Fans de “Pose”, vuestro nuevo cómic favorito será “Trapicheos en la Segunda Avenida”

¿Has visto la serie “Pose” y no puedes adorarla más? Pues debes saber que “Trapicheos en la Segunda Avenida” está destinado a ser tu nuevo cómic favorito.

 

La primera página de “Trapicheos en la Segunda Avenida” está totalmente ocupada por la imagen de una especie de altar. En él se pueden reconocer elementos imprescindibles en todo altar que se precie: santos, vírgenes, budas y una cantidad indecente de velas, velitas y velones. También hay fotos. Muchísimas fotos. Todas ellas de personas que, en su gran mayoría, sonríen mirando directamente a cámara. Y, en la parte inferior del altar una mano entra desde fuera de la viñeta sosteniendo la foto de dos hombres abrazados, sonriendo y mirándose a los ojos. Inequívocamente enamorados.

La segunda página de “Trapicheos en la Segunda Avenida” se divide en seis viñetas en las que las tres de la derecha, protagonizadas por uno de los dos hombres enamorados de la página anterior, plantean un juego narrativo con las tres de la izquierda, en las que la protagonista es Joyce Brabner, la autora de la historia de este cómic ilustrado por Mark Zingarelli. En esta página, Joyce y el hombre enamorado salen de sus respectivas casas y se encuentran en una cafetería. Y, como en la foto del altar, el hombre en cuestión, un osete cincuentón con coleta y una barba bien poblada, no abandona nunca una expresión de total dulzura y bonhomía.

Este hombre es Raymond, un amigo de toda la vida de Brabner (viuda de Harvey Pekar -al que ayudó en muchos de sus cómics- y reputadísima autora de cómics de no ficción y denuncia social) al que la autora convoca para que le explique una historia concreta en primerísima primera persona. Esta es la historia de cómo un grupo de marginados sociales se estructuró en forma de verdadera familia en la que todos velaban por todos y cuidaban de todos durante el gran azote del sida en las décadas de los 80 y los 90.

El cómic retrata una realidad que resuena en la actualidad de forma poderosa (¿no ha vivido el sistema sanitario norteamericano un paso atrás que ha dejado desamparados, de nuevo, a los marginados?), puesto que su corazón relata las aventuras y desventuras de Raymond y sus amigos a la hora de viajar hasta México para introducir ilegalmente de vuelta a EEUU todo un conjunto de fármacos que aumentaran la esperanza de vida de los enfermos de sida. Unos fármacos que el gobierno yanki, en su desidia ante una epidemia que solo parecía afectar en sus inicios a una comunidad estigmatizada y descastada, se negaba a explorar y repartir con la celeridad que la situación realmente demandada.

Trapicheos en la Segunda Avenida

De esta forma, “Trapicheos en la Segunda Avenida” puede leerse como un verdadero cómic de aventuras, puesto que está repleto de odiseas que, a través de los ojos de Raymond, resultan totalmente descacharrantes. La clave de humor es inevitable cuando el protagonista relata cómo una lesbiana y un gay se hicieron pasar por un matrimonio de ancianos para cruzar la frontera en una furgoneta a rebosar de fármacos ilegales… Y lo sorprendente es que esa clave de humor nunca desaparece por mucho que, en la parte trasera de la furgoneta, viaje un enfermo de sida terminal en sus últimos días de vida.

Pero, además, “Trapicheos en la Segunda Avenida” también puede leerse como un fresco de amplias dimensiones sobre el que sus Raymond y Joyce pintan los colores diversos y vibrantes de la comunidad LGBTIQ durante uno de sus eras más oscuras. Por las páginas de esta novela gráfica circulan las historias de Jacob (pilar del grupo de amigos que les oculta que tiene sida hasta las últimas consecuencias), Gibby (gigante bonachón siempre dispuesto a ayudar) o Veronda (mujer trans con un parecido más que razonable a RuPaul). Además de participar activamente en la historia del cómic, a cada uno de ellos se les dedica un altar como el de la primera página con sus fotos y memorabilia.

Un detalle tierno y realmente precioso que deja bien claro que esta novela gráfica no pretende detenerse en las lágrimas por todo lo perdido en el fuego del sida. Para eso ya han habido otras producciones culturales últimamente como la furiosa película “Keep The Lights On” de Ira Sachs, la apocada “Estiu 1993” de Carla Simón o la descarnadamente documental “E Agora? Lembra-me” de Joaquim Pinto. “Trapicheos en la Segunda Avenida“, sin embargo, se acercaría más bien al activismo de otros films y series igualmente frontales con el problema del sida como “120 Pulsaciones por Minuto” de Robin Campillo o “When We Rise” de Lance Black.

De hecho, el logro documentalista de Joyce Brabner puede considerarse a la par al de Campillo retratando la revolución de Act Up en la Francia de los 90 o al de Black haciendo un repaso en profundidad a la historia de la comunidad LGBTIQ en EEUU hito a hito a lo largo de cinco décadas… Aun así, el activismo de “Trapicheos en la Segunda Avenida” tiene algo diferente que, a su vez, le acerca a uno de los eventos televisivos más comentados de este año 2018: “Pose“, la serie de Ryan Murphy que pasará a la historia no solo por haber contado con el cast con más actores trans de la historia, sino sobre todo por haber conseguido mostrar al mundo una historia en la que el sida siempre está ahí, pero que nunca impide a sus protagonistas vivir al máximo, sin mayores dramas que los tuyos y los míos e incluso de una forma que tiende a lo idealizado.

Dicho de otra forma: “Pose” demuestra que se podía ser optimista incluso en los tiempos del sida… Y aunque a la serie de Murphy se le puede criticar que sus personajes pasan demasiado de rositas por esta época, al cómic de Brabner y Zingarelly se le puede y se le debe alabar precisamente por lo contrario: por conseguir equilibrar la balanza de forma coherente y ecuánime a la hora de mostrar que el sida fue una plaga dramática que dejó mermadas las fuerzas de la comunidad LGBTIQ precisamente cuando más las necesitaban, pero que incluso así fue incapaz de acabar con la alegría de vivir de personas como este Raymond que, casi en la totalidad de las páginas de “Trapicheos en la Segunda Avenida” (algún bajón tiene, pobre), mantiene la sonrisa, la dulzura y la bonhomía en la mirada. [Más información en la web de la editorial Dos Bigotes]

 

Trapicheos en la Segunda Avenida

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