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El cine, como cualquier otra forma de arte, no deja de ser un espejo del mundo en el que es creado. Por lo tanto, no es de extrañar que, al igual que ocurre en ese mundo que le rodea, el arte también se base en una carrera de fondo en la que lo importante es ir superando metas. Llevemos más allá todavía esta idea: además de un reflejo, el arte acaba erigiéndose como la avanzadilla del mundo real. Es normal que en el terreno artístico se superen las metas un tiempo antes que en el mundo real: los artistas utilizan sus herramientas abstractas (y no tan abstractas) para forzar la normalización de conceptos y tabús. Porque, al fin y al cabo, cuando hablamos de “metas” de lo que estamos hablando precisamente es de “tabús”.

Muchos han sido los tabús más o menos grandes que el cine y otras artes han ayudado a normalizar: desde el papel de la mujer en la sociedad hasta la homosexualidad, desde la esclavitud hasta el maltrato de género… La última gran frontera del cine, sin embargo, podría decirse que fue la violencia. Los años 80 pusieron la primera piedra cuando convirtieron el cine de terror en el género taquillero por excelencia, pero lo que no podían vaticinar es que, en medio de aquel horror palomitero, películas como “Henry. Retrato de Un Asesino” (John McNaughton, 1986) se dedicaron a explorar una visión mucho más cruda de la agresión física. Los ecos de todo lo vivido en los 80 se convirtieron en una oleada normativa durante los 90, cuando incluso fenómenos punteros como el snuff pasaban de ser algo que temer, como en “Tesis” (Alejandro Amenábar, 1996), a ser algo plenamente asimilable gracias a versiones estilizadas y aborrecibles como las de “8mm” (Joel Schumacher, 1999). ¿El resultado? A día de hoy, el espectador medio se ha hecho inmune a todo tipo de violencia audiovisual. Lo que un tiempo atrás resultó irreverente hoy está trillado y ha perdido su capacidad de asombrar. Así las cosas, ¿dónde está la próxima irreverencia que siempre busca todo tipo de arte?

A tenor de ciertos estrenos recientes e inminentes, parece claro que la próxima frontera va a ser una visión realista del sexo. Más de cien años después del nacimiento de este medio, los lindes de la “representación” se han ido dinamitando cada vez con mayor ahínco para que la verosimilitud deje de ser verosimilitud y sea realidad pura y dura. Ante este paradigma, las escenas de sexo del cine contemporáneo se plantean como una paradoja: este tipo de escenas tienen que existir, pero ¿tienen que ser una representación? ¿Por qué parece que todas han de ser filmadas siguiendo los mismos parámetros, casi utilizando los mismos planos? Tampoco voy a decir que estas preguntas sean algo nuevo: hace décadas que el germen de estas cuestiones fue plantado. La cuestión es que parece que aquel germen por fin se ha convertido en una planta carnívora que está dispuesta a propinar unos buenos mordiscos a todo aquel que se acerque a ella.

 

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EL SEXO PRETÉRITO. Puede parecer extraño que estemos hablando de la superación del tabú sexual ahora, en pleno siglo XXI, cuando la supuesta revolución sexual aconteció en la década de los 60. La posible explicación a semejante decalage cronológico podría encontrarse en que, en el momento en el que estas ideas explotaron en el seno de la sociedad conservadora, los medios de reproducción cinematográficos todavía eran demasiado formales: esta esquizofrenia en la que el cine parece que nunca ha querido tener nada que ver con el video arte (hasta estos últimos años, todo sea dicho) provocó que las estructuras narrativas fílmicas fueran y sigan siendo estrictamente clásicas y conservadoras. De esta forma, no es de extrañar que, en un medio supeditado a los dictados de lo comercial, se intente vulnerar lo menos posible la sensibilidad del espectador que ha de pagar la entrada en taquilla. La cuestión es no salirse de las convenciones del relato clásico.

Aun así, precisamente a partir de la década de los 60 ya se puede empezar a sentir la impronta de un aperturismo mental en cuanto a lo que sexo se refiere. Las muestras más avanzadas de abordaje de un sexo real y no simulado son ostentadas, como no podía ser de otra forma, por la vanguardia artística: Warhol, protagonista de múltiples revoluciones y aficionado a detonar explosivos alrededor de todo tipo de convencionalismos, también puso su grano de arena en la liberación sexual cinematográfica con cintas producidas para Paul Morrissey, como las icónicas “Flesh” (1968), “Trash” (1970) y “Heat” (1972). Operando igualmente dentro de los márgenes del cine proto-queer y experimental, otros directores fueron capaces de dulces osadías como la muy digresiva pero visualmente sublime “Pink Narcissus” (1971), de James Bidgood: un poema en celuloide repleto de cuerpos púberes que retozan alegremente. Pero, como ya he señalado más arriba, la corriente mainstream del cine siempre se ha mostrado impermeable a los logros de la vanguardia así que, mientras que artistas como Warhol o Morrissey se dedicaban a pasarse las convenciones por la entrepierna, la taquilla más masiva prefería dar cobijo a otro tipo de cine erótico.

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Evidentemente, cualquier ejemplo que se pueda poner sobre la mesa al respecto de este nuevo cine erótico de los 70 va a resultar, a día de hoy, risible. Lo que hace treinta o cuarenta años se consideraba el colmo de la pornografía cinematográfica sería actualmente despachado por cualquier cinéfilo adolescente como una indolente muestra de erotismo de telefilm de sobremesa. Los mismos padres y abuelos que nos explicaban de pequeños aquella batallita en la que habían cruzado los Pirineos para ir a Francia y poder disfrutar allá de la mítica escena de la mantequilla en “El Último Tango En París” (Bernardo Bertolucci, 1972), se reirían a día de hoy a mandíbula batiente de lo naïf de aquella propuesta. Son los mismos padres y abuelos que no tardarían en verse involucrados en un vorágine de supuesto cine erótico que, a lo largo y ancho de los años 70, fue dibujando una parábola in crescendo en la que una cantidad ingente de sexo podía ser mostrada en la gran pantalla siempre y cuando tuviera una cortada esteticista como las de “El Imperio de los Sentidos” (Nagisa Ôshima, 1976), “Calígula” (Tinto Brass, 1979) o cualquiera de los hipersexuados trabajos de Derek Jarman (con especial mención a “Sebastián” -1976-, que se convirtió en un verdadero faro guía para la cuestión gay).

También hay que reconocer que algunos de estos films conseguirían empujar las fronteras un poquito más lejos (como aquella “Emmanuelle” -1974- de Just Jaeckin que bailó en la frontera entre lo erótico y lo porno para acabar cayendo en el terreno de lo segundo)… Pero eso no impidió que, a partir de la década de los 80, este sexo preeminente esteticista se viera reproducido de forma mimética, siempre en los límites del supuesto “buen gusto” y, sobre todo, de la corrección moral. Habrá que avanzar hasta el siglo 21 para que la revolución sexual real dé sus primeros coletazos…

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