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Acaba de lanzar su nuevo disco “Tajo Abierto”, está girando por nuestro país con parada de lujo en el DCode 2014… Sobran los motivos para entrevistar a Francisca Valenzuela.

 

Francisca Valenzuela actúa a las 19h en el Fórum del FNAC Triangle de Barcelona (bueno, “actuaba”, porque todo esto ocurrió el miércoles 9 de septiembre). Mi cita con ella es a las 17:30h en ese mismo lugar, pero cuando llego me encuentro con las puertas cerradas a cal y canto y con un cartel que indica que la cola para entrar en el concierto acústico se hará desde la calle contigua. Salgo por si acaso, por si hay otra puerta de acceso, y me encuentro con unas veinte personas. Nota aclaratoria: el Fórum del FNAC Triangle no es demasiado grande, así que se prevé que va a ser un exitazo absoluto de concierto. Pero yo sigo sin dar con Francisca.

Pero suerte, después de un par de mensajes, por fin nos encontramos y lo primero que ella pregunta es si vamos a hacer la entrevista a otro lugar. Digo que vale. Dice que si hay alguna cafetería. Digo que claro. Pregunta si hay algún Starbucks. Y aquí ya me gana el corazón, la verdad. De camino hacia nuestras bebidas, mi corazón sigue latiendo de puro buen rollo cuando, al salir a la calle Pelayo, Francisca dice que es un rollo que tenga todas esas tiendas ahí y no pueda hacer shopping porque no tiene tiempo. Y aquí es cuando me fijo con atención: parece que no vaya maquillada, va totalmente natural, pero también impecable. Una camisa de estampado en blanco, negro y grises y los pantalones sencillos hacen resaltar más todavía un collar precioso y unos ojazos que van más allá de lo expresivo.

Sí, puede que cuando por fin nos sentamos y enciendo la grabadora, Francisca Valenzuela ya me haya ganado por completo. Pero, oye, ¿no es esto mucho mejor que toparte con una de esas divas a las que cuesta arrancarle tres palabras seguidas? Antes de meternos en faena y hablar de su nuevo disco, “Tajo Abierto“, nos salimos de madre y acabamos charlando de sus fechas españolas, de lo majos que son los murcianos y de lo gigantesca que puede ser su actuación en el DCode 2014 (que se celebrará el sábado 13 de septiembre en el Campus de la Universidad Complutense de Madrid), de lo humano y de lo divino. Pero toca centrarse y hablar de lo que hay que hablar…

 

Hay dos cosas sorprendentes en tu biografía: el choque que debiste vivir al mudarte de Estados Unidos a Chile con doce años y el hecho de que tus padres fueran científicos. ¿Qué hay de ambas cosas en la Francisca Valenzuela de hoy? Yo creo que son cosas súper formativas. Lo que es más importante es el nivel familiar: aunque mis padres son científicos de investigación dura, aman la cultura y el arte y son súper apoyadores. Vieron que mi inclinación natural siempre fue hacia el arte y la música. Tengo muchos intereses, pero esos siempre fueron los más fuertes, y ellos se dieron cuenta y lo apoyaron. Los adoro y tengo la gran suerte de tener la familia que tengo, porque son todos personas creativas, también mis hermanos. Creo que eso implicó de forma muy precoz una seguridad para que dijeran “Esto está súper bien. ¡Qué rico!”. Y, si bien siempre he sido muy independiente, siempre he contado con su consejo y con su ayuda… Es una suerte y lo tengo muy presente. En cuanto al cambio de Estados Unidos a Chile creo que es toda una suerte haber tenido la oportunidad de crecer en dos lugares tan distintos. Yo me considero más chilena que gringa, pero gran parte de mi vida ha sido en Estados Unidos, tengo a mis hermanos allá y, ahora que de alguna manera estoy de vuelta trabajando allá con mi música, ha sido un reencuentro muy entretenido. Creo que es una combinación interesante. El shock, más que cultural, fue encontrarme con una sociedad mucho más homogénea y conservadora como es Chile, encontrar que todo el mundo se veía igual. ¿Por qué todo el mundo se ve como yo? [Francisca lo dice como desesperada y es inevitable que acabemos riéndonos.] Pero, en los diez años que pasé en Chile, el país ha crecido mucho y me siento súper formada por la cultura y por mis amigos chilenos. Yo creo que igualmente me hubiera dedicado a la música si mis padres se hubieran quedado en Estados Unidos, pero el camino hubiera sido diferente.

Es muy curioso ese pensamiento… ¿Cómo crees entonces que hubiera sido tu carrera de haber empezado en Estados Unidos y no en Chile? Sí que me lo planteo, ¡pero es imposible saberlo! Yo en Chile estudié periodismo, no música. Quizá en Estados Unidos hubiera estudiado otro cosa. Quizá, de alguna manera, igual partir chica en una escena como la chilena fue un beneficio porque había muy poca gente haciendo música en un formato como el mío. La coyuntura permitió que hubiera una resonancia en lo que estaba haciendo… Pero no sé si en Estados Unidos es tan fácil eso, porque es un mercado tan grande y es tan competitivo que uno pierde su identidad si no parte fuerte. De alguna manera, en Chile me permití desarrollarme e instruirme como músico hasta el momento en el que me veo con una identidad más forjada y digo: ¡ya es el momento!

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Y de ahí hasta ahora, con tu tercer disco. Si el debut es una presentación y el segundo álbum es un examen, una reválida, ¿cómo has sentido este tercer trabajo? Yo lo he sentido como un proceso más consciente. El primer disco es una acumulación de las canciones de toda la vida. El segundo lo hice sobre el primero y, de alguna manera, aprendiendo a nivelar, aprendiendo lo que es una carrera de músico profesional, aprendiendo a hacerlo sustentable, aprendiendo a reinventir… El primero fue muy austero y muy personal. Fue en un estudio con mi ingeniero: Los Bunkers, que es una banda chilena, me prestaron su equipo, su auto para llevar las cosas, el cátering…

Joder, pues para haberlo grabado así tiene un muy buen sonido… Sí, claro. Tuve la suerte de poder instruirme, y de que todos estos músicos me apadrinaran. Esa fue mi educación: pasé de no conocer ese mundo a asimilar un ritmo de ensayar la canción 17 veces, de buscar un mastering increíble. Entré directamente en una cuna súper letrada. Pero este último disco es mucho más consciente, ya que pensé “voy a dejar de tocar, voy a tomarme tres meses, voy a grabar el disco con los productores que yo quiero, voy a hacer el disco que yo quiero y va a ser un disco diferente, va a ser una cosa un poquito más aventurera”. Y más allá de lo que pase con él, creo que artísticamente fue una propuesta más consciente y con ganas de explorar cosas distintas.

¿Por qué el título “Tajo Abierto”? Por dos razones. Una es que hay una canción en el disco que se llama “Tajo Abierto“: es una canción que me gusta mucho, y esa sensación que propone de estar vulnerable y estar expuesta es algo que en realidad yo nunca había dicho musicalmente. De alguna manera, representa al disco. La segunda razón es que, a la hora de ver todas las canciones, me dí cuenta de que había algo recurrente en el tema corpóreo: órgano, tejido, piel, capilar, ventrículo, sangre… Varias de las canciones hablaban de algo anatómico, aludían al tema catedral, a lo corpóreo. El disco es este organismo, este cuerpo, y uno lo abre, mira adentro y se encuentra las canciones, que son como órganos latiendo.

La verdad es que es un concepto muy vívido, muy de contrarios: un tajo es algo que te hace vulnerable pero a la vez es una imagen muy poderosa… Sí. Es gore pero al mismo tiempo es delicado. Ha sido interesante, porque ahora, conversando por primera vez del disco, me hacen muchas preguntas al respecto del título y hay muchas percepciones que yo nunca me había planteado, porque estaba muy obsesionada con mi visión y mi explicación. Pero me dí cuenta de que hay muchas perspectivas que también son interesantes. Ayer, por ejemplo, me decían que si “Tajo Abierto” no sería una herida mía que estaba sanando, también me preguntaban que quién hace el tajo, si me lo hacen a mi o soy yo la que lo hace.

Vaya pregunta más intensa… Sí, estaba muy embalado ese periodista. (Nos reímos.) Y muy conceptual.

Antes decías que este era un disco mucho más consciente. ¿Cómo definirías entonces el sonido que buscabas en “Tajo Abierto”? Creo que no hay un sonido único. El disco, de alguna manera, refleja esa búsqueda en su variedad, en su diversidad y en su diversión ecléctica. Hay momentos más puros, otros más luminosos, unos más reflexivos, otros más livianos… Pero yo diría que es un sonido aventurero y ecléctico. Y, de alguna manera, también es eléctrico: no se basa en lo acústico, y aunque las canciones son orgánicas, tienen un peso y una densidad más eléctricos, más multicapas, con muchas texturas y mucha profundidad sónica.

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