La ceremonia de clausura de los recientemente celebrados Juegos Olímpicos de Londres fue una de las galas en directo más esquizofrénicas de los últimos tiempos: por ella desfiló una selección representativa (viva y ya fallecida) de la historia de la música británica encorsetada en un espectáculo guionizado que a unos encantó por la sucesión de hits interpretados y a otros repugnó por parecer un aburrido y apolillado programa de sábado noche presentado por José Luis Moreno. Independientemente del balance final de la función y de las opiniones generadas en torno a ella, su lista de protagonistas fue variopinta y, por momentos, de órdago: Madness, Pet Shop Boys, The Who, Muse, Beady Eye, Elbow, Fatboy Slim, Take That, Annie Lennox, Jessie J, Spice Girls (ejem)… Hablando de divas, algunos nombres pertenecientes a este bando se echaron de menos, como el de Kate Bush, de la que sólo se dignaron a pinchar por megafonía su catártico “Running Up That Hill” en versión 2012. En este sentido, se notó especialmente la ausencia de alguna diva sólida, fuerte, segura y contemporánea, que diera el contrapunto perfecto al in corpore presente George Michael. Por ejemplo… Kele Okereke, ilustre vecino de la City.

Sí, porque Kele, desde que decidiera abandonar la disciplina de Bloc Party y eliminar su nigeriano apellido de su marca artística en solitario, se fue convirtiendo en una diva (remarquemos el femenino) que había superado su afición a pelearse con malotes como John Lydon para centrarse en su nueva faceta: calentar las pistas de baile de las islas y allende los mares con el torso desnudo, bien perfilado y untado de aceite. Intención que ya se intuía cuando puso voz al “Believe” de The Chemical Brothers en 2004; se confirmó al publicar su único álbum a solas, The Boxer(Wichita, 2010); y saltó por los aires con su featuring en el “Ready To Go” del inefable Martin Solveig el año pasado. A pesar de sonar en las emisoras más zapatilleras del planeta, la jugada no estaba saliendo del todo redonda. El londinense necesitaba dar un giro de 180 grados a su travesía por los ríos del sudor discotequero: debía retornar a sus orígenes (rockeros).

Así, entre idas y venidas y dimes y diretes (más vacuos y publicitarios que interesantes) se anunciaba la reunión de Kele (otra vez Okereke) con sus colegas de siempre (igualmente involucrados en proyectos personales) en su banda de siempre. Pero el moscón se instalaba enseguida detrás de la oreja, ya que Intimacy(Atlantic, 2008), aun siendo un LP aceptable, había señalado el punto más bajo del paulatino descenso creativo de los londinenses: atrás quedaba su condición de escribanos musicales de una escena palpitante en su época dorada (el revival post-punk británico de mediados de la década pasada) y del devenir underground de su ciudad natal (Londres). Transcurridos cuatro años, el cuarto disco de Bloc Party, que debía llamarse irremediablemente Four(V2 / Music as Usual, 2012), rehúsa seguir la estela de su predecesor para amalgamar lo mejor de sus dos primeros álbumes, Silent Alarm(Vice, 2005) y A Weekend In The City(Vice / Atlantic, 2007), en un bloque compacto, con todas las connotaciones negativas que puede sugerir el término.

De esta manera, volviendo al asunto ‘Kele Okereke’, nuestro hombre (no se sabe si empujado por su comentado empeño por volver a sus raíces eléctricas o porque asistió a los conciertos metaleros del pasado San Miguel Primavera Sound), con la colaboración de sus tres recuperados colegas, trasladó toda la tensión desmedida de los tendones de sus grandes músculos a las guitarras del grupo: llama la atención la fuerza bruta que transmiten los riffs ejecutados por el mismo Kele y por Russel Lissack para provocar que “So He Begins To Lie” entre en erupción; “3×3” se desboque como un pura sangre en plena carrera; “Kettling” explote antes de consumir su mecha; la paranoica “Coliseum” reviente sus acordes iniciales al estilo Beck en mil pedazos; y “We Are Not Good People” rinda pleitesía a Motörhead. Hasta ese punto de agresividad y dureza llega esa parte del lote, aunque si hubiese que buscar una analogía más lógica y cercana dentro de la generación en que germinaron Bloc Party, su ganancia de peso se asemeja a la adquirida por Maxïmo Park en su reciente The National Health(V2 / Music as Usual, 2012).

Por otro lado, en medio de todas esas (puntualmente incomprensibles) detonaciones de rock galvánico asoma el post-punk febril y anguloso que caracterizó al cuarteto en sus inicios, como en la resultona “Octopus”, “V.A.L.I.S.” (inspirada en el acrónimo de “Vast Active Living Intelligence System” -1981-, novela de Philip K. Dick) y “Team A”, que recuerdan vagamente a los tramos más destacados del gran “Silent Alarm”, en los que la agitada batería de Matt Tong marcaba el ritmo cual martillo pilón de precisión milimétrica. Pero Kele no pudo evitar mostrar el corazoncito que lleva dentro y, arrastrado por el sentimentalismo que ya dejó caer en varios pasajes de su discografía, introdujo en el repertorio los consabidos buñuelos sonoros: de ellos se salvarían “Day Four” y “Truth”, herederas de la sentida “I Still Remember”.

La extraña triple cara de “Four” (estruendo, ritmo y melosidad) refleja el actual estado de Bloc Party y, por extensión, de Kele Okereke: indefinido, ansioso y un poco caótico. O dicho de otro modo: que unos y otro pretenden abarcar mucho sin apretar demasiado. Mismo refrán que muchos aplicaron a la fiesta musical que puso el broche a los Juegos de Londres, ese gigantesco guateque al que nunca debió faltar el querido Kele. ¿Serán los anillos de colores de la portada de este álbum, similares a los del símbolo olímpico, un mensaje subliminal enviado por el londinense como protesta por no haber contado con él? La respuesta, quizá, en el próximo paso en solitario de Kele, porque puede que Bloc Party ya se hayan separado (otra vez) cuando estén leyendo estas líneas.

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