Gran Bretaña sigue empeñada en dar respuesta a la nueva invasión norteamericana que está sufriendo desde hace unos años. Sin remontarme demasiado en el tiempo ni repasar la historia reciente al dedillo, ahora me vendría a la cabeza The Strokes (cuando eran lo más de lo más del mundo mundial) contraatacados por The Libertines, la oscuridad de Interpol fotocopiada por Editors o los alquimistas musicales Animal Collective transmutados en… Pues en nadie, ya que los británicos aún no encontraron el facsímil perfecto (¿lo lograrán algún día?). Por ahora, se tendrán que conformar con enfrentarse a los discípulos más o menos fieles del colectivo animal, como por ejemplo, Fleet Foxes. Así que se pusieron manos a la obra y se sacaron otro truco de la chistera, denominado Goldheart Assembly y, si no se supiera que proceden de Londres, podría pensarse que salieron de algún rincón perdido de cualquier ciudad estadounidense (real o imaginaria). Incluso las pintas de sus miembros (sus ropajes, sus barbitas, el pelillo largo…) los harían pasar por yanquis, aunque sus mofletes colorados los delatan.

Estos son sus nombres: James Dale (voz, bajo), John Herbert (voz, guitarra), Dominic Keshavarz (guitarra, coros), Jake Bowser (teclados, coros), Nicky Francis (batería, coros) y Thomas Hastings (coros, instrumentación). Lo que salva al sexteto de morir en el intento por culpa de la obsesión que existe en los medios británicos de subirlos a la actual ola experimental psicodélica (más folk, más pop… da igual) es que no se olvidan de que lo que hacen, en definitiva, es rock. De ahí que su válvula de escape sean precisamente las guitarras eléctricas que distinguían a The Byrds o las armonías vocales clásicas de los Beach Boys, celebridades del sonido de la Costa Oeste que se intuyen en su debut, “Wolves And Thieves” (Fierce Panda / PopStock!, 2010).

Porque el sonido del primer trío de temas que lo abre no es lo que se dice arrebatadoramente novedoso. “King Of Rome” se sujeta en la estructura básica de guitarra-bajo-batería más un piano y un órgano setentero que revienta a mitad de canción. Todo ello aderezado con unos buenos coros finales. ¿Estoy repitiendo “coros” de nuevo? Claro, es lo que predomina de principio a fin: sólo hay que echar otro vistazo al cometido de cada componente de Goldheart Assembly para comprobar cuál es la palabra mágica (las solemnes y espirituales “Anvil” y “Last Decade” dan fe de ello), con lo cual a partir de aquí no la mencionaré más. Como tampoco nombraré otra vez a los rivales a batir por los londinenses: Fleet Foxes. Las vagas conexiones que pueden situarlos en el mismo ring surgen en “Hope Hung High” y “Under The Waterway” (por aquello de que en ambas el grupo parece tocar reunido en el porche delantero de una casa blanquísima en alguna pradera de la América profunda con el ukelele bien visible), “So Long St. Christopher” (single ya conocido que les reportó cierta fama) y, si me apuran, la final “Boulevards”, con su lento transcurrir y la voz descendiendo de un espacio poco terrenal. Hasta ahí, porque Goldheart Assembly no buscan premeditadamente esa relación con sus colegas del otro lado del Atlántico. Lo suyo es inspirarse en los sonidos de toda la vida: british country-rock destilado hace tres décadas (“Engraver’s Daughter”) o los Beatles más sobrios (“Reminder”).

Señoras y señores, “Wolves And Thieves” es un caso más que añadir a la lista de aquellos discos que vende la prensa anglocentrista británica de una manera y luego resulta que el asunto es diferente. A esa misma prensa le aplicaría el título de este álbum: lobos y ladrones. Todo por salir vencedores de la guerra UK-USA. Paso de seguir leyendo (y menos creyendo) las consignas que lanza cada temporada el NME, no quiero formar parte del rebaño. Don’t believe the… hype?

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