Cerramos nuestras crónicas del Festival de Cine Europeo de Sevilla 2015 centrándonos en lo nuevo de Miguel Gomes y José Luis Guerín… Puro impacto.

 

Finalizado el Festival de Cine Europeo de Sevilla 2015, vuelve a quedarme la sensación de que, por favor, con el paso de los años cambie lo menos posible. De nuevo, organización, comodidad y rigor en la selección de la programación me parecen difícilmente superables. Cierto es que quizás la calidad global de la treintena de películas que hemos podido ver este año no nos parece que iguale el nivel del que disfrutamos en 2014 (“El País de las Maravillas”, “Cavalo Dinheiro”, “Saint Laurent”, “Leviatán” o “Cábala Caníbal” pusieron el listón demasiado alto), pero hemos encontrado un buen puñado de cintas que, sin duda, se encuentran entre lo mejor que hemos visto en este 2015.

Quizás la mayor decepción de la segunda mitad de festival llegó con “L’Ombre des Femmes” de Philippe Garrel. El problema debe ser sin duda mío, a fe de los comentarios mayoritariamente positivos que surgían tras la proyección de esta historia sobre una pareja que se deshace lenta pero progresivamente. Pero Garrel, que -como ya ocurrió en “La Jalousie”- vuelve a utilizar un blanco y negro ligeramente sobrecontrastado y granulado para tratar la imagen del relato, llena su obra de una suciedad, tanto moral como espacial, que me impide desarrollar sensaciones positivas hacia ella. Repito: seguro que el problema debe ser mío.

En el polo opuesto, tres obras como “Stubborn (Une Histoire Americaine)” de Armel Hostiou, “Berserker” de Pablo Hernando y “Microbe et Gasoil” (en la foto de cabecera) de Michel Gondry ponen énfasis en una cierta liviandad para crear tres cintas absolutamente detox, necesarias ante tanta gravedad circundante. La primera es una especie de comedia romántica trastocada, que exprime hasta el paroxismo pero con mucho humor -gran parte del mérito atribuible a la figura de su protagonista, el heroico Vincent Macaigne– la figura del perdedor emocional levemente desequilibrado. “Berserker”, tan amarga como divertida en un curioso equilibrio, es un thriller que nada entre la comedia ligeramente absurda, el costumbrismo y la ciencia ficción, y que cuenta también entre sus principales méritos la mirada de su protagonista, un inmenso Julián Génisson, aquí eternamente atónito y semihastiado ante las desbordantes circunstancias a las que se ve abocado. Por último, como ocurre en “Berserker”, la simpática película de Michel Gondry tampoco se casa con un género determinado, y lo que nace como una comedia de adolescentes inadaptados cortada por patrones bastante clásicos evoluciona hasta transformarse en una impensable road movie, hilarante, lúcida y sensible.

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Tiempo habrá de extenderse en su próximo estreno a propósito de una de las cintas más esperadas del certamen, “Langosta” (en la foto). La película de Yorgos Lanthimos parece una gran broma infinita, gélida y retorcida, pero el miedo y el dolor es real cuando descubres que, a través de la hipérbole, el cineasta griego está construyendo una de las alegorías más sensatas y fascinantes sobre la sociedad jerarquizada por la pareja.

Tan interesantes como la obra de Lanthimos me parecieron dos obras que comparten entre sí la pasión por la estética a la hora de configurar sus elementos formales: “Under Electric Clouds”, de Aleksei German, y “Eisenstein in Guanajuato”, de Peter Greenaway. La primera se sirve de diversas historias cercanas al teatro del absurdo con personajes que deambulan por un espacio común cercano a las ruinas postnucleares, en lo que parece una simbología de la desintegración a lo largo de los últimos cien años del ideario soviético, para crear un cuento amargo, una letanía distópica tan irritante en sus pretensiones como inconmensurablemente bella. Por otra parte, la última película de nuestro esteta predilecto se desmarca del enclaustramiento de su anterior obra, la intrincada y también brillante “Goltzius and the Pelican Company”, para entregarse de forma más lúdica a los espacios abiertos de México en la narración de un fragmento de la vida de Sergei Eisenstein en dicho país. “Eisenstein in Guanajuato” es realmente, como prácticamente todo el cine de Greenaway, un estudio de la pasión por caminos maravillosamente ornamentales, con estimulantes composiciones formales donde destacan el sobreuso de una paleta cromática en alto rango dinámico y de la pantalla partida con repetición de escenas a modo de canon. Tan abigarrada y fascinante como liviana y sorprendentemente humana, “Eisenstein in Guanajuato” debería volver a reconectar a la audiencia con un cineasta al que tiene abandonado desde hace demasiado tiempo.

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–¿De dónde nacen las historias?
–De los deseos y temores de los hombres.
–¿Y para qué existen?
–Para ayudarnos a sobrevivir. Para conectar el tiempo de los muertos de los que vendrán.

Este diálogo entre Sherezade y su padre en la noria de un parque de atracciones en el último episodio de “Las Mil y Una Noches” resume la esencia misma de esta película-tríptico y, de alguna forma, la obra entera de Miguel Gomes: recuperar el tejido del pasado (los recuerdos) e injertarlo en el presente para poner los cimientos del futuro del cine; el arte de contar historias por medio de las imágenes, las palabras y los silencios. “Las Mil y Una Noches” funciona como panegírico hacia un Portugal que, como pueblo, resiste pese a todas las circunstancias en su contra; un tratado de denuncia hacia la situación política y social vivida recientemente en el país del director, camuflado entre los recursos suntuosos y lúdicos que le permite la licencia de recrear múltiples historias recopiladas con nexo de unión vago, confuso y, sin embargo, absolutamente ineludible.

El primer capítulo, “El Inquieto”, se vale de un exordio para poner sobre el tablero el tema central de la obra de la forma más cruda posible: la crisis económica, las consecuencias de las políticas de austeridad, el desamparo social. Tras él, numerosos episodios en forma de pequeños cuentos bastante morales vertebran la construcción del relato en sí. Es curioso cómo “Las Mil y Una Noches”, y de forma más patente este primer episodio, se nutre de ciertas referencias estilísticas y temáticas de la obra más reciente de su autor para formar una especie de compendio de sí mismo. Así, la sátira política de “Redemption” (aquí descarnada en el hilarante episodio de la troika y sus problemas de priapismo), la fantasía mágica hilvanada mediante voz en off de “Tabú” y la celebración de lo telúrico y la interferencia de lo real en lo ficticio (de nuevo el propio Gomes y su equipo técnico creando un pequeño relato interpuesto en la ficción de la obra) de “Aquel Querido Mes de Agosto”, son elementos que brillan dentro de la reflexión global sobre Portugal (y sobre Europa) hoy día, haciendo de “El Inquieto” una obra que funciona por sí misma como un todo, como un relato concluso y maravilloso.

Esto contrasta con “El Desolado”, segundo episodio de la trilogía, que contrariamente a “El Inquieto”, no es fácilmente asumible como obra cerrada. “El Desolado” desprende una sensación de transicionalidad y de una cierta dispersión intrínseca. Para quien esto escribe, se trata del segmento menos interesante cinematográficamente. Y, aun así, contiene quizás el episodio más brillante de toda la trilogía, el llamado “Las lágrimas de la jueza”, que es un prodigio de comedia pura, de humor desmesurado y de construcción perfecta, mediante la retórica, de una inigualable galería de personajes.

Finalmente, “El Embelesado”, el desconcertante episodio que cierra el tríptico, fragmenta la poesía que le da inicio, con Sherezade ya no como narradora sino como protagonista en unos episodios que son pura ambrosía, mediante la intersección de un largo capítulo documental centrado en un concurso de pájaros cantores en un barrio periférico de la capital portuguesa, prolongación misma del nexo temático fundamental de la obra en un ejercicio de actuación local e implicación global: de la Alta de Lisboa hasta / para Europa.

En esencia, creo que Gomes se afianza con esta obra total como quizás uno de los cineastas, junto con Apichatpong Weerasethakul -por citar dos referentes al alcance de casi cualquier espectador-, más libres y a su vez más congruentes con la libertad que permite (o a la que debería obligar) el acto creativo cinematográfico, y también más hábiles a la hora de construir un relato siguiendo unos patrones cercanos a la anarquía, que parecen obedecer más al instinto, y menos a la reflexión, de su creador.

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Dicho esto, podría uno pensar que la obra de Miguel Gomes ha sido nuestra preferida del festival. Y lo hubiera sido de no haber existido una película llamada “La Academia de las Musas”. La fascinante nueva obra de José Luis Guerín narra casi a modo de documental salvajemente íntimo la relación que se establece entre un profesor de filología y sus alumnas ante la mirada de su mujer. La primera virtud del director catalán a la hora de plantear la construcción del relato es romper de forma absoluta pero con ternura la membrana que podría separarnos emocionalmente de la historia; la cámara de Guerín es un testigo cercano, demasiado cercano, a las tragedias -pero también, indivisiblemente, comedias- que nacen de esta rueca narrativa en la que el profesor actúa como eje intelectual-emocional y las alumnas giran en torno a él para crear la historia mediante el engranaje perfecto de todos los elementos.

La segunda virtud es darle todo el protagonismo a la palabra: la palabra como esencia misma de la comunicación pero también como reposo de los silencios, a veces tan o más importantes en “La Academia de las Musas” que el torrente retórico que define la obra. Confiesa el propio Guerín que su película es un “homenaje a la palabra”, y así es, pero aquí “palabra” excede en sí misma su acotación semántica. Del lenguaje es imposible escapar porque el lenguaje lo es todo: palabra pero también silencios; gestos pero también sombras; versos pero también miradas. Gozo pero también culpa: la vida en sí misma.

Termino. La tercera virtud es la habilidad de Guerín para no quedarse en la palabra pura y hacer que la imagen contextualice en todo momento el discurso. Los rostros aparecen siempre cercanos en el plano, colocados en el encuadre de forma que no podemos dejar de cuestionar sus miradas -como en las escenas en la casa del profesor: él, en profundidad, emitiendo un discurso casi hacia sí mismo, hacia adentro; su mujer, en primer plano, emitiendo sus respuestas hacia fuera, hacia nosotros los espectadores-. De igual forma, las caras de los protagonistas aparecen frecuentemente presentadas tras vidrios (en un bar, en un coche, en casa tras las ventanas), emitiendo una sensación dual, de intimidad invadida, en la que la reclusión que permite a los personajes desnudarse emocionalmente es en realidad para nosotros un escaparate singular, en un ejercicio de voyeurismo interesantísimo.

Además, la universalidad y la relativa inmaterialidad de la película, que no tiene (no necesita) un tiempo o un espacio concreto, se ve únicamente truncada de forma parcial con los reflejos de la realidad circundante que se proyectan sobre los rostros tras los cristales, conectando de alguna forma a los personajes-ideas al mundo de lo tangible.

De vez en cuando, la perfección nace en los márgenes de lo estético, en la profundidad de la retórica, en la parte sonora de la inteligencia. Este es el caso de “La Academia de las Musas”: una victoria inmisericorde de la belleza, de la palabra y de la belleza de la palabra.

 

PALMARÉS del FESTIVAL DE CINE EUROPEO DE SEVILLA 2015:
GIRALDILLO DE ORO A LA MEJOR PELÍCULA: “La Academia de las Musas” de José Luis Guerin
GIRALDILLO DE PLATA: “Las Mil y Una Noches” de Miguel Gomes
PREMIO ESPECIAL DEL JURADO: “Rabin, The Last Day
PREMIO A LA MEJOR DIRECCIÓN: Roberto Minervini por “The Other Side
PREMIO AL MEJOR GUION: Alexandru Baciu por “One Floor Below
PREMIO A LA MEJOR ACTRIZ: Clotilde Courau por “L’Ombres des Femmes
PREMIO AL MEJOR ACTOR: Teo Corban por “One Floor Below
PREMIO A LA MEJOR DIRECCIÓN DE FOTOGRAFÍA: Diego Romero por “The Other Side
GRAN PREMIO DEL PÚBLICO: “Mustang” de Deniz Gamze Ergüven

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