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Mucho se ha tendido a subrayar que “El Océano al Final del Camino” (publicado en nuestro país por Roca Editorial) es ‘un libro para adultos’ de Neil Gaiman… Cuando, a poco que observemos la actualidad literaria (y, en general, cualquier tipo de ficción narrativa), hace tiempo que los ‘adultos’ dejamos de operar como un terruño delimitado por pétreas fronteras inmóviles. No estoy hablando exclusivamente del perturbador concepto de “young adult“, sino que en las últimas décadas se han derrumbado múltiples barreras que parecían hacer de la madurez el único feudo capaz de acoger un sentido estricto de la seriedad: hace mucho tiempo que la literatura para niños aprendió a utilizar las capas de sentido para contentar a padres e hijos a muy distintos niveles, y este proceso ha ido paralelo a otro igual de importante en el que géneros hasta ahora considerados de segunda (ciencia ficción, fantasía, superhéroes…) han conseguido trascender la idea simplista de que van dirigidos a niños o, en su defecto, a adultos defectuosos (geeks, nerds, peterpanes en el mal sentido de la palabra…). Habrá que agradecer a muestras de post-literatura experimental recalcitrante como “La Casa de Hojas” o a ficciones televisivas como “Lost” o “Juego de Tronos” esta nueva canonización de géneros subculturales como narraciones de primera. Y también habrá que agradecer a maestros como Tim Burton o Hayao Miyazaki el hecho de que lo “infantil” hace tiempo que dejó de ser exclusivo de los niños.

La mención de Miyazaki no es aquí ni mucho menos candorosa: si hay una referencia clara en “El Océano al Final del Camino“, esa es precisamente la de “El Viaje de Chihiro” en concreto y la del imaginario del director japonés en general. Partamos de la historia de la novela de Neil Gaiman, que relata cómo un hombre vuelve a la ciudad natal que hace tiempo que abandonó debido a una muerte cercana. Para evadirse de esta pérdida, el narrador decide volver a su hogar de su infancia, aunque de allá no tarda en saltar hacia otra casa, la casa de las Hempstock, que precisamente se encuentra al final del camino en el que estaba su propio hogar de niñez. De las tres mujeres Hempstock hay una, la más pequeña, Lettie, que de repente aparece en primer plano de su memoria. Entonces, el narrador se sienta delante del estanque de la casa de las Hempstock, un estanque al que Lettie se refería como “el océano”, y empieza a recordar cómo, cuando era un niño, esta niña le tomó de la mano y le condujo hasta un mundo más allá del océano en el que habitaban seres ancestrales y mágicos. Seres fascinantes que, sin embargo, no siempre tienen buenas intenciones.

A partir de ahí, el protagonista y Lettie se embarcan en una aventura cada vez más oscura, cada vez más violenta, cada vez más descarnada hasta que llega a un desenlace final trágico e impactante. Los puntos de contactos con la historia de Chihiro son evidentes: ambas se sustentan sobre un personaje infantil que accede a un mundo repleto de espectros donde tiene que luchar por conservar su identidad tanto como su propia su vida. Las descripciones de los espectros del mundo más allá del océano, además, recuerda dulcemente a los deliciosos seres mitológicos que siempre ha sabido bordar Miyazaki… Tampoco estoy diciendo aquí que lo que convierta “El Océano al Final del Camino” en un libro robacorazones sea precisamente este tender lazos hacia el realizador nipón, ni mucho menos. Lo que eleva la novela de Gaiman hacia un estrato superior de calidad es más bien la forma en la que el escritor articula esta referencia para crear un cuento cruel que no necesita capas profundas de significado o coartadas diversas para arrebatar a quien lee y para justificar su carácter adulto: “El Océano al Final del Camino” puede presentar tramos en los que incluso sería justificado buscarle las tres patas al gato (esa obsesión inicial del espectro protagonista por satisfacer económicamente a los preocupados habitantes del pueblo no podría ser más pertinente en unos tiempos de crisis como los actuales), pero lo que prima al final es su capacidad para emanar melancolía, que es más que probablemente el sentimiento que con mayor ahínco abrazan a día de hoy las generaciones que superan los treinta años.

El Océano al Final del Camino” es un cuento para niños con una dosis de oscuridad más bien propia de los cuentos infantiles originales (aquellos en los que la Sirenita acababa muriendo sin príncipe azul y convertida en espuma, por ejemplo). Pero, sobre todo, es un relato que huye de moralinas y de complicaciones en pos de esnobismos ilustrados: lo único que pretende Neil Gaiman es conectar al lector adulto con su niño interior. O, como él mismo afirma en cierto momento del libro, demostrar que nadie es verdaderamente adulto: “Te voy a decir algo muy importante: por dentro, los adultos tampoco parecen adultos. Por fuera son grandes y desconsiderados y siempre parece que saben lo que hacen. Por dentro, siguen siendo exactamenteigual que han sido siempre. Como cuando tenían tu edad. La verdad es que los adultos no existen. Ni uno solo, en todo el mundo“. La maestría de “El Océano al Final del Camino” es que su público objetivo es absolutamente todo el mundo, sin distinción de edad: el único requisito para disfrutarlo es haber sido niño alguna vez y no haberlo olvidado del todo.

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