el-palacio-de-linares-la-espalda-de-un-perro

En 1990, una historia protagonizada por espectros y voces venidas del más allá sacudió la plácida vida de muchos de los que en aquel año aún éramos unos niños preocupados por jugar al balón y comer nuestro bocata de Nocilla ante la tele a la hora de la merienda: la de los fantasmas del madrileño Palacio de Linares, cuyas supuestas imágenes poblaron las revistas de la época y nos metían el miedo en el cuerpo sin remedio. Claro, todavía no sabíamos que existían Iker Jiménez y su barbudo colaborador Santiago Vázquez -quien, por cierto, estudió in situ el caso palaciego- para que nos diesen una explicación del asunto y aplacasen nuestro pavor… Ni tampoco nos imaginábamos, ni por asomo, que veintitantos años después el nombre del lugar de tan tétrico misterio -inevitablemente, ambos conceptos se relacionarían en nuestras mentes para siempre- serviría para que una banda afincada en la capital de España se bautizase tal cual, El Palacio de Linares.

Una denominación que le viene como anillo al dedo a la formación compuesta actualmente por Mariví Hernández, Clara Collantes (sustituyó a Ángel Román, cantante y guitarra, una vez grabado el disco) y Gonzalo Marcos, no tanto porque sus canciones se basen en relatos de poltergeists y espíritus varios, sino más bien porque encaja extraña pero maravillosamente con su poliédrica esencia sonora, de magnetismo tan poderoso, atractivo y paranormal (en el mejor de los sentidos) como el de los sucesos fantasmagóricos descritos en el comienzo de este texto. Una característica de El Palacio de Linares que ya se vislumbraba en los primeros pasos de la banda a través de Himalaya (Elefant, 2012) y La Casa es Negra (Discos de Paseo, 2013), dos pizpiretos y exquisitos EPs repletos de un vibrante pop que se derivaba de The Go-Betweens, The La’s o The Feelies, la escudería neozelandesa Flying Nun, la sección más popera de la Motown e incluso del alegato mediterráneo-meridional germinado en nuestro país hace unas temporadas.

Esta acertada mezcla estilística practicada dentro del amplio género pop sugería que, en cuanto se decidiesen a publicar su primer largo, El Palacio de Linares podrían entregar un verdadero pelotazo de los que dejan huella. Y, pese a lo hiperbólico de la expresión, esa es la conclusión a la que se llega tras degustar “La Espalda de un Perro” (Sweet Grooves Records, 2014), un 10’’ que lleva a su máxima expresión el atrevimiento del trío a la hora de modelar la materia prima con la que trabaja sin límites, corsés ni prejuicios. Eso sí, teniendo en cuenta que su base primordial es el indie-pop de las referencias clásicas mentadas unas líneas más arriba combinadas con otros ascendientes como Belle & Sebastian.

Para que no quede ninguna duda sobre lo expuesto, las dos caras de “La Espalda de un Perro” muestran de una manera perfectamente diferenciada el heterogéneo potencial de El Palacio de Linares. No resulta extraño, pues, que la cara A arranque con una pieza metamusical, “Luisimón”, que radiografía al grupo y exhibe parte de su ideario y modus operandi: se habla de su propio proceso compositivo, se menciona a The Velvet Underground y Vainica Doble y se homenajea a Luis y Montse -de ahí su título- de Elefant a modo de recuerdo a su primera discográfica. Todo ello explicado en cuatro minutos de pop eléctrico sencillo pero adictivo que da paso a la sección más sorprendente del lote. Para empezar, “Hoochie-coo”, que calca la rítmica del “Faith” de George Michael para hablar de las relaciones amoroso-sexuales aunando apuntes cinéfilos, mariscos y pescados con Will Smith en una letra delirante. ¿Uno de los hits nacionales del 2014? Indiscutiblemente. A renglón seguido, “Ana La Plañidera” introduce en una jota pop inocente y arrebatadora hierbas de La Bien Querida, los Klaus & Kinski más folclóricos y de Los Planetas más flamencos. Y “El Periódico al Revés” pone el broche mediante una indie-rumba interpretada con gracejo en castellano, catalán e inglés a la que Peret daría su aprobación sin rechistar.

Después de este festín multisonoro, la cara B de “La Espalda de un Perro” transcurre por derroteros más previsibles pero no menos efectivos. De hecho, esta parte certifica la sapiencia de El Palacio de Linares para aproximarse a sus influencias sin mimetizarse con ellas, a pesar de que “Mayor” se mueva entre los claroscuros de Sr. Chinarro y “Prometo no Reír” cruce a The Vaselines con Belle & Sebastian. Para rematar la faena, “Simbabbad de Batbad” se sumerge en el bubblegum-pop psicodélico, colorista y de melodía pegadiza que bien podría servir de banda sonora para series de dibujos animados nada infantiles como “Historias Corrientes”, por ejemplo. Y “Window Water Baby Moving” añade un último toque melancólico y agridulce que no impide desear con todas las fuerzas darle al repeat para volver a reproducir un disco con fases brillantes en lo musical y tramos surrealistas y cachondos en lo lírico que ahuyentan toda clase de fantasmas: emocionales, cerebrales, pasados, presentes, futuros y hasta los que pululaban (o pululan aún, vayan ustedes a saber…) por el edifico del madrileño Palacio de Linares.

 

No Hay Más Artículos

Send this to a friend