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En una de esas referencias tan meta que tan bien se le han dado a 30 Rock a lo largo de su historia, en su penúltimo episodio (emitido la semana pasada), Jack Donaghy (Alec Baldwin) se marcaba un histórico discurso sobre cómo la televisión en abierto es “un negocio moribundo, cuyo presidente sólo puede ser un saqueador de tumbas dispuesto a robarle los últimos adornos al cadáver”. Ayer noche, cuando, después de siete temporadas y 136 episodios, la NBC emitía su última entrega (un especial de una hora), la televisión en abierto se quedaba, efectivamente, sin uno de sus últimos grandes referentes en un género (la comedia) donde cada vez le quedan menos baluartes. Nunca ha sido un fenómeno, ni mucho menos (de hecho, es un milagro que haya conseguido llegar hasta aquí con sus ridículas audiencias), y sin embargo es evidente que, por influencia, prestigio, repercusión y premios, ayer se puso punto final a una pequeña página de la historia de la televisión.

Si tenemos que hacer de abogado del diablo para no ponernos excesivamente sentimentales, lo honesto sería recordar cómo el mayor enemigo de “30 Rock” siempre ha sido ella misma: en primer lugar, el insuperable (e insuperado) nivel de aquellas tres primeras temporadas tan insultantemente perfectas. Tina Fey se montó su chiringuito independiente de “Saturday Night Live” y entró como un elefante en una cacharrería: episodios que eran un torbellino, un puto cohete de veinte minutos ametrallando chistes a razón de una docena por minuto a un ritmo de locura y con un puñado de personajes a cual más desquiciado y más mezquino. Y, a partir de ahí, el hermetismo cada vez mayor que suponía ser insobornablemente fiel a sus propios principios: cada vez más loca, cada vez más referencial, cada vez más encerrada en sí misma y en su cada vez más específico target. Para rematar, su renuncia absoluta a la más ligera evolución de personajes dejaba a la serie sola con sus chistes: si funcionaban, el capítulo triunfaba; si no, el espectador empezaba a mosquearse a base de percibir repetición y pérdida de chispa.

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Pero yo nunca he abandonado “30 Rock“. Será porque el menos inspirado de sus capítulos sigue siendo una lección de cómo hacer comedia en televisión, porque en el momento más inesperado consiguen clavar una línea de diálogo de ésas que no puedes esperar a soltar en cualquier contexto o porque siempre han conseguido superarse y, cuando creías que te estabas aburriendo, aparece Denise Richards como presidenta del sindicato de idiotas y te dan ganas de levantarte y aplaudir. Un mero vistazo a la lista de personajes que han pasado por “30 Rock” (de Al Gore a Oprah Winfrey, de Matt Damon a Condoleeza Rice, de Robert de Niro a Kim Kardashian) podría valer para explicar que esta ha sido todo menos una serie cualquiera, lo opuesto a la vulgaridad y la irrelevancia. Ha superado todos los retos que se ha autoimpuesto (desde los episodios en directo hasta conseguir ponerse tierna por primera vez durante treinta segundos en su penúltimo episodio… y que funcione) y, de alguna forma, ha combinado con brillantez ser la serie que más se ceba con la televisión y la que más amor por ella transmite. Un poco como cuando no consientes que se metan con tu familia porque con tu familia te metes tú (y mucho) y un poco como cuando los fans de “30 Rock” no consentimos que se metan con ella porque con ella ya nos metemos nosotros (y mucho). Te echaremos de menos, Liz Lemon. [Pedro Vázquez]

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Tras siete años siendo una de las mejores series con reconocimientos tanto de público como de crítica, “30 Rock” pone punto y final a su andadura en televisión y se despide de todos sus fans. En momentos como este, es imposible no echar la mirada atrás y preguntarse “¿qué ha significado esta serie para mí?” La verdad es que es una cuestión que siempre me planteo cuando algo que ha estado conmigo durante una etapa de mi vida desaparece para siempre. Algunas veces, la respuesta se limita sollozos de desesperación y días de clausura en casa (“Lost”, “Battlestar Galactica”, “Bored to Death” o “Terriers”, por mencionar tan solo algunas) y, otras veces, la despedida simplemente pasa de largo y ese vacío se rellena con otras cosas.

Así que: ¿qué ha significado “30 Rock” para mí? La verdad es que Liz Lemon, Jack Donaghy y cía, y yo hemos tenido una relación tortuosa que, con el tiempo, ha acabado por estabilizarse, convirtiéndonos en un matrimonio feliz. La primera vez que vi la serie fue allá por el 2007. Recuerdo que era una de esas largas noches de verano donde me escapaba de madrugada para buscar porno en la tele. Mientras cambiaba de canal intentando encontrar lo que me interesaba, me topé con esta maravillosa serie. Quedé estupefacto con la calidad que tenía y con lo graciosa que era, muy distinta a las series que por aquel entonces veía. Desgraciadamente, era un adolescente en su máximo esplendor y tenía la cabeza -y sobre todo las manos. en otro sitio, así que cambié de canal y volví a lo mío. No fue hasta hace un año que, gracias a las insistencias de mi novia -entiéndase insistencias como amenazas de ruptura-, volví a “30 Rock“, esta vez desde cero y sin distracciones.

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El resultado fue que en un mes me tragué sus siete temporadas y me puse al día con la emisión USA. Desde ese momento, los viernes se han convertido en un día sagrado donde, pre o post-coito, mi novia y yo dedicamos religiosamente veinte minutos de nuestro día y toda la atención a esta serie. Desde luego, los viernes ya no serán lo mismo y esta no es una serie que pueda remplazarse fácilmente. Personajes carismáticos, muy bien escritos que consiguen formar parte de tu vida -incluso más de lo que desearías, ya que Baldwin Donaghy es la única persona con la que me pondrían los cuernos y me lo repiten cada vez que sale en pantalla, así que hagan las cuentas ustedes mismos- a los que será imposible no echar de menos. Hemos perdido una cita fija, pero hemos ganado unos compañeros para toda la vida. Así que buen viaje y buena suerte Liz, Jack, Tracy, Kenneth, Jenna y, sobre todo a ti, Lutz. Siempre has sido mi preferido. [Marco Ascione]

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