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Subiza (Mushroom Pillow, 2010) fue muchas cosas… Afirmarlo así resulta muy simplista, pero no se puede decir de otro modo, ni más filosófico, poético ni abstracto. Primero, fue el cenit, el punto culminante, la cumbre discográfica que Delorean alcanzaron casi de forma inesperada (pocos se imaginaban la explosión que vendría después de la salida de su anterior EP, Ayrton Senna -Mushroom Pillow, 2009-). Fue también, partiendo del nombre de un lugar real, la alegoría de un espacio imaginario, utópico, un Shangri-la en el que convivían sonidos baleáricos; nostálgicas melodías para un verano del amor perfecto y eterno; vivaces ritmos para danzar en pistas de baile emocionadas al atardecer, eufóricas de madrugada y melancólicas al amanecer; tributos a los New Order embriagados por fragancias ibicencas a finales de los 80; e incluso ecos de los Primal Scream más screamadélicos de principios de los 90. Fue, en definitiva, un salto en el tiempo hacia un pasado no tan lejano para anclarse en el futuro, tanto en el de sus oyentes -aún hoy conmueve la manera en que confluyen su refulgente contenido y determinadas e irrepetibles situaciones vividas en islas terrenales pero de halo fantástico– como en el de la propia banda.

En este último sentido, transcurridos tres años, la sombra de Subiza continúa planeando con fuerza sobre el cuarteto de Zarautz: su potente simbolismo y profunda huella todavía perduran… Aunque, realmente, esa es más una percepción externa apreciada por la audiencia que interna asimilada por el grupo. Si recordamos las palabras que Igor Escudero nos concedió en una reciente entrevista, la gran obra de Delorean llegó a convertirse en un brillante objeto de peso creciente, cuyo lastre -¡pero vaya lastre!- había que aligerar poco a poco. El trabajo en el estudio para dar forma a “Subiza” y el empeño posterior en trasladarlo fielmente al directo devino en un proceso de acumulación complejo por el material manejado y las texturas a conseguir y reproducir: samples, voces tratadas y capas y capas de tejidos sonoros sintetizados y ordenados a golpe de ratón con la meticulosidad de un Phil Spector o un Brian Wilson del siglo XXI obsesionados con los laptops y la música computerizada. Sin llegar a contagiarse de la bendita locura de ambos genios, Delorean decidieron cambiar radicalmente su estrategia para encarar la elaboración del sucesor de “Subiza”.

Dentro del proceso de construcción de Apar (Mushroom Pillow, 2013), su quinto LP, la tarea principal -sencilla en su planteamiento a la par que difícil en su ejecución- consistió en realizar una especie de back to the roots -muy similar al que practicó en su momento otro de nuestros referentes más internacionales, El Guincho, y cercano al que Daft Punk perpetraron con su reciente giro copernicano setentero- para volver a servirse de instrumentación real y voces salidas de un cuerpo de carne y hueso que acompañasen la de Ekhi Lopetegi. Así pues, fuera el cut & paste, los juegos con el reverb, los experimentos con el pitch y los laberínticos muestreos en el Cubase. Con un buen puñado de canciones perfiladas, el grupo viajó de Barcelona a Nueva York para, ayudados en la producción por Chris Zane -bregado en las lides del pop sintético tras trabajar con Friendly Fires, entre otros-, modelar un corpus sonoro de mayor aspecto natural, que palpitase por sí mismo sin respiración asistida gracias a la nitidez, sin haber pasado por ningún colador artificial, de todos los elementos protagonistas: voz, guitarra, bajo, batería y sintetizador, básicamente, todos envueltos en arreglos convenientemente dispuestos y alejados de la sobrecarga de antaño pero insertados en unas piezas que conservan toda la pátina subicenca -en tal concepto incluyan luminosidad tornasolada, magnetismo, fascinación y añoranza por algo que sucedió y que está por suceder- de sus antecesoras. A ello hay que añadir un ingrediente fundamental, que imprime un carácter especial a “Apar”: la voz femenina, que prolifera en su interior.

Aquí surgen tres figuras que, transmutadas en hadas etéreas vestidas con gasas vaporosas, se deslizan con suavidad entre las composiciones del álbum: la ubicua Caroline Polachek (Chairlift), Cameron Mesirow (Glasser) y Erika Spring (Au Revoir Simone). Cada una con un papel distinto, constatan que el factor femenino encaja a la perfección en las estructuras (ahora orgánicas) de Delorean. Así, Caroline lleva “Unhold” a su terreno hasta convertirla, sin trampa, cartón ni ningún truco adicional, en una canción fresca, diferente e incomparable debido a los ensortijados registros vocales que es capaz de alcanzar. Cameron impulsa “Destitute Time” hacia la estratosfera con unos coros que multiplican el tono melancólico inherente de la melodía y las palabras expresadas por Ekhi. Y Erika aporta su grano de arena vocal en otros siete temas hasta completar la reconversión formal de los Delorean actuales. Aunque esta sentencia no deja de tener un significado relativo, ya que, en esencia, “Apar” mantiene varios lazos de conexión con “Subiza”.

Eso sí, si volvemos a recordar las respuestas que ofreció en la mencionada entrevista Igor Escudero, “Apar” vendría a ser la versión relajada y rebajada en pulsaciones de “Subiza”. De acuerdo: “Spirit” lo aclara desde el comienzo y “Dominion” prolonga tal impresión para establecer las coordenadas a seguir e ir hallando las joyas que guarda este cofre del tesoro hecho disco, que, sin tener demasiado que ver con el chill wave -etiqueta ya superada con creces-, depura algunos de sus postulados al reflejar determinado tipo de producción propia de los 80, más por apariencia que por despliegue de medios. Pero en lo que se podría disentir es en su afirmación sobre el poso otoñal e incluso invernal del LP: basta con empaparse de los cálidos efluvios que emanan de “You Know It’s Right”, “Walk High” o “Your Face” para situarse imaginariamente en playas baleares de roca rojiza mientras se observa cómo desciende, parsimonioso, el sol cual inofensiva bola ardiente; y con introducirse en las dinámicas subicencas de las ágiles “Inspire” y, sobre todo, “Still You” -con unos teclados y pianos que rememoran la parte más sugerente y sofisticada del dance de los 90-, que cierran, entre destellos de frágiles luces de neón, esta Caja de Pandora musical.

No lo olvidemos: “Subiza” fue muchas cosas… Y “Apar” está en camino de serlo también, de igualar los seductores efectos provocados por su predecesor. Quizá no impacte de idéntica manera en la primera escucha, arrastrado por la enorme expectación previa generada a su alrededor, establecidas las pertinentes comparaciones entre un disco y otro y perdido, por ello, el factor sorpresa. Pero, a medida que gira una y otra vez, va calando hondo, en consonancia con los reptantes ritmos licuados que fluyen por sus venas y las bellas estampas que evoca. He aquí la primera de esas cosas que es “Apar”: un nuevo catálogo de sonidos que acompañan sensaciones, sucesos y recuerdos espumosos grabados a fuego en la memoria.

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