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Sería fácil jeitearlos, no se crean. A estas alturas The Black Keys cumplen de sobra con los requisitos necesarios para entrar en ese grupo de bandas que en su día posteabas en tu muro de Facebook y ahora poco menos que tienes que activar sesión privada en Spotify para escucharlos. Y es que los de Ohio llevan ya varios años deambulando a través de esa delgada línea que separa a la banda de culto del grupo de masas que encabeza festivales a nivel mundial. Las primeras señales de esta evolución llegaron con “Attack and Release” (Nonesuch, 2008), un trabajo que si bien contenía todas las señas de identidad que uno puede atribuir al rock sucio del dúo americano, sí que dejaba entrever una pequeña separación con respecto al blues más purista que uno podía distinguir, sin ir más lejos, en el fenomenal “Rubber Factory” (Fat Possum, 2004).

No fue sin embargo hasta la publicación de “Brothers” (Nonesuch, 2010) que el nombre de esta pareja comenzó a sonar con fuerza a todos los niveles de la industria, coincidiendo con el empujoncito de popularidad que les proporcionó un Danger Mouse que, a pesar de haber participado previamente en las grabaciones de Auerbach y Carney, no había conseguido transmitir hasta el momento ese don innato que tiene para producir hits. La tendencia se rompió con “Tighten Up“, un tema que tenía todos los ingredientes necesarios para por ejemplo aparecer en la banda sonora de un “FIFA” y, a la vez, servir como nexo de unión con los últimos dejes de ese característico blues pegajoso del medio oeste americano: a saber, cortes del calibre de “Ten Cent Pistol“, “Sinister Kid” o “Too Afraid to Love“. En este sentido, pocos podrán decir que les sorpredió el camino que los de Akron tomaron en “El Camino” (Nonesuch, 2011), un álbum que en su día ya definimos por aquí como ‘compuesto de singles’ y que vino a confirmar algo que se venía venir desde hace tiempo: la capacidad del dúo para poner de acuerdo tanto al gran público como a la crítica más exigente con virtudes (y pequeños defectos) de sobra conocidos por todos a estas alturas.

Su octavo disco de estudio, “Turn Blue” (Nonesuch, 2014), viene, en pocas palabras, a asegurar ese camino hacia el rock de estadios al que claramente se dirigen los de Ohio desde sus dos últimos LPs. Una sensación que uno ya pudo tener con la elección de “Fever” como primer single -relativamente facilón- del que difícilmente nos desharemos este verano, pero que en ningún momento llega a la altura de los momentos de mayor inspiración entre los contenidos en los apenas 45 minutos que dura el trabajo. Comentar las bondades de un corte como “Weight of Love” con todo lo que hemos podido leer y escuchar en los últimos días puede parecer bastante obvio, así que nos limitaremos a mencionar canciones menos evidentes como la deliciosa “Bullet In The Brain” o esa pareja más afín a lo que uno podría de primeras atribuir a los anteriores Keys: “10 Lovers” y, sobre todo, “Waiting on Words“, featuring esa tan característica aparente dejadez que Auerbach transmite con sus letras: “I Heard you were leaving / Won’t try changing your mind“.

Uno se preguntará cuáles son las diferencias con “El Camino“, disco que por aquí ya veneramos, especialmente por esa sorprendente capacidad de componer hits desde el primer hasta el último tema. Y es aquí donde reside la principal disparidad con “Turn Blue“, un trabajo que si bien se antojaría osado calificar por debajo del notable sí que es justo afirmar que no hace gala de la regularidad con la que el dúo venía sorprendiendo en sus últimas producciones. La realidad es que nos encontramos ante un disco que si bien cuenta con un puñado de momentos de inspiración que uno podría incorporar a un hipotético greatest hits de los de Ohio, no deja de ser cierto que este octavo trabajo presenta algún altibajo más del deseado, escenificados en “In Time“, “Turn Blue” y, sobre todo, una “Gotta Get Away” final que simplemente no cuela. En cualquier caso, y como ya ha sido expuesto, sería difícil no ver este “Turn Blue” como otro paso más adelante en ese objetivo que Auerbach y Carney se propusieron hace ya más de una década de fusionar el rock para estadios y el blues rock americano: siguen en buen camino.

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