decreacion

Los poemas de “Decreación” (publicado en nuestro país por Vaso Roto) de Anne Carson (Canadá, 1950) trascienden los límites de la poesía. Son artefactos vibrantes, pulidos; experimentan con ritmos que resuenan en la belleza y la sencillez del lenguaje coloquial; siguen una línea de pensamiento que discurre a través de la autobiografía; y, sobre todo, se solazan en un interminable juego lingüístico que roza el neologismo. El comunicado de prensa adjunto dice que “sus formas son diversas: libreto de ópera, guión para la pantalla, poema, oratorio, lista de pendientes, rapto”; el grabado de cubierta (en la imagen), a cargo de Víctor Ramírez, despliega un entramado de líneas que convergen y que bien pudieran ser las de un poema, un texto narrativo o una partitura.

Se vierte al castellano por primera vez “Decreación” (publicado originalmente en 2005), un texto híbrido y poliédrico, escrito por una de las inteligencias más preclaras de la literatura contemporánea. En él, Anne Carson aspira a cifrar el humano anhelo, “la antigua lucha entre hálito y muerte” (“Sin puerto alguno” p. 25). En la sección “Paradas”, que inaugura el poemario, el amor es un sentimiento ambivalente, que se enfrenta a la contradicción de ser a la vez cotidiano y profundo: “Fuera / de la ventana la nieve cae en líneas rectas. A mi madre, / amor / de mi vida, le cuento lo que almorcé. Las líneas caen ahora/ más / deprisa. El destino añade pesos en los extremos (para apresurarnos) / quisiera / decirle: es señal de la misericordia de Dios. Ella no me retendrá / dice, ella / no me pasará factura” (p. 21). No hay lugar para la ambigüedad: en este poema, el lenguaje es capaz de llegar a la esencia. “Líneas” es una declaración de amor doble: tiene lugar en la conversación y en el propio poema. Las palabras clave quedan al final de las “líneas” del título: “fuera”, “amor”, “deprisa” “quisiera”. A medida que las hileras de la poesía y las de la nieve “nos apresuran”, la madre, a punto de llegar al final de su vida, se niega a retener a su hija por más tiempo.

La sección “Sublimes” fusiona lo humano con lo que se considera abstracto. A pesar de las alusiones a Longino y Antonioni, lo que Carson crea no es tanto un palimpsesto como un caleidoscopio, capaz de llegar al corazón del deseo. En “Sinfonía del suspiro de Guillermo”, “quienes se besan se detienen a suspirar y luego se besan de nuevo. / Los doctores suspiran en las heridas y el flujo sanguíneo cambia para siempre. / Las flores suspiran y dos abejas a mediodía flotan hacia atrás” (p. 119). El pensamiento hecho carne. En otros poemas de la serie, el deseo de trascendencia se solapa a otros anhelos, como la nostalgia. “Vacaciones de primavera” (p. 115) evoca una madurez recordada con remordimiento, con esa mezcla de memoria y deseo a la que alude Eliot en su más celebre poema: “Durante el sexo se aferra al cuerpo del hombre como azotada por un viento” (“Mia Moglie”, p. 101).

La serie “Sublimes”, rica en connotaciones, surge tras los textos en prosa de “Espuma (Ensayo con rapsodia)” (p. 71). De hecho, alrededor de un tercio de este volumen está escrito en prosa. “Toda salida es una entrada” (p. 45), por ejemplo, es una re-lectura de los episodios de “La Odisea” que sugieren que el sueño puede ser una forma de psicodrama. “Quad” establece un diálogo platónico con la obra homónima de Beckett, e incluso adopta esa economía tan beckettiana que parece desafiar: “Alejarse es la clave. Incluso las marcas claras parecen estar siempre alejándose” (p. 185). El ensayo que da título al libro que nos ocupa versa sobre tres escritoras, tema que desarrolla en la posterior “Ópera en tres actos” (p. 265). En “Decreación: de cómo dicen Dios mujeres como Safo, Marguerite Porete y Simone Weil”, sus protagonistas son mártires de la costumbre, mujeres que desafían la tradición y toda forma de prudencia: “Necesitamos poder llamar neuróticos, anoréxicos, patológicos, sexualmente reprimidos o falsos a los santos. Estos juicios santifican nuestra propia supervivencia”. Tales figuras transgresoras “saben lo que es el amor. Es decir, saben que el amor es la piedra de toque de una verdadera o falsa espiritualidad” (p. 262).

En estos ensayos se da algo a la vez más complejo y más poético que la mera teoría. Estas piezas muestran en lugar de decir; se sacrifican la argumentación y la acumulación lógica en aras de la intuición. El férreo control técnico de Carson reduce la expansión del pensamiento a la idea. La redacción de sus ensayos sucumbe a la disciplina poética; un proyecto extraordinario que lo mismo subvierte la monotonía de la crítica literaria que cuestiona el papel y los límites de la poesía misma.

El diálogo reproducido en “El guión de E y A” (p. 195) es símbolo de la falta de gracia y alegría del comportamiento humano. Inmisericorde es su descripción de la ataraxia existencial del mundo tangible. En “Gnosticismos”, cuyos paisajes nocturnos evocan el canon de la lucha espiritual, “abres / la ventana (ya tarde) hay un resuello, / ese frío olor antes de dormir, techos” (p. 133); mientras que, en otra noche, el rostro de Coetzee, “disfrutando / glacialmente ante ti en la mesa de los profesores”, es “un cristal astillado, aún sin desprenderse” (p. 137).

La traducción al castellano de Jeannette L. Clariond sabe mantener ese raro equilibrio entre auto-control y entrega incondicional que caracteriza a la mejor poesía de Anne Carson. La poeta y traductora mexicana es capaz de evocar ese profundo lirismo que precede a las imágenes, ese “enjambre de claridad” (p. 137) que nos asombra. Difícil verter al castellano un volumen que pone a prueba la poesía misma, utilizando para ello toda la gama de posibilidades del discurso poético. Jeannette L. Clariond supera la prueba. “Decreación” logra seducir, sorprender y agitar al lector de poesía en castellano. Su autora, Anne Carson, es profesora de griego antiguo en la Universidad de Michigan. En español se han publicado “La Belleza del Marido (Un Ensayo Narrativo en 29 Tangos)” y “Hombres En Sus Horas Libres“. [José de María Romero Barea]

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