre comenzó a correr de boca en boca gracias a su efervescente combinación de sonido lo-fi, influencia planetera, ascendente C86, shoegaze y jangle pop que los introducía de lleno en el prometedor saco donde estaban alojados sus compañeros de generación y sello Odio París. Esa disfrutable ópera prima, sin embargo, pecaba de cierta homogeneidad y resultaba poco sorprendente dentro de un género -el indie pop guitarrero que se aproxima al noise- híper-poblado y sobre-explotado desde el cambio de década. Todo lo contrario a lo que ocurre con su sucesor, La Insoportable Levedad del Ser (El Genio Equivocado, 2015), en el que se reciclan todos los elementos estéticos y letrísticos que Grushenka ofrecieron en sus inicios para expandirlos hasta límites conocidos aunque (relativamente) insospechados en su caso.

Eso sí, no se dejen llevar por la literaria frase derivada de la obra de Milan Kundera que da título al LP: a pesar de la relación automática que se produce en el cerebro, el fondo del repertorio no emerge como un pesado artefacto conceptual acerca de la realidad cotidiana y sus conexiones filosóficas, sino que se exhibe como un muestrario de acciones instintivas que los seres humanos atribulados del primer mundo realizan para llenar huecos existenciales, luchar contra destinos fatales, protegerse frente al desengaño, expresar rabia ante las injusticias emocionales y perseguir la autosatisfacción en forma de venganza (voluntaria o no). De este modo se construye un pentágono sensitivo cuya disposición el receptor reconoce al instante por haber batallado en su interior alguna vez en su vida.

Aunque el impacto de esta quíntuple línea argumental no sería el mismo sin un envoltorio sonoro apropiado. Precisamente es en este apartado donde Grushenka ejecutan su gran salto en “La Insoportable Levedad del Ser”, sugerido con antelación por el sencillo aquí no incluido “Enredo Interesante” y después por su tema de presentación “Maltratarse y Asustarse”: una lúcida pieza que se inspira tanto en el after-punk universalizado por The Cure como en el indie-pop shoegazer tintado de tonos sombríos practicado por referencias cuasi olvidadas como The Wake o Adorable. Un esquema que se copia acertadamente en “Viaje Lisérgico” -hermana melliza de la canción anterior- y “Nos Encanta Hacerlo Todo Mal” y que se depura en el momento en que los barceloneses enseñan su cara más inocente, reposada y ensoñadora a través de la titular “La Insoportable Levedad del Ser” y, sobre todo, “Nueva Era Existencial”, en la que se multiplica la emotividad del discurso regándolo de cuerdas de violines hasta fundirse a negro de una manera similar a la de “Vapour Trail” de Ride.

Con todo, durante este proceso de renovación definido por la limpieza del sonido global y el abandono de la baja fidelidad, Grushenka no borran las huellas de su pasado y recuperan en la fase central de este álbum su burbujeante pop primigenio (“Bipolaridad” y “No Queremos Verte Más”) sin olvidarse, a la vez, de que están dispuestos a llevarlo al siguiente nivel enriqueciendo sus melodías y arreglos (la redonda “La Belleza Interior” -hit desde ya- y “El Eterno Retorno”) y rociando de veneno e inquina sus versos.

Volviendo al final del primer párrafo de este texto, servidor afirmaba que Grushenka se hallan en ese punto de su trayectoria en el que aún poseen suficiente espacio para completar su identidad, de ahí que la dupla que cierra “La Insoportable Levedad del Ser” (“La Procesión va por Dentro”, semi-acústica y tenue; y “Un Mundo Feliz”, que transita de la calma a la excitación pop con naturalidad) funcione como un espejo que refleja las sólidas posibilidades del quintento barcelonés para diferenciarse y ganarse una posición de privilegio dentro de la competida liga del indie pop nacional (e internacional, por qué no…).

 

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