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Que este 2013 está siendo nefasto en muchos aspectos no es nada que no sepamos. Es más, llevábamos asumiendo desde hace ya unos cuantos años que así iba a ser. Podríamos apuntar hacia cualquiera de las muchas cosas que no marchan, pero no acabaríamos nunca. Ciñéndonos a lo cultural o, hilando más fino, a lo estrictamente musical, el transcurrir de este año que tanto se presta a supersticiones absurdas está siendo especialmente devastador. Por muchísimos motivos.

La industria de la música lleva tocada más años que esta maldita y omnipresente crisis lleva instalada en nuestras vidas. No es nuevo que se proteste por los precios de los discos o que veamos desaparecer grupos estupendos por no ser capaz de mantenerse. Todos hemos sido testigos de la paulatina pero imparable desaparición de las tiendas de discos, cerradas una tras otra, sin que el esfuerzo desmedido o la valentía de los propietarios pudieran hacer nada por evitarlo. Peldaños, uno a uno, que todo el sector musical, en vez de subir, hemos ido bajando, camino de no se sabe muy bien qué, pero con el terrible presentimiento de que no conducían a tierra firme sino hacia arenas más bien movedizas. Según esto, parecía que la única vía de que la música sobreviviese pasaba por el directo. Esos momentos irrepetibles que no se pueden vivir vía streaming ni copiar de ningún colega para escuchar en el coche. Ese algo que a los enamorados de la música nos mantiene con vida y entusiasmados. Los conciertos, los festivales… eso no podía morir. Pues, amigos, lo cierto es que sí que puede, y lo está haciendo. Y aquí, evidentemente, no se trata de Primavera Sound o Sónar, cuyo ritmo es pura y afortunadamente ascendente. Todos sabemos de lo que hablo.

La intención de este texto no es, ni mucho menos, aunque lo parezca, ser cenizo. La que firma cree que el directo es algo tan mágico y tan necesario para artistas y público que, quizá los formatos cambien, o mengüe la facilidad con la que ver sobre el escenario a tu último descubrimiento local, pero nunca desaparecerá del todo. Está claro que han de abrirse nuevas vías, casi siempre, por lo que parece ser la tónica, orientadas hacia la autogestión, pero difícilmente acabarán con lo que para muchos no es solamente una pasión sino un modo de vida en sí mismo.

En esta primera mitad del año hemos observado pasivamente -le pese a quien le pese- cómo desaparecían medios en papel que, para muchos, han sido fuente inagotable de sabiduría y descubrimientos. Gracias a ellos hemos conocido -y visto en directo- a miles de grupos que, de otra manera, jamás hubieran sonado en nuestros reproductores. El papel de la prensa musical es, a día de hoy, incuestionable para cualquiera con dos dedos de frente. Las condiciones en las que se trabaja en el sector editorial, por desgracia, son para cualquiera con ese medio palmo de sesera una absoluta basura. Desde el que está arriba luchando por sacar un medio adelante hasta el colaborador que roba horas al sueño para poder escribir y compaginarlo con un trabajo “de verdad” con el que poder llevarse algo a la boca cada día (aunque, vistas las circunstancias, sólo sea arroz y pasta marca blanca). Está claro que se trata de un problema estructural que no sólo tiene sus raíces en las altas esferas, y del que todos somos en cierta medida responsables. Otro peldaño menos.

El reciente anuncio por parte de Klaus & Kinski de detener por un tiempo -quién sabe si indefinido o no- la grabación de nuevos discos nos hace plantearnos muchas cosas. Detalles aparte de este “comunicado” -ya que les tomo como ejemplo como podría haber cogido otros millones de bandas que se han visto en circunstancias similares-, el resumen sería que ciertos factores negativos han acabado por no compensar el hecho de mantener un trabajo que no te da para vivir, ni siquiera humildemente. ¿Cómo un grupo destacado del panorama nacional no puede sostenerse a estas alturas de la película? ¿Cómo es posible que ellos, justificadamente mimados por la crítica y con un público fiel, no estén en posición de poder salir adelante haciendo música? Como bien apuntaban desde Discos FUP, que a día de hoy no hayamos sido, entre todos, capaces de crear las estructuras suficientes para que eso suceda, es lamentable, pero también bochornoso. Bochornoso por parte de todos los que, de alguna manera, formamos parte de la industria.

Y no sólo miro hacia arriba, miro en todas las direcciones. Como hago cuando entro a un concierto en cualquier sala de cualquier ciudad y compruebo que, del grueso que compone el respetable, la gran mayoría no ha tenido que desembolsar un duro por estar ahí. Pretendemos que la música en directo salga adelante, pero no a nuestra costa. Nosotros somos prensa, o somos amigos del grupo, o del manager, o del sello, o de la prima de Cuenca del backline. Y estamos en lista. El mundo de la música no es demasiado grande y es relativamente fácil saber qué puertas tocar para ahorrarse la entrada de ciertos eventos. Perfectamente lógico, por otra parte, teniendo en cuenta que, a una alarmante mayoría, por las justas le llega para cubrir gastos domésticos (y ahí sí que miro descaradamente hacia arriba). No puedo, ni quiero, ni debo entrar a juzgar el qué mueve a cada uno para considerar que merece estar en ciertos lugares de manera gratuita. No soy quién. Así como he dicho antes, la prensa es una herramienta fundamental e insustituible de promoción, y es más que evidente que si tu profesión es escribir sobre música tengas que conocerla de primera mano, ya que es parte de tu trabajo. Y trabajar no debe costar dinero. Pero el músico también está trabajando y a ellos, la mayoría de las veces, sí que les cuesta palmar pasta.

No es justo que la responsabilidad de este desastre recaiga sobre la gente que ama la música profundamente y, por eso mismo, decida abrir un blog o una web para informar de la actualidad cultural, y compartir eso que tanto le da, con los demás. Se invierte mucho tiempo y mucha energía en sacar adelante proyectos como este portal en el que inconscientemente me han permitido alojar mis palabras. Y claro que creo que eso debe ser recompensado. Pero también opino -y quizá debería lanzarlo mejor como una especie de llamamiento más que como una opinión- que tenemos que ser consecuentes con nuestros actos y darnos cuenta de que, aunque representamos una parte activa de la industria, no habrá industria si salas, grupos y sellos no se ven capaces de salir a flote. Seamos honestos: no es lo mismo conseguir acreditaciones para un concierto de estadio, al cual a la promotora le supone poco o nada llenar la zona VIP de invitados, que pedir acreditación para conciertos que valen 10€ en la sala del barrio. Más aún conociendo o intuyendo los porcentajes en los que se reparten esos ingresos. En ese sentido, deberíamos saber todos diferenciar qué ocasiones bien merecen que se pague una entrada y qué ocasiones no. Y hasta qué punto podemos, y no lo hacemos porque sabemos cómo escaquearnos.

El cierre de El Nasti deja huérfano el corazón de Malasaña y, hablando desde el total desconocimiento de los motivos (pese a hacerme una idea bastante clara, como todo el mundo), pone de relieve una realidad que es terrorífica y que me genera mucho desasosiego. Nos están poniendo todas las trabas del mundo para disfrutar de una, no grandísima, sino enorme pasión (empezando por la abusiva subida del IVA y siguiendo por todos los obstáculos que, desde los Ayuntamientos, imponen al sector de la cultura y el ocio), pero al igual que en ese frente hay muchas cosas que cambiar, desde el nuestro, se puede actuar con una mayor limpieza. Una escena ha de ser sostenible para que nadie tenga que meter mano más allá de lo inevitable en ella, y en ese factor de la ecuación sí que entramos todos.

No se trata de criminalizar a nadie, ni de apuntar en una dirección en concreto. Entra dentro de la responsabilidad de cada uno seleccionar qué bandas merecen desembolsos y cuáles no. O qué situaciones. No hay que ponerle barreras al acceso a la cultura, en eso estaremos todos de acuerdo. La cultura no es un lujo, claro que no. Pero la escena independiente pocas veces ha dependido de los de arriba y, si realmente queremos apoyarla, tenemos algo parecido a un granito de arena que aportar desde abajo. Cuatro cañas menos son una entrada más. Y ese trozo de papel o código QR supone mucho más de lo que pueda parecer dicho aquí y en este contexto.

Quede claro que esto tan sólo es una reflexión que me gustaría trasladar. Como ocurrió con la venta de discos, cuyo declive quedó más que patente pero evidentemente no afectó por igual a ciertos artistas que a otros, la moraleja en estos casos suele ser la misma: la vieja historia del pez gordo que se come al chico y de cómo sólo resisten los más fuertes. Hagamos entre todos de la escena independiente, alternativa o como nos dé la gana llamarla, algo fuerte, vivo, y alimentemos a aquellos que, empezando, necesitan ser rentables a esos que apuestan por ellos, aunque sean, en la mayoría de los casos, ellos mismos. Siempre he creído que somos suficientes para hacerlo y, sobre todo, que amamos la música con tantas ganas que seríamos capaces de eso y de mucho, mucho más.

[María Bernal]

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