Una historia de amor entre dos mujeres en los años 50 es la excusa con la que Todd Haynes habla de la problemática gay en su film “Carol”.

 

Teniendo en cuenta que “Poison” (1991) situó a Todd Haynes en el ojo del huracán del cine queer a principios de los 90, precisamente en un momento en el que voces como la suya eran más que necesarias, resulta interesante observar el transcurrir de la carrera de este director que, en vez del apabullamiento por cantidad, siempre ha apostado por la dosificación de calidad. No es sólo que sus películas se hayan ido espaciando en tiempos cada vez mayores, sino que sus trabajos son muy elocuentes a la hora de hablar de los diferentes momentos vividos por la cuestión gay. De esta forma, “Velvet Goldmine” (1998) fue la celebración, la fiesta, el subidón de fin de siglo que ayudó a una normalización si no exhaustiva, por lo menos sí mucho más extensiva.

A partir de ahí, sin embargo, se impuso un recogimiento que habla por sí solo del bajón después de todo subidón, de la necesidad de reajustar el balance y aceptar que no es oro todo lo que reluce y que todavía queda mucho camino por recorrer. En este bajón se circunscribiría “Lejos del Cielo” (2002), que no es un film queer per se (aunque hay una relación gay que, de forma lateral, espolea la trama principal) pero que, al tratar el tabú de una relación interracial en la América de los años 50, sigue profundizando en las heridas no cerradas de las minorías vapuleadas por la historia.

Han pasado catorce años desde “Lejos del Cielo” y, por el camino, Haynes ha dirigido para televisión otro drama de época: “Mildred Pierce“. Pero, sobre todo, el realizador se avanzó a la era de la androginia y el agender con “I’m Not There” (2007), justo un año antes de que el mundo se colapsara en una crisis no sólo económica, sino también de valores, que nos ha devuelto a una época oscura de resurgimiento de tabúes clásicos, racismo, homofobia y periferias. No es de extrañar, entonces, que Haynes vuelva a mirar hacia los años 50 para, basándose en una novela de Patricia Highsmith (que ya en otros libros mostró cierta querencia sutil por cuestiones gays veladas como la de “El Talento de Mr. Ripley“), volver a poner el dedo en la yaga queer, esta vez en su variante lésbica.

Carol” narra la historia de amor entre la Carol del título, una ama de casa pudiente sublimemente interpretada por Cate Blanchett, y Therese, una chica de extracto social medio / bajo que trabaja en unos grandes almacenes pero sueña con dedicarse a la fotografía y que es abordada con delicado pudor por Rooney Mara. El argumento podría ser una versión en negativo de “Lolita” en la que la joven pérfida manipula a la adulta desestabilizada ante sus propios deseos, sentimientos y emociones… Pero, por el contrario, la historia de “Carol” se muestra clásica a la hora de presentar a una joven que se abre a un nuevo mundo en contraposición a una mujer que ya ha asimilado ese mundo, que conoce sus códigos y que sabe jugar con ellos (o cree saber jugar con ellos) para poder disfrutar de sus pasiones sin ser juzgada por ellas.

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Los códigos, al fin y al cabo, son una de las partes más importantes del film de Haynes igual que, de hecho, siempre han sido importantes en la cultura gay. Las relaciones homosexuales y lésbicas siempre se vivieron apartadas de los ojos de la sociedad, pero era a la vista de todos donde debía haber un contacto inicial que, muchas veces, se realizaba siguiendo un estricto juego de códigos sólo conocidos por los miembros de esta comunidad, tal y como pañuelos en el bolsillo trasero del pantalón o la leyenda ochentera que afirmaba que un hombre que llevara un pendiente en la oreja derecha estaba proclamando sutilmente su homosexualidad. Sea como sea, en “Carol” existen dos grandes códigos que encorsetan (dulce y magnánimamente) a la vez que estructuran el film: los colores y los espacios.

Por un lado, salta a la vista que Haynes articula el discurso gráfico de su película en torno a dos colores: el rojo y el verde. El papel del rojo no admite dudas: es la pasión, el amor, los sentimientos a flor de piel. Durante el proceso de flirteo y seducción, el personaje de Carol habrá un momento que incluso irá de rojo de la cabeza a los pies: los labios, las uñas, un gorro y, sobre todo, un excelso abrigo hablan por sí solos de la voluntad de la protagonista de convertirse en objeto de deseo a la vez que en predador que se abate sobre su presa indefensa. El verde, por su parte, es el color de la vergüenza, la duda, la introspección en la que se dirime la culpabilidad por ir “contra natura”. A lo largo del metraje, los dos personajes basculan de un color al otro: cuando Carol se separa de Therese para intentar conservar a su hija, vestirá completamente de verde; y, de hecho, cuando Therese sienta cierto interés en una fiesta hacia otra mujer que lleva en la mano un abrigo rojo, correrá rápidamente a encerrarse en un lavabo de paredes verdes en el que fumar de forma compulsiva.

Esa misma escena, por otra parte, también incorpora el otro gran código de “Carol“: la articulación del espacio. Antes de que Therese corra al lavabo, un plano nos muestra dos ventanas en la fachada de un edificio totalmente oscuro: en una ventana está Therese, en la otra el objeto de su deseo. Cuando el objeto del deseo invade la ventana de la protagonista, se puede sentir la claustrofobia de su personaje al verse encerrada en compañía de su propio tabú en un espacio tan pequeño y, a la vez, tan lejos del resto del mundo. De hecho, durante todo la película, los dos personajes protagonistas se verán continuamente confinados a espacios cerrados y pequeños: tras el primer contacto con Carol, Therese abrirá su minúscula taquilla y sólo veremos parte de su rostro excitado y ruborizado encerrado por el recuadro de esa misma taquilla. Y, de hecho, a ambas las veremos continuamente a través de un cristal que las aparta de un mundo que se refleja sobre el propio vidrio (ventanas de coches, ventanales de restaurantes, etc.).

Haynes ejemplifica la tensa relación entre la aceptación de un código (es decir: hay que vivir la homosexualidad a espaldas de la sociedad, confinados en espacios minúsculos y antinaturales) y la claustrofobia mental y física que esa aceptación causa. Y, aunque cualquiera podría pensar que el discurso de “Carol” debería desembocar en un final optimista propio del siglo 21, el director (y la autora del libro original) parecen opinar lo contrario. Carol ya conoce los códigos, vive en su compañía (o presa de ellos) e incluso se enfrenta cara a cara con los que quieren apartarla de sus prácticas, así que es Therese la que tiene que evolucionar, asumirlos, relegarse a un confinamiento mental autoimpuesto. Antes de que las dos amantes se separen, Therese afirma que es un ser egoísta que no sabe lo que quiere y que, por lo tanto, siempre dice que sí a todo (y eso es algo que ya hemos visto cuando se deja besar por otro hombre que no es su pareja). La próxima vez que ambas se vean, Therese resistirá los envites de Carol y, de hecho, responderá con un tajante “no” a todas sus propuestas.

Therese ha crecido, ha aceptado las reglas del juego, entra en contacto con otra mujer en una fiesta… Pero, después de pasar por el mencionado cuarto de baño de paredes verdes, la protagonista no puede negar la realidad de sus sentimientos, unos sentimientos que por fin se demuestran verdaderos porque no nacen de decir sí a todo, sino de decir no a algo. La última secuencia de “Carol“, esa mirada compartida en un cuarto repleto de extraños, esa sonrisa que pertenece sólo a ambas y a nadie más, tiene tanto de optimista como de devastador: el amor es posible, está ahí, pero sigue existiendo a costa de que ambas acepten que ha de ser ignorado por el resto de la sociedad. En estos tiempos de retroceso de la falsa moral y de avance de la ignorancia y la homofobia, vuele a ser necesario que Haynes nos refresque la memoria.

 

 

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