“El Hijo de Saúl” no es una película a abordar con el intelecto… Lo que László Nemes quiere es que la sientas (y la sufras) en primerísima persona.

 

La causística más facilona hace que, al salir de la proyección de “El Hijo de Saúl“, casi la totalidad de espectadores (y críticos) la sitúen a la cabeza de todas las ficciones y no ficciones que se han atrevido a enfocar de frente el Holocausto nazi y el exterminio judío: los más vagos se quedarán con “La Lista de Schindler” de Steven Spielberg, “El Pianista” de Roman Polanski y “La Vida es Bella” de Roberto Beningni, films que juegan en una liga en las antípodas y las intenciones de las del de László Nemes. “El Hijo de Saúl” no está aquí para ser “la imprescindible peli sobre nazis que tiene que estrenarse cada par de temporadas para que todos podamos poner semblante serio y decir ‘qué fuerte todo’ y quedarnos tan panchos“, ni mucho menos. Esto sería una bala de fogueo, y su pretensión es más bien la del disparo en la frente.

Sea como sea, los que quieran seguir indagando en el juego de referencias, evidentemente llegarán a la “Shoah” de Claude Lanzmann como frontera final insuperable, como muro de contención de la temática judía que ninguna otra producción cinematográfica será capaz de superar nunca. Y, aun así, pese a que “Shoah” y “El Hijo de Saúl” pueden compartir fondo y resultado final (es decir: la devastación), nada tiene que ver la cinta de Nemes con el documental de más de diez horas de Lanzmann.

Y aquí viene lo interesante… Puestos a buscar comparaciones, las primeras referencias a mencionar no tienen nada que ver con el Holocausto. Por el contrario, lo primero es pensar en aquella época de “Elephant” en la que a Gus Van Sant le dio por seguir con su cámara a personajes siempre retratados por la espalda, con el foco sobre la nuca de forma insistente y casi claustrofóbica. Muchos son los que han utilizado este recurso en un cine de calado social, como podrían ser, por ejemplo, algunas películas de Brillante Mendoza. La gran diferencia es que, mientras que Van Sant utilizaba este recurso para perseguir a personas a través de escenarios vacíos e inquietantes por todo lo que tenían de tragedia preconizada, en el caso de “El Hijo de Saúl“, Nemes opta por la misma claustrofobia (ahí está el “cerrado” formato 4:3), pero atiborrando cada plano hasta noquear al espectador: puede que la cámara siga al Saúl del título, pero nunca se nos dan las claves que el protagonista sí que tiene y que harían posible entender lo que está ocurriendo a su alrededor. Sabemos que es un judío húngaro que limpia las duchas / cámaras de gas en Auschwitz. Sabemos que hay un clima de rebelión en el campo de concentración. Poco más.

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En este punto entre la otra gran referencia que viene a la cabeza al ver “El Hijo de Saúl“: ese cine de los sentidos que últimamente han practicado autores noveles como Nicolas Winding Refn en “Sólo Dios Perdona” o Shane Carruth en “Upstream Color“: un cine pensado para ser consumido en pantalla cuanto más grande mejor para permitir, así, que sonido e imagen te engullan, haciéndote sentir de forma puramente física. Algo de eso tiene “El Hijo de Saúl” y, sin embargo, como en el caso anterior, también es necesario marcar las diferencias: Nemes nunca intenta causar fascinación a la hora de abordar tus sentidos, sino que quiere llevarte de la mano a un viaje hacia las entrañas del Infierno que, quieras o no, tendrás que sentir en primerísima persona.

Esta voluntad de priorizar las emociones a flor de piel queda más claro cuando, al fin y al cabo, el director difumina la narración y, por lo tanto, dinamita la posibilidad del espectador de acercarse a lo que está viendo a partir de un enfoque racional. De hecho, resulta poderosamente estimulante observar cómo Nemes practica elocuentes tácticas de evasiva: por un lado, juega al despiste (nunca sabemos si el cadáver del niño que Saúl intenta enterrar desesperadamente es su hijo de verdad o no, por ejemplo) y, por el otro, apuesta por una vertiginosidad casi muda que se percibe como coherentemente verosímil (¿quién se para a explicar un plan de huida del campo de concentración cuando a tu alrededor tienes a todo un conjunto de guardias nazis?).

Y, así, haciendo lo que todavía no había hecho nadie en la historia del medio (es decir: obligarte a vivir y sentir en primera persona la vivencia de un campo de concentración), “El Hijo de Saúl” se convierte en la dupla perfecta a mencionar junto a “Shoah” al hablar de cine sobre el Holocausto: si Lanzmann consigue hacerte entender de forma intelectual todos los entresijos de la tragedia, Nemes consigue que lo sientas en tus propias carnes. ¿No era esto lo que te decían tus padres cuando eras pequeño? Que, para aprender, hay que cometer errores: para saber lo que duele una herida y así evitarla en el futuro, no basta con que comprendas las leyes de la física que rigen un tropiezo, sino que hay que tropezar con una piedra primero. Y pegarse el batacazo. Y, a lo mejor, gritar un poquito de dolor.

 

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