Parece que John Cheever es más conocido como escritor de relatos y que sus novelas muchas veces son consideradas simples cuentos alargados, pero lo cierto es que el mismo autor prefería ser considerado un escritor de novelas y valoraba sus cuentos casi como trabajos de encargo. “Bullet Park” (Emecé), que es quizás la novela más conocida de Cheever, se divide claramente en dos partes: la primera está protagonizada por un hombre llamado Nailles y la segunda por otro hombre que se llama Hammer. Con dos nombres así (que suenan como clavos y martillo), parecía que estaban destinados a encontrarse. El libro empieza cuando Hammer se traslada a un barrio de los suburbios llamado Bullet Park, que es descrito por Cheever de una forma muy particular, entre mítica e irónica, consciente perfectamente de que en buena parte han sido sus obras las que han cimentado los tópicos de estos escenarios suburbanos, como las fiestas con alcohol a raudales, los monótonos viajes en tren para ir a trabajar a la ciudad y la insatisfacción reprimida.

Nailles y Hammer se encuentran por primera vez un domingo en la iglesia, ya que el primero asiste cada domingo a la iglesia, más por costumbre que por auténtica fe. Como les pasa a prácticamente todos los habitantes de Bullet Park, la vida de Nailles ha perdido cualquier atisbo del sentido espiritual que podría haber tenido, pero aún así parece que, en ocasiones, se empeña en buscarlo, por más que no se atreve a reconocerlo en voz alta y ni siquiera a él mismo. “Bullet Park” es una novela que en cierto modo parece una fábula alegórica, en ocasiones particularmente sórdida e inquietante, pero también con un punto de humor absurdo y extraño. En este sentido, no es nada gratuito que el clímax final suceda en el altar de la iglesia, donde Nailles y Hammer vuelven a encontrarse. Es entonces cuando el mal que había aparecido de improviso, sin avisar y sin nada que hubiera podido predecir su entrada en escena, es derrotado. Pero, aún así, el final es extrañamente agridulce: las cosas volverán a ser como eran antes, sólo que en realidad ya no volverán a serlo.

Además de vecindario, Nailles y Hammer comparten un cuadro parecido de ansiedad y depresión. Para Nailles todo empieza el día en que Tony, su hijo adolescente, sin aparentemente ninguna razón, no se levanta de la cama. A partir de entonces, desfilarán por la habitación de Tony una serie de médicos, especialistas e incluso un curandero para tratar de “curarlo”. Nailles, avergonzado, dirá a todo el que se lo pregunte que lo que tiene su hijo es mononucleosis. Pero además de avergonzado, se sentirá sobre todo culpable e impotente por no poder hacer nada para ayudar a su hijo. Su ansiedad irá en aumento y ya ni el alcohol será suficiente para calmarlo, de modo que acudirá a un doctor que le recetará unas pastillas que le harán flotar en una nube de inconsciencia. Hammer, por su parte, se ha pasado media vida viajando por el mundo para huir de la desesperación, pero esta siempre ha acabado para alcanzarlo. Un día, verá a través de una ventana una habitación con las paredes pintadas de amarillo y quedará convencido de que, para encontrar la paz, debe encontrar una habitación como aquella. La encontrará, pero aquello no será suficiente, así que luego se convencerá de que para encontrar la paz tiene que optar por una solución mucho más radical… Y es ahí cuando decidirá ir al encuentro de Nailles, ya que este es el perfecto espécimen de hombre suburbano.

[Núria Casademunt]

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